24/10/08

LOS NIÑOS DE HUANG SHI: crónica anunciada del héroe

El rostro del héroe cambia, tal vez sea lo único que muda en los dibujos que el cine hace de sus grandezas. Lo que late en el fondo es idéntico relato a relato. Me da igual un Michael Caine zarandado a pleno fuego abierto, o ese Jeremy Irons haciendo crónica del desamor, es lo mismo el careto de Mel Gibson, el de Sam Waterston, o el gran Nick Nolte, o Warren Beatty, o Gene Hackman. Adalides de la información en mitad del conflicto. Héroes por accidente que dan cuenta de la lucha sin más trinchera que su honestidad. Buenas escaramuzas las suyas, la modernidad ya los entroniza como los contadores de la infamia, redentores de nuestra conciencia.

Jonathan Rhys-Meyers pone morritos sensuales, mirada intensa y bella estampa a las órdenes de Spottiswoode en esta nueva entrega bélica que no engrosaría un hipotético listado de obras magnas del género. Pese a toda la guerra que se deja ver en su metraje calculado para emocionar al menos cauto. Pese a toda su estantería de recursos diseminados hasta el detalle. Aunque el amor embotellado, falso y socorrido haga su presencia bajo los ropajes de la épica. La corrección empapa los fotogramas del primero al último, nada, y acentúo la palabra, se sale del patrón dictado por la ortodoxia. El director, nunca reivindicable como autor, controla el oficio y lo despliega en acción rutinaria, factura de telefilme dominguero, epidermis en personajes y su maleta emocional. La mecánica de la aventura toma cuerpo -qué menos- con pulso firme en casi todos los tramos del viaje. En otros no tanto. Es por eso de los desequilibrios rítmicos por lo que la rutina, la sensación de déja vu termina infectando la mirada.

Reconozco haber recibido lo que esperaba y no caer así en decepciones. La película de Spottiswoode es de las que se huelen a distancia, el aroma no engaña, es el pachuli del cine comercial. Sabía de antemano que el rizo de la convención ahogaría toda la propuesta hasta exprimirla. Por eso dejé que un entretenimiento nada entusiasta se apoderara de mí en dos horas facturadas con voluntad de la buena, canonizando el valor de la acción espolvoreada de buenas intenciones. La odisea es aquí la de un enjambre de niños chinos, desheredados y hambrientos, que pueblan un hospicio recóndito bajo asedio nipón y son salvados de la muerte por un periodista -el hermoso Rhys-Meyers- recauchutado como profesor y, a la postre, mártir por su causa. Se observará que la historia, su esqueleto, está lejos de ser insólita, digna de impacto. Se podrán listar los clichés que la embadurnan y prever el trayecto de mutua dependencia con que este grupo humano acariciará corazones y estómagos. Pero superado el recuento poco más quedará por resaltar.

No es esta la fábula ribeteada de conciencia política, aunque el espacio y el tiempo consigan recrearse con fidelidad. El marco conflictivo luce a pincelada pulcra, comunistas y nacionalistas se nombran, se percibe la tensión de una etapa crítica. Sin embargo, el periodista deja de serlo y pasa a otro nivel, el de padre de los infantes, el eslabón familiar que la guerra les arrebató. Por ese camino, el guión vierte su dimensión humana -qué concepto, qué hermosura-, pero la facilona, la que no escarba en conflictos, donde los sentimientos suenan a prefabricados, ramplones y tibios. Nos creeemos este cuadernillo sobre epopeyas imprevistas porque unos señores ancianos nos lo aseguran en el epílogo postizo. Más o menos en la línea de Spielberg y la hazaña salvadora de Schindler pero con menos entidad.

El broche final confirma la escasa creatividad del producto, su fragancia acartonada en pos de la veracidad. Ya lo dice la coletilla del marketing para ganarse parroquia, los hechos reales inspiran la ficción. Ahora también. Niños atravesando montañas, la lucha contra los elementos como simbolismo romo y sin dobleces. Porque de lo que se trata es de luchar por la vida, el camino es superación. Y, tras asistir al extenso recetario de sinsabores, el virus de la mediocridad carcome la aventura y ya no nos importa nada. Ni el sepelio del héroe ni su recuerdo ni los niños ya adultos ni la melodía insistente. La mente se vacía, queda hueco el sitio destinado a la seducción. Otras proezas nos cautivarán.

