El rostro del héroe cambia, tal vez sea lo único que muda en los dibujos que el cine hace de sus grandezas. Lo que late en el fondo es idéntico relato a relato. Me da igual un Michael Caine zarandado a pleno fuego abierto, o ese Jeremy Irons haciendo crónica del desamor, es lo mismo el careto de Mel Gibson, el de Sam Waterston, o el gran Nick Nolte, o Warren Beatty, o Gene Hackman. Adalides de la información en mitad del conflicto. Héroes por accidente que dan cuenta de la lucha sin más trinchera que su honestidad. Buenas escaramuzas las suyas, la modernidad ya los entroniza como los contadores de la infamia, redentores de nuestra conciencia.Jonathan Rhys-Meyers pone morritos sensuales, mirada intensa y bella estampa a las órdenes de
Spottiswoode en esta nueva entrega bélica que no engrosaría un hipotético listado de obras magnas del género. Pese a toda la guerra que se deja ver en su metraje calculado para emocionar al menos cauto. Pese a toda su estantería de recursos diseminados hasta el detalle. Aunque el amor embotellado, falso y socorrido haga su presencia bajo los ropajes de la épica. La corrección empapa los fotogramas del primero al último, nada, y acentúo la palabra, se sale del patrón dictado por la ortodoxia. El director, nunca reivindicable como autor, controla el oficio y lo despliega en acción rutinaria, factura de telefilme dominguero, epidermis en personajes y su maleta emocional. La mecánica de la aventura toma cuerpo -qué menos- con pulso firme en casi todos los tramos del viaje. En otros no tanto. Es por eso de los desequilibrios rítmicos por lo que la rutina, la sensación de déja vu termina infectando la mirada.
Reconozco haber recibido lo que esperaba y no caer así en decepciones. La película de Spottiswoode es de las que se huelen a distancia, el aroma no engaña, es el pachuli del cine
comercial. Sabía de antemano que el rizo de la convención ahogaría toda la propuesta hasta exprimirla. Por eso dejé que un entretenimiento nada entusiasta se apoderara de mí en dos horas facturadas con voluntad de la buena, canonizando el valor de la acción espolvoreada de buenas intenciones. La odisea es aquí la de un enjambre de niños chinos, desheredados y hambrientos, que pueblan un hospicio recóndito bajo asedio nipón y son salvados de la muerte por un periodista -el hermoso Rhys-Meyers- recauchutado como profesor y, a la postre, mártir por su causa. Se observará que la historia, su esqueleto, está lejos de ser insólita, digna de impacto. Se podrán listar los clichés que la embadurnan y prever el trayecto de mutua dependencia con que este grupo humano acariciará corazones y estómagos. Pero superado el recuento poco más quedará por resaltar.
No es esta la fábula ribeteada de conciencia política, aunque el espacio y el tiempo consigan recrearse con fidelidad. El marco conflictivo luce a pincelada pulcra,
comunistas y nacionalistas se nombran, se percibe la tensión de una etapa crítica. Sin embargo, el periodista deja de serlo y pasa a otro nivel, el de padre de los infantes, el eslabón familiar que la guerra les arrebató. Por ese camino, el guión vierte su dimensión humana -qué concepto, qué hermosura-, pero la facilona, la que no escarba en conflictos, donde los sentimientos suenan a prefabricados, ramplones y tibios. Nos creeemos este cuadernillo sobre epopeyas imprevistas porque unos señores ancianos nos lo aseguran en el epílogo postizo. Más o menos en la línea de Spielberg y la hazaña salvadora de Schindler pero con menos entidad.
No es esta la fábula ribeteada de conciencia política, aunque el espacio y el tiempo consigan recrearse con fidelidad. El marco conflictivo luce a pincelada pulcra,
El broche final confirma la escasa creatividad del producto, su fragancia acartonada en pos de la veracidad. Ya lo dice la coletilla del marketing para ganarse parroquia, los hechos reales inspiran la ficción. Ahora también. Niños atravesando montañas, la lucha contra los elementos como simbolismo romo y sin dobleces. Porque de lo que se trata es de luchar por la vida, el camino es superación.
