El final descaradamente trágico de este curioso thriller vierte los pensamientos de un Colin Farrell moribundo, con la noche de Brujas dando acta notarial de una nueva alma redimida. En un plano subjetivo deudor de ATRAPADO POR SU PASADO (Brian de Palma, 1993), rasgado con los acordes melancólicos de Carter Burwell, la ciudad hermosa observa al asesino y parece perdonar el pecado que le confinó a sus calles envueltas en neblina, a sus fríos canales con aroma a chocolate caliente. Como hiciera Carlito Brigante, el personaje queda sumido en su íntimo vis a vis con la vida, dotando de un sentido -apresurado, siquiera tanteado pese al tormento recorrido- a la muerte que le recibe. 
Pero la lógica del género, apenas perseguida en el relato, tampoco reviste esta última escena, empeñada en ironizar sobre el destino del protagonista en lúcida conciencia del infierno eterno. El humor nos recuerda que la cosa no va en serio, que el debutante Martin McDonagh sortea la grandilocuencia épica del antihéroe humanizado y se escora hacia la comedia negra de pliegues tan europeos, bien entendido el término en su mejor sentido. Su apuesta triunfa si aceptamos el híbrido como producto más reflexivo que taquicárdico, perfilado con el esquema de una buddy movie orientada a los espacios íntimos, al viaje interior de los asalariados del crimen antes que al paroxismo adrenalínico. El revés de la justicia queda encarnado en estos dos opuestos
forzados a convivir en territorio ajeno a su hábitat natural, rodeados de esplendores góticos que hacen sacudir la idea del impulso homicida, o suicida, de cualquier tipo de muerte que impida gozar del cuento de hadas propio de un sueño bondadoso. El guión insiste en la idea, dibuja la espectacular ciudad belga como un protagonista más, foco del postalismo colorista de muchas escenas, pero también refinada metáfora que otorga talla moral a la historia, su salida de tono, su heterodoxia, su magnetismo.
forzados a convivir en territorio ajeno a su hábitat natural, rodeados de esplendores góticos que hacen sacudir la idea del impulso homicida, o suicida, de cualquier tipo de muerte que impida gozar del cuento de hadas propio de un sueño bondadoso. El guión insiste en la idea, dibuja la espectacular ciudad belga como un protagonista más, foco del postalismo colorista de muchas escenas, pero también refinada metáfora que otorga talla moral a la historia, su salida de tono, su heterodoxia, su magnetismo.Para los que conocemos Brujas se hace fácil admitir el escenario en su dimensión narrativa, actuando como eje sobre el que pivotan las extrañas criaturas de esta ficción, un entretenimiento con poso existencialista, suavemente bañado en los códigos del suspense con ramalazos
de psicología criminal de medio alcance. Porque si bien concede McDonagh el placer de contemplar una simbólica intriga de temple sosegado, pausada como barcas de turistas sobre las aguas del canal, el diálogo de conceptos que propone queda eclipsado por el tono gamberro, ligero y desenfadado con el que se plasma. De esta forma la acción canónica y previsible se somete al dictamen de unos diálogos inspirados, libres de complejos, levemente paródicos en golpes de efecto casi siempre eficaces, ocasionalmente brillantes. La broma puntiaguda como resorte para disertar sobre el bien y el mal, dualidad que marca la experiencia de los dos matones hasta el punto de hacerles valorar lo bueno -es decir, lo legal, lo normal, lo gozoso- de la vida, aquéllo que se deja atrás en aras de la mecánica homicida.
de psicología criminal de medio alcance. Porque si bien concede McDonagh el placer de contemplar una simbólica intriga de temple sosegado, pausada como barcas de turistas sobre las aguas del canal, el diálogo de conceptos que propone queda eclipsado por el tono gamberro, ligero y desenfadado con el que se plasma. De esta forma la acción canónica y previsible se somete al dictamen de unos diálogos inspirados, libres de complejos, levemente paródicos en golpes de efecto casi siempre eficaces, ocasionalmente brillantes. La broma puntiaguda como resorte para disertar sobre el bien y el mal, dualidad que marca la experiencia de los dos matones hasta el punto de hacerles valorar lo bueno -es decir, lo legal, lo normal, lo gozoso- de la vida, aquéllo que se deja atrás en aras de la mecánica homicida.