23/10/08

TRANSSIBERIAN: misterio en la nieve

EL MAQUINISTA resultó ser la obra más perturbadora y extraña producida en nuestro país hace cuatro años. Sin bordear la maestría lograba adentrarse en materia narrativa y lenguaje visual insólitos, creando una atmósfera onírica asentada de lleno en los márgenes de las pesadillas. Recuerdo que no me fascinó. Lo que sí consiguió fue que el cuerpo se me inundara de mal rollo, el vello erizado ante la visión de un Christian Bale reducido a pellejo sobre hueso, acorralado en una odisea de pliegues casi kafkianos. Provocador, desquiciado, asfixiante experimento, ése sí que rompió moldes.

Lo nuevo de Brad Anderson cambia factorías, olores industriales y tintes psicofantásticos por la amplitud de la estepa soviética. Y, para instalarse cómodamente en terrenos de homenaje al género clásico de suspense, sitúa la acción en el tren del título y nos mina el ánimo de recursos previsibles, personajes tipo, fragancias y sabores que recuerdan al mejor Hitchcock, a esa novela de misterios esquemáticos y, por qué no, encantadores. He esperado mucho -los caprichos de los distribuidores me sacan de quicio- para ver el resultado. Confieso que no me aturde como lo hizo su anterior pieza de intriga, pero se me antoja resultona, cabalgando entre los pasajes realmente absorbentes y tramos más morosos en los que definir personajes, sentar las bases para el festín criminal. Para empezar a removernos, vaya. No creo que el conjunto despida brillos ni reelabore los patrones del subgénero ferroviario, aunque aceptemos los destellos puntuales en un relato con pocas florituras, tan directo como una poción venenosa que se toma su tiempo en hacerse efectiva.

Hay que decir que el clima se consigue, se mastican los códigos del thriller pasado por nieve y eso agrada. Aconsejo dejarse arrastrar hacia territorios reconocibles, impulsados con el motor de viejas fórmulas, maquillado de un clasicismo narrativo donde caben la frescura y los nuevos bríos de Anderson y su productor, Julio Fernández. Quizá salga ganado la apuesta si la consideramos como un juego, todo un equipaje de reglas para que la ortodoxia entre en escena, cristalina, atravesada por la mecánica en acciones, espacios y turbadoras presencias. Antes que un defecto, se convierte esta obediencia a las normas en puro gozo. Insisto. Mejor subirse al vagón mejor provisto para emocionar al personal, es conveniente rendir culto a esta canónica bandeja de ingredientes, casi como un sólido tributo a un espacio ya inmortalizado en el cine desde sus orígenes. Así podremos valorar el resultado por encima de algunos detalles de montaje, torpes en la afinación del producto. Hablo de los molestos -por explícitos, y no me considero tan tonto- insertos a modo de flashes explicativos en las escenas de mayor tensión dramática. Sobran, redundan en lo que ya preveíamos, añaden poco al marco de desasosiego y claustrofobia. También en aquella historia del solitario maquinista se cometían tropiezos de diseño, ciertas piezas también chirriaban.
Y luego está el placer de ver al maestro Ben Kingsley seduciendo con su impecable figura, su porte sobrio y oscuro, su incómoda y a la vez cautivadora presencia. Es uno de los excelentes rostros que componen el artefacto. Le acompañan Emiliy Mortimer, tierna y avispada -esta chica empieza a engrosar mis altares- y Eduardo Noriega, malo de la función, puro estereotipo, graciosas sus coletillas en castellano. Lo demás se somete a la corrección ortográfica. Los renglones de la aventura se escriben a sobresalto medido, astutos resortes lejos del entusiasmo pero eficaces. No sorprenden las claves de este viaje transiberiano, todos los sobresaltos agazapados en pasillos y compartimentos, toda la sangre que empapa las blancas mesetas. Tampoco veo originalidad en la crónica de una catarsis en la pareja americana en crisis -de intereses, como todas las crisis-. Pero tiene su gracia que sea la nueva Rusia, ese siniestro terreno abonado con la simiente de un pasado en sombras, el escenario que acoja huidas y recelos, narcotráfico y turismo, en unión desoladora. Los clásicos -su dibujo del miedo, de los más primarios instintos- quedan honrados a pellizcos de buen oficio.