Y, tras asistir al extenso recetario de sinsabores, el virus de la mediocridad carcome la aventura y ya no nos importa nada. Ni el sepelio del héroe ni su recuerdo ni los niños ya adultos ni la melodía insistente. La mente se vacía, queda hueco el sitio destinado a la seducción. Otras proezas nos cautivarán.


Aún recuerdo una reciente versión francesa de esta joie de vivre, que los distribuidores renombraron con parecida coletilla. Allí era ODETTE (Eric-Emmanuel Schmitt, 2007) el epicentro de un optimismo sin peajes, indomable, puro. La película no contaba excelencias, pero era amable. La boca cedía al impulso de la sonrisa agradecida y clara. Sin innovar en calidades, sin brillos ni estridencias cautivó a golpes de simpatía. Tras ese reguero, Mike Leigh regresa a los ambientes que ama, que en el fondo son los que mejor conoce. Volvemos a su Inglaterra gris y de extrarradio, a los callejones proletarios tan jugosos para entonar semejante canto a la vida. Nadie mejor dotado si hablamos de seccionar la mediocridad y contar cuentos sobre miserias varias, de tanto gusto entre el público.
Leigh, lejos de manipulaciones, edulcora el retrato de ese paisaje revistiendo con fragancia naif algo que en el fondo no deja de mostrar sus esquinazos de amargura. Porque, pese al subtitulado en castellano, esta obra tiene poco de graciosa. Es fresca, sí, pero nunca revela las costuras de comicidad que vende un cartel colorista y excéntrico. No sé si por cierta insipidez global, pero el humor apenas se deja ver. Late bajo el tonelaje de ingenuidad descrita por los guionistas un tímido repaso a la rutina de una clase media de profesionales, las charlas que adornan el gentío de los pubs, la marea de sueños sin cumplir, la vida enseñando los dientes. Todo seducido por el trazo noble, sincero, en las antípodas del chantaje emocional, un maestro el señor Leigh. No hay duda.

El lenguaje sereno y falto de alardes es el mismo, pero el relato no enamora. Le sobran algunas escenas demasiado estiradas y esos (forzados) apuntes discursivos en personajes secundarios, sobre todo un profesor de autoescuela algo nazi para los tiempos que corren. Racismo, sistema educativo, independencia económica, el despertar a la madurez afectiva y laboral como mujer treinteañera en la sociedad que nos absorbe. Grandes cuestiones, de hondo calado y modesta escritura. Si hay algo que despunta es el rostro, el gesto, el dominio del matiz que demuestra la actriz Sally Hawkings. Comprendo que la irritación asalte a muchos espectadores ante una creación tan excesiva, tan risueña y agotadora. Un personaje en la frontera del histrionismo que en definitiva sirve para abordar la tesis positivista de la película. Y es que no hay más, todo redunda en la misma idea jubilosa sin verdaderas válvulas de ironía que den peso, que ensanchen 
El cine francés continúa colándonos su frecuente ración de comedia más o menos desenfrenada, a veces reflexiva, goteadas otras con el sabor de lo agridulce. Pero siempre logra filtrarlas. No entraré en el tema de cuotas de pantalla o el chauvinismo acérrimo que han ostentado desde tiempos remotos nuestros vecinos. Sólo me centraré en los retales que componen la última pieza desquiciada de Coline Serreau, peso gordo en la industria gala que cualquiera recuerda por la gamberrada ochentera TRES SOLTEROS Y UN BIBERÓN, germen de los productos yanquis que aflorarían como hongos y que intentaban rescatar su mismo acento irónico sin conseguirlo. Un periplo voluntarioso en el género le aporta el equipaje básico para elaborar esta historieta alocada y mordaz, un verdadero histrión que no reinventará los códigos de la risa (de toque europeo), pero que contagia vitalismo en inyección irresistible






