Manuel Gutiérrez Aragón revelaba hace poco los efectos del miedo al terrorismo en la sociedad vasca con su excelente película TODOS ESTAMOS INVITADOS, auténtico islote en el acotado marco temático de nuestro cine. Sin ahondar en el discurso político, el cántabro escogía la senda introspectiva para hablarnos del silencio como arma protectora frente a los infames. Con semejante riqueza reflexiva llega a la cartelera una nueva propuesta que sin duda estimulará un debate cuyos flecos siguen sueltos. COSMOS es el sugerente título con el que el navarro Diego Fandos debuta en el largometraje, una película donde el interesante planteamiento no queda empañado por las evidentes -pero tolerables- limitaciones formales.La historia traza una línea argumental en la que varias vidas quedan enhebradas bajo el mismo sentimiento de soledad y necesidad de comunicación. El empresario donostiarra liberado tras su secuestro infernal, el cosmonauta soviético perdido en el espacio por diatribas burocráticas, el maduro profesor ex jesuíta, la joven camarera que vive con el pánico de creerse asediada por un extraño. Son los ejes con los que Fandos comienza a articular esta obra singular, tan extraña como atractiva, cuyo catálogo de emociones quede quizá lastrado por la tonalidad grisácea del conjunto y un aire artificioso en algunos diálogos. El relato nace y se abre a nosotros con los rasgos -a veces forzados- de una fábula, lo que el director define como "drama espiritual" con personajes distanciados sólo en el plano físico. Con buena alternancia de secuencias, pronto sabremos que esa lejanía no impide que acaben sintiendo afinidades decisivas, los sutiles puentes de conexión que un cierto orden cósmico tiende entre desconocidos.

Más conceptual que narrativa, y con pretensiones líricas que no han sido plasmadas con total acierto, COSMOS podría ser digna tributaria del universo alegórico del citado Gutiérrez Aragón. Personajes asaltados por la angustia de saberse acorralados, el miedo al encierro -espacial o mental- que conduce a una insólita fraternidad, el desconcierto que hace brotar los lazos solidarios. Buenas ideas que atrapan nuestra atención aunque pidan a gritos mayor solidez en su puesta en escena -demasiado fría y desangelada- para entusiasmar. Queda al final un regusto agridulce, no sé si por las flaquezas en la realización o por el sombrío paisaje que refleja -esta Euskal Herria azotada por la neblina, también del alma-. Conviene por ello retener los méritos y obviar las debilidades de este noble ejemplo del realismo mágico que tan poco asoma en nuestra producción.
Si no mucho más, al menos Fandos y su equipo logran evitar el posicionamiento político, inflamar de oratoria este cuento de seres con la misma sensibilidad ante el mundo. Un cuento mágico en una sociedad sin fronteras definidas, que se extienden de San Sebastián a Rusia, desde Rusia hasta el espacio estelar. El rescate del empresario sirve de excusa dramática para desplegar esos deseos compartidos de libertad, de hacerse entender, de imbricarnos en intuitiva armonía. Por eso la película gana más puntos de los que su arranque podría prometer. Por hablarnos de las coincidencias que marcan nuestra vida, de los impulsos irracionales que esconden una lógica absurda pero fascinante, de esa especie de red ingrávida que cambiará el curso de nuestros días.
COSMOS cuenta en el reparto con los veteranos Ramón Barea y Xabier Elorriaga, a los que se suma la espléndida Ohiana Maritorena, curtida en el terreno televisivo autonómico, quien sabe transmitir la inquietud ante el misterio en que se convierte su vida, toda la gama de sensaciones que su personaje experimenta hasta el ambiguo final. Un broche que el director no ha querido dotar de sentido cerrado, dejando que el espectador termine de hilar este tejido de esperanzas alentadas y destinos encontrados bajo el signo de lo inexplicable. Sólo por esta prueba de confianza merece nuestro mayor respeto.