22/10/08

HAPPY, UN CUENTO SOBRE LA FELICIDAD: what a wonderful world

Aún recuerdo una reciente versión francesa de esta joie de vivre, que los distribuidores renombraron con parecida coletilla. Allí era ODETTE (Eric-Emmanuel Schmitt, 2007) el epicentro de un optimismo sin peajes, indomable, puro. La película no contaba excelencias, pero era amable. La boca cedía al impulso de la sonrisa agradecida y clara. Sin innovar en calidades, sin brillos ni estridencias cautivó a golpes de simpatía. Tras ese reguero, Mike Leigh regresa a los ambientes que ama, que en el fondo son los que mejor conoce. Volvemos a su Inglaterra gris y de extrarradio, a los callejones proletarios tan jugosos para entonar semejante canto a la vida. Nadie mejor dotado si hablamos de seccionar la mediocridad y contar cuentos sobre miserias varias, de tanto gusto entre el público.

Se aparta el autor de EL SECRETO DE VERA DRAKE y TODO O NADA del cine combativo, honesto en su maniqueísmo, de Ken Loach. No enjuicia del mismo modo, el gran espejo de la realidad cruda y dura no cumple funciones didácticas. Leigh, lejos de manipulaciones, edulcora el retrato de ese paisaje revistiendo con fragancia naif algo que en el fondo no deja de mostrar sus esquinazos de amargura. Porque, pese al subtitulado en castellano, esta obra tiene poco de graciosa. Es fresca, sí, pero nunca revela las costuras de comicidad que vende un cartel colorista y excéntrico. No sé si por cierta insipidez global, pero el humor apenas se deja ver. Late bajo el tonelaje de ingenuidad descrita por los guionistas un tímido repaso a la rutina de una clase media de profesionales, las charlas que adornan el gentío de los pubs, la marea de sueños sin cumplir, la vida enseñando los dientes. Todo seducido por el trazo noble, sincero, en las antípodas del chantaje emocional, un maestro el señor Leigh. No hay duda.

El problema no es el buen propósito, sino la escasa brillantez del resultado. Lo que en la magistral -uno de mis títulos favoritos de los 90- SECRETOS Y MENTIRAS fue mezcolanza sabia de acidez y ternura se atasca ahora en una historia sin progresión dramática, irregular y difusa, a caballo entre el drama hiperrealista y la fábula con mensaje. Obra más cercana al tapiz descriptivo sin hueco para la emoción intensa, ni siquiera se refugia en ella la compasión, el ánimo piadoso. Una lástima si atendemos al espíritu humanista que alenta el trabajo de Leigh y pretende elevar un relato de sencilla construcción hasta el altar de la crítica social. Falta ese toque cautivador, falta la chispa emotiva. Lo demás está, y como siempre. Abundan los planos largos, las escenas prolongadas, el estilo de la casa deja su marca. Ya sabemos que el cineasta nunca quiso hacer estética, los pliegues del arte adoptan en su caso el agridulce sabor de la poética de barrio en forma de guión férreo, su lirismo nos lanza petardos de inteligencia a la cara gracias al diálogo preciso. Así, sin esfuerzo aparente, nos reconocemos por encima de abismos geográficos. Sin artificios ni malabarismos visuales.
El lenguaje sereno y falto de alardes es el mismo, pero el relato no enamora. Le sobran algunas escenas demasiado estiradas y esos (forzados) apuntes discursivos en personajes secundarios, sobre todo un profesor de autoescuela algo nazi para los tiempos que corren. Racismo, sistema educativo, independencia económica, el despertar a la madurez afectiva y laboral como mujer treinteañera en la sociedad que nos absorbe. Grandes cuestiones, de hondo calado y modesta escritura. Si hay algo que despunta es el rostro, el gesto, el dominio del matiz que demuestra la actriz Sally Hawkings. Comprendo que la irritación asalte a muchos espectadores ante una creación tan excesiva, tan risueña y agotadora. Un personaje en la frontera del histrionismo que en definitiva sirve para abordar la tesis positivista de la película. Y es que no hay más, todo redunda en la misma idea jubilosa sin verdaderas válvulas de ironía que den peso, que ensanchen sus márgenes, aquí más indefinidos que de costumbre. Su viaje a los suburbios es incapaz de superar el rango de boceto, bastante afinado recreando terrenos físicos, menos capacitado para insuflarnos la carga de oxígeno prometida.