Rechazada la solución dramática típica, ESCONDIDOS EN BRUJAS opta por elaborar un discreto discurso en torno a la culpa que late irremisiblemente en nuestros actos. El protagonista -inmenso cómico Colin Farrell, llena la pantalla de ingenio irlandés desbordante-, afligido por la imprevista muerte de un niño, se reconoce digno de castigo e incluso siente la tentación del suicidio. El director, mediante los chistes sobre la ciudad, evita ahondar en la llaga y conducir al molesto chute de moralina, cosa de agradecer. Así se desliza mejor el intento de hacernos pensar sobre el pasado delictivo -pecaminoso, por qué no- que exige redención, esa carga de humanidad dolorida, el malherido código de honor que hasta el más mezquino y siniestro de los asesinos se ve obligado a obedecer. Para constatar el complejo dilema moral, la encrucijada que les asedia, McDonagh nos presenta
a un Ralph Fiennes oscuro y diabólico, verdadero "malo" malísimo de la función, quien impulsa el tramo final hacia sendas más trilladas, peor resueltas, con las que terminar de dibujar estos nada convencionales paisajes de la expiación.
a un Ralph Fiennes oscuro y diabólico, verdadero "malo" malísimo de la función, quien impulsa el tramo final hacia sendas más trilladas, peor resueltas, con las que terminar de dibujar estos nada convencionales paisajes de la expiación.Como si de una suerte de noir meditativo y burlesco -a partes iguales- se tratase, la película se cose a base de imágenes sobrias, escritura visual firme, sin aspavientos, con un ritmo bien ajustado al entramado de mala conciencia que sobrevuela en las secuencias. Curioso grupo de secundarios, aunque quizá sea el enano Jordan Prentice el que mejor ilustre los vicios, corrupciones y desparrames propios de los nuevos tiempos, el recurso al hedonismo que los protagonistas asumen una vez presentidas las negras sombras que pueden enturbiar tan idílico entorno. Un paso más en
su extraño proceso de revelaciones mutuas, de verdades ocultas, de autodescubrimientos. La culpa ahoga -podría concluirse-, pero no impide exprimir la última gota a la vida, aunque sea en mitad de la recóndita y exótica Bélgica.
su extraño proceso de revelaciones mutuas, de verdades ocultas, de autodescubrimientos. La culpa ahoga -podría concluirse-, pero no impide exprimir la última gota a la vida, aunque sea en mitad de la recóndita y exótica Bélgica.
Reza el proverbio que el que calla, otorga. Muchas veces el silencio se esgrime como coraza frente a la crítica popular cuando ésta puede dañar el prestigio, los intereses económicos, el poder. No rebatir esa condena sirve para hacerla verdad y activar la maquinaria legal con tal de aliviar el daño causado. Esta película estremecedora habla de un silencio histórico, años de oscuridad que vienen protegiendo a delincuentes respetables por el hecho de llevar alzacuellos. Es curioso que Amy Berg convenciera al padre Oliver O´Grady, confeso pedófilo irlandés, para hablar ante cámara y destapar uno de los más sangrantes ejemplos de ruindad humana.
Su experiencia -en primerísima persona-, causante del lógico seísmo en la opinión pública, articula un relato necesario como pocos. Uno de esos testimonios siniestros, repletos de matices que estimulan la reflexión, pero, por encima de todo, el desprecio hacia el personaje. Porque no es fácil templar ánimos cuando este ejemplo vivo de buen cine documental toma su incómoda realidad y nos la muestra desnuda, irrefutable y brutal. El motivo de que sintamos el miedo congelando nuestra piel.