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO vuelve a demostrar que el poder de los proverbios puede materializarse en forma de cine sólido y sin fisuras, es la prueba que Sidney Lumet aporta para validar los recursos de la experiencia. No deja de ser ilustrativo que sea el maestro -ya octogenario- quien revele una acrobática resistencia contra el tiempo hablándonos de impulsos tan humanos con semejante lucidez. Porque hay que andar sobrado de vueltas para reformular el lenguaje del mejor cine negro clásico trasladando en imágenes un conflicto de dimensiones trágicas tan evidentes. Su nueva película es una potente, reflexiva, inmisericorde alegoría sobre la corrupción moral a través de una historia de perdedores que huele a buen cine en 


Hay dos escenas clave para entender el alcance simbólico de la historia. Una conversación entre el anciano y su primogénito, núcleo de afectos que se adivinan quebrados por mutuas frustraciones. Y un broche estremecedor, uno de las conclusiones menos piadosas que podrían finiquitar la tortura, y que no revelaré en beneficio de quien se adentre en estos fangosos terrenos.

con el temple que le otorga su herencia iconográfica una poderosa metáfora sobre lo más enfermizo que todos escondemos, un espejo de depravaciones y ruindades varias para las que no hay redención. Lógico que lleve la firma del gran artesano Lumet. Sólo alguien de su categoría puede despellejar a sus criaturas y, además, hacerlo con estilo. Ventajas de la edad.
Siempre nos quedará el cine para cristalizar los sueños que nuestro tiempo histórico nos niega. Siempre habrá gente con talento como el joven Eran Kolirin que acerquen realidades insólitas bajo el prisma del humor que no sabe de fronteras. Su estimulante ópera prima aboga por la comunicación entre los pueblos tendiendo el puente de la música como lenguaje mediador. Nacido en Israel, el director nos habla con la voz de un egipcio y el sentimiento de los hebreos, o viceversa. Y en medio, las notas del seductor My Funny Valentine, o cómo el jazz genuiamente americano aterriza en el desierto.
LA BANDA NOS VISITA ha sido la sorpresa del cine europeo de los últimos meses. Avalada con premios y gran apoyo crítico, desarrolla en imágenes austeras, de reposado lirismo, una historia que tiene en su sencillez su poder de conquista. La banda del título, sección musical de la policía egipcia, recala por error en un perdido pueblo del desierto israelí del Neguev, viéndose obligada a convivir durante una noche con los lugareños y dando pie a situaciones tan cómicas como emotivas. Desde la atalaya de una infranqueable humildad, este pequeño relato despliega su arsenal de situaciones agridulces sin levantar la voz,


La película se nutre de referencias a la sonoridad del idioma, a la cautivadora musicalidad de la lengua autóctona, a veces el único medio para desnudarse ante los demás. Qué mejor excusa dramática que una banda de música institucional para contarnos un honesto cuento sobre el valor de las tradiciones y el peso de las raíces como herramientas de conciliación. Eran Kolirin se abre camino con una película naturalista, de temple sosegado, cimentada en instintos tan globalizados que los hacemos nuestros, con la irónica inteligencia de quien habla sin complejos, libremente, ajeno a los conflictos que llenan de infamia lugares perdidos como éste. 

En una imagen por televisión descubre a alguien que, con su mismo rostro, es atropellado por un autobús. Tras descubrir que en realidad es hermano gemelo de la víctima, su vida empezará a cobrar todo el sentido que las extrañas visiones mentales auguraban. Así arranca la puesta de largo de Guillermo Groizard, escrita junto a Manuel Valdivia, Chus Vallejo, Nacho Cabana y Marga Varea. Tal y como puede imaginarse, esta premisa argumental -rocambolesca y oblicua-, quedará a la altura del resto, en lo que se revela como una propuesta de género bastante más que decepcionante.
por definición más preocupado por engordar las arcas que por contar historias. O eso, o un súbito lavado de conciencia.