21/10/08

PEREGRINOS: hermanos caminantes

El cine francés continúa colándonos su frecuente ración de comedia más o menos desenfrenada, a veces reflexiva, goteadas otras con el sabor de lo agridulce. Pero siempre logra filtrarlas. No entraré en el tema de cuotas de pantalla o el chauvinismo acérrimo que han ostentado desde tiempos remotos nuestros vecinos. Sólo me centraré en los retales que componen la última pieza desquiciada de Coline Serreau, peso gordo en la industria gala que cualquiera recuerda por la gamberrada ochentera TRES SOLTEROS Y UN BIBERÓN, germen de los productos yanquis que aflorarían como hongos y que intentaban rescatar su mismo acento irónico sin conseguirlo. Un periplo voluntarioso en el género le aporta el equipaje básico para elaborar esta historieta alocada y mordaz, un verdadero histrión que no reinventará los códigos de la risa (de toque europeo), pero que contagia vitalismo en inyección irresistible.

No oculta -es más, lo muestra orgullosa- la directora su acomodo en los códigos casi paródicos de un cómic adulto donde la caricatura se asoma a bofetada de comicidad bien medida y mejor planificada. Desprende el cuento moderno sobre desencuentros fraternales un aire divertido, vivificante y pletórico, sin todos los complejos que otras incursiones en semejantes cauces sí adoptan. Esta película es gozo puro, genuino alborozo transmitido por los poros de un libreto ajustado y milimétrico, afincado en unas pautas algo esquemáticas, no siempre brillantes, pero sí libres, desprejuiciadas y sin miedo a que el absurdo empañe los pasos del camino trazado. Es eso PEREGRINOS, un camino físico y -cómo no- también metafórico, con ese punto de catarsis previsible pero en definitiva beneficiosa para el espectador. En ese doble sentido del tránsito hacia el lugar santo se incrustan unos personajes que entregan un abanico de psicologías desternillante, puntualmente tocadas con la vara de la ternura, el desencanto y una desembocadura final en el espacio afectivo que el vil metal había sembrado de rencillas.

Puede asignarse el término walk movie para definir un recorrido tan jubiloso como el que dibuja Serreau. Caminantes y hermanos que se reencuentran en mitad de una naturaleza siempre testigo de sus miserias, del choque insalvable entre el arrogante y el pusilánime, entre intereses creados por un testamento irrebatible, seguido a rajatabla y origen del enredo. La directora entra rápido en materia, no deja tiempo para reflexiones ni preámbulos cargantes. Todo se empieza a despeñar por laderas de paroxismo y un gusto por el énfasis visual presente desde la escena inicial de la última voluntad ante el albacea. Ahí me di cuenta no del despropósito que se avecinaba, antes bien de la más firme intención por hacer del relato una enérgica aventura donde las formas -veloces, como viñetas de imagen real- apostillaban un contenido igualmente desatado, a ratos de furiosa frescura, por momentos reposado a medida que el trayecto se acorta. Cosa distinta son los gustos, y en esa materia esta obra podrá encontrar detractores con algunos datos objetivos para tacharla de excesiva y simplista. Si se abandona uno a la locura embotellada, al diagrama básico de combates -familiares, generacionales, raciales- y a un sentimentalismo sin doble capa, sin más lecturas que el instinto primario, el disfrute acampará fácilmente en nuestro ánimo.