Escorado hacia el lado más humano -emotivo, pues- de la historia, LÍBRANOS DEL MAL no rebasa el umbral de lo lacrimógeno y da cabida a su denuncia con el paso firme, angustiante, digno de repulsa que marcan los personajes de este cuento macabro. No hay manipulación del sentimiento, como tampoco la hubo en CAPTURING THE FRIEDMANS (Andrew Jarecki, 2003), otro documento devastador que mostraba la sórdida vida oculta de un padre de familia con tendencias pederastas. Asusta escuchar lo que escuchamos por saberlo fruto de la mentira y el abuso de autoridad moral de este ministro de Dios, quien era acogido por los feligreses en su ingenua visión del párroco como algo más que un asesor espiritual. No extraña que el padre de una de las niñas violadas llore desconsolado y falto de fé recordando al buen hombre que destrozó sus vidas.
Surgen los interrogantes, la desazón, nuestra feroz implicación ante los límites de vileza que el ser humano llega a traspasar. ¿Pueden frenarse estos actos de mezquindad, de desequilibrio mental cuando la propia jerarquía eclesiástica los protege? ¿Qué compensación queda tras la pesadilla, el horror del que nadie se hace cargo? ¿Por qué se relaja el castigo penal hacia personajes como O´Grady, por qué el encubrimiento, por qué la ceguera? Es difícil dar con respuestas con material tan espinoso. La directora repasa las aristas legales, éticas y religiosas para que el criterio de cada espectador acabe por iluminar los sombríos rincones del relato. De esta forma, revela ciertas claves que pueden ayudar a entender lo incomprensible: el sentido del celibato, las carencias afectivas, los turbios mecanismos que favorecen el status de las altas esferas.
Las imágenes dejan su rastro elocuente y poderoso, dibujando el conflicto entre flaquezas y razón, el sentido de culpa, la expiación del pecado más intolerable de todos. Y el silencio. Tal vez la mejor herramienta de los poderosos para ocultar el tormento de los más indefensos.




Cardona combina los ingredientes con mejores propósitos que resultados, tal vez a causa de una realización demasiado plana, carente de la fuerza necesaria para arrancarnos la emoción. Para el que esto firma, lo más interesante fue reconocer el paisaje físico y humano de mi tierra natal, la Extremadura que se quita las legañas del estatismo y se amolda al ritmo de la ebullición multicultural. Se rescata con acierto el entorno rural, la rutina e idiosincrasia de una gente que reconoce el nuevo flujo de inmigrantes y promueve la mezcolanza, la enseñanza de todos los valores que nos definen. Pero tal vez sea el acento de ingenuidad -con cierta pobreza en los diálogos- lo que impida dar entidad dramática al asunto y, en consecuencia, diseñar las emociones para que podamos atraparlas al vuelo.
Muy digna en su condición testimonial de estos acelerados tiempos que cambian los usos tradicionales de convivencia, las normas comunitarias, el día a día en la escuela, en el trabajo, en la barriada. Bastante mediocre en el lenguaje que describe realidades tan jugosas y presentes.

Intentando esquivar la rutina, confiere a su protagonista la insigne tarea de limpiar los intestinales escenarios de los crímenes que luego investiga la policía. Tras una de esas higiénicas sesiones, se convierte en diana de una lluvia de incriminaciones que le fuerzan a tirar de un hilo de corruptelas policiales, de pasados vergonzantes, de desequilibrios familiares. En resumen, la torpe revisitación de patrones narrativos no ya mascados, sino más bien triturados por la maquinaria yanqui desde aquellos gloriosos 90 que olieron a Demme y a Fincher, también a Kaplan, Pakula, a los Coen o a Luc Besson, al moderno Tarantino, al maestro Michael Mann, y a de Palma, y a Curtis Hanson y la obra maestra que lo encumbró. Las buenas piezas que engordaron de cinefilia las tripas y los espíritus.