Me pregunto si no es lícito hallar el placer en disputas tan antiguas como el cine, otras veces revestidas con neurosis de manual o intelecualismos chapuceros. Creo preferir el campo abierto sin los marcajes del tópico, sin más pretensiones que hermanarnos con el desenfreno y una sátira amable y provocadora. No hay otra aspiración que la de entretener con ligeras pinceladas emotivas, muy gruesas, es verdad. Incluso se roza el criticable ámbito del chiste burdo, esa vis cómica chabacana que nunca se instala del todo, y que deja el refinamiento para obras y autores de alto rango. Lenguaje abrupto para ilustrar esta fábula socarrona, perfecto engranaje que logra implicarnos en un recorrido por senderos escarpados, y no sólo los que conducen a Santiago. La tortuosa y febril, casi demencial encrucijada ante la que tres hermanos terminan congraciándose se despoja de gravedades y moralinas. Y nosotros, por contagio, nos liberamos del mal rollo y soltamos lastre a carcajada limpia.

EL JUEGO DEL MATRIMONIO: desconfiados esposos

Me reitero en la creencia de que los viejos moldes nunca defraudan, si bien merecen nuevos lustres para ser realmente creativos. Acomodarse en el patrón de la comedia clásica del Hollywood dorado no deja de ser postura facilona, más por la aceptación popular que por la sencillez de ejecución, ya sabemos del buen arte de la risa. Pienso en uno de mis dioses -sí, acepto mi politeísmo idólatra y absurdo-, el señor Wilder, a quien no le sobraban ni puntos ni comas de acidez, nunca de más un gesto mordaz, jamás sobrante la mirada cáustica, la sapiencia literaria. Eso se cultiva si en verdad se nace con el genio dentro, de ahí que sean pocos los que ocupen el podio de deidades.

No creo que el neoyorquino Ira Sachs se haya planteado reinventar ese gran género cinematográfico. Dudo también de que pueda considerarse EL JUEGO DEL MATRIMONIO como comedia ortodoxa, limpia, dechado de precisiones que antaño fascinaba sin remedio. Más bien se aferra el relato a un esquema híbrido entre el suspense de época y la irónica -poco, eso sí- visión del noble sentimiento que sigue emparejando al ser humano per secula seculorum. Más o menos en la estela de un Preston Sturges, un soterrado Ernst Lubitsch, o tal vez Mitchell Leisen, incluso Howard Hawks revisitado con el barniz elegante de una caligrafía correcta y una puesta en escena bien segura de las cartas en juego. Porque no es otra cosa esta obra más que un divertimento, un edificio calculado en esos márgenes de clasicismo, con arcenes de los que no se desvía, lo que acaba aprisionando el relato hasta convertirlo en mera fórmula muy válida para despertar nostalgias en el respetable, aunque poco valiente para enhebrar un producto cinematográfico.

Agrada el tono general, se hace cómodo, amable en el trazado del artificio narrativo, con sus personajes estereotipados y todo eso. Cuenta con todos los recursos que esa simbiosis dramática admite, tiene incluso una voz en off para meternos de cabeza en el embrollo. Sin embargo el dibujo de las piezas del entramado -los cuatro personajes centrales- revela su flaqueza, es borroso el mar de intenciones ocultas, reacciones y psicologías manejadas por Sachs. Los hilos del misterio eclipsan el intento, si es que lo hubiera, por conmovernos a través del apego emocional, de la hondura por debajo del epidérmico, también eficaz, andamiaje intrigante. No quiero repensar esta historia con los rostros impagables de Cary Grant o Katharine Hepburn, y no cito más ejemplos ilustres para no hacerme pesado. Me conformo con el excelente poker de intérpretes que confabulan para dignificar la pieza voldevilesca, brillantes todos, aunque destaco a una pequeña actriz, grande en talento, casi prodigiosa en el mar de matices, mi admirada Patricia Clarkson. Desde el cine indie a la producción convencional, su talle menudo y el toque sereno de su mirada se ha paseado para mi regusto -siento el egoísmo-, es desde ya un de mis favoritas al trono. También aquí impregna de humanidad a su rol de esposa engañada capaz de ocultar sus propias armas de revancha, su personales artimañas de seducción.

El juego del título no sobrepasa los bordes estilísticos de una pieza de qualité, pretendidamente desfasada, melancólica por el gran cine que -se quiera o no- murió. A veces respira bajo los pellejos propios de un telefilme de lujo, revelando su parquedad presupuestaria, su caprichoso arrinconamiento en modos de rodar cosas que ya no se ruedan en la feroz industria palomitera. En la línea de la maravillosa LEJOS DEL CIELO (Todd Haynes, 2002), aunque carente de su propósito revisionista. En ésta el aroma retro invade sin relumbrones, nada fascina pero cumple. Ése es su encanto principal, tal vez el punto fuerte de Sachs y los actores para levantar un trabajo poco memorable que, pese al divertido esfuerzo común, nunca se define. El caso es que no sabemos si se quiere diseccionar la institución matrimonial -faltaría acento irónico- o desentrañar el siempre alimenticio crimen pasional -eso sí, por compasión, nada de celos-. En agua de borrajas se perfila una trama en exceso lineal cuyo empaque visual es incapaz de encandilarnos como sí hicieron aquéllas glorias del texto libre y la gracia actoral.

Ya digo que no engrosará anaqueles legendarios ni resucitará antiguos esplendores. Conformémonos con una apreciable radiografía física del momento -años 40 de mis amores-, muy justa y afinada, como interesante es el tímido estudio de parejas, su cruce de flagrantes cornamentas (a la postre consentidas), alguna reflexión perdida sobre el sentimiento amoroso como motor de la vida, a cuyo influjo termina sometido hasta el más redomado soltero -aquí con las facciones de un Pierce Brosnan muy cómodo-. Más allá de la espléndida textura no se observan grandes dotes para combinar los ingredientes del veneno hasta inocularnos su magia por vena. Dejemos eso para los maestros. Y ya me callo.

EL NIDO VACÍO: matrimonio sin hijos

Parece que el último cine argentino se esfuerza por exportar miradas con visos de profundidad hacia pequeñas cuestiones del ser humano, ajenas por completo a la gran épica de los políticos, empresarios y demás aves de rapiña. La reciente ENCARNACIÓN (Anahí Berneri, 2008) planteaba con poco tino las consecuencias íntimas del ocaso profesional en una otoñal actriz anclada en su pasado de neones y oropeles. En otro ámbito, aunque igualmente apegado al marco doméstico, al día a día de fracasos inesperados -o ciertamente vislumbrados pero escudados tras la rutina-, navega la última propuesta de Daniel Burman, fallida incursión en el naufragio matrimonial de una pareja de intelectuales bonaerenses aquejados del mal que presagia el título. Aquéllo tan ancestral de una soledad preanunciada pero a la que cuesta adaptarse, más si la compatibilidad entre la pareja hace tiempo que empezó a debilitarse.

Óscar Martínez y la enorme -en sentido figurado, se entiende- Cecilia Roth dan cuerpo a los padres de las criaturas emigradas, y lo hacen con la convicción que les permite un relato débil, apenas reforzado por los escasos destellos de Burman por registrar el abismo abierto en esa edad declinante en que todo se relativiza, incluso cimientos tan sólidos como el amor. La cámara del director se quiere objetivo casi alleniano de una zozobra vital en la que entran en juego conceptos como desengaño, incomunicación, querencias mutadas en simple convivencia entre adultos. Pero el autor de EL ABRAZO PARTIDO no es Woody Allen, ni Alan Rudolph, ni siquiera se acerca a su compatriota Adolfo Aristaráin, de quien sí podría haberse esperado una mayor carga ácida en los diálogos junto al peso emocional que este tipo de dibujos anuncian. Todo lo contrario, la cinta no eleva el vuelo -ni literal ni metafórico- de su premisa