Las recientes -y apreciables- LA NOCHE ES NUESTRA (James Gray, 2007) y DUEÑOS DE LA CALLE (David Ayer, 2008) respetaban la codificación de unas atmósferas extenuadas de puro repetidas, incluso apuntaban cierta ambigüedad ética que las dignificaba -aunque sin los niveles del noir posmoderno por excelencias varias, L.A CONFIDENTIAL (Curtis Hanson, 1995)-. Harlin, fallero mayor, libera su artificio ruidoso y plastificado, ignorando la herencia de sus mayores y despeñándose hacia la rutina, el plano dibujo de personajes, el alambique forzoso, el trazo grueso de un producto a todas luces prescindible. Ni siquiera la explosiva Eva Mendes logra ahuyentarnos la modorra.
Bendito sea el designio divino que inventó la comedia hace la ristra de años. Benditos sus mecanismos de la risa inteligente, la química entre actores de prodigio, el agudo cruce de diálogos, toda la magia que empapaba la pantalla y nos derrotaba a golpes de talento. Benditos los tiempos de todas las hepburns gráciles, los cukors inspirados, los galantes carygrants, aquellos hawks puro frenesí, todos los blakedwards, lemmons y stewarts, los leisens, mccareys y lubitsch de genio y porte, los billywilders poderosos, bienaventurados los que os mamaron a cañonazos de ingenio nutritivo y saciante.
Malditos los guionistas vendidos al poder de los dineros, los que se escudan en la novela para crear naderías, los que trivializan el amor enmascarándolo, rebajándolo, cubriéndolo de recursos fáciles y peligro de hiperglucemia.
sucumbe a las mieles de la taquilla en una historia blanda, que se mira el ombligo de su propio dulzor y lo escupe con innegable oficio narrativo. Qué menos puede exigírsele a una industria curtida en el ¿arte? de relatarnos las humanas pasiones bajo distintos envoltorios.


Sirva de arranque a esta reseña que la sorpresa comió terreno a la peregrina duda sobre el interés de un título como SATANÁS. Bien empacada tras su bagaje festivalero, temía que el áurea de obra de culto, potente bautizo de un novísimo autor colombiano, no revirtiera en méritos objetivos para el aplauso. A tanto no me atreví, pero me sobraron razones para sonreír con ese gozo travieso que ciertos relatos te producen, los que obran su seducción con las armas imprevisibles del gran cine. Que -ya se sabe- no siempre adjetiva el tamaño.
Una estética sobria, de elegante trazado recubre la suciedad de unos personajes cuya balanza se ha vencido, impulsados por el resorte de la tentación, el pecado, la ambigua moralidad. Es aún más revelador saber que la trama surge de un hecho acaecido en Bogotá a mediados de los 80, materia novelada por Mario Mendoza. La orgía de violencia final en el restuarante, puro desboque de las siniestras riendas que apenas se intuyen, reconstruye el brutal tiroteo de un individuo respetable, del que nadie presumiría el afán criminal, uno de tantos seres grises que asfaltan su rencor con el mundo desde el silencio, la inocente careta de lo cotidiano. La realidad de nuevo filtrada con los mejores modos artísticos, tan espantosa, tan elocuente que había que ficcionarla. Y de qué forma.
Es sabio Andrés Baiz. Su dibujo tridimensiona un paisaje de compleja humanidad movida por la angustia, la desesperanza, las dudas, el odio. En él maneja a los personajes, atribulados en su flaqueza, aplastados por el amargo peso de una vida que les asquea, de la que buscan huir. Con ellos construye una pesimista reflexión sobre la condición débil que nos une, un cuadro costumbrista que se torna desolador, de una lucidez que abate el ánimo. El sacerdote perdido en su lascivia iguala a la hermosa mujer estafadora, que vierte encantos como serenidad el antiguo militar, hastiado de su madre y refugiado en los encantos de la literatura. Un idéntico anhelo de superar miedos nacidos de la fé, la pobreza, la soledad. Miedos humanos, feroces, cercanos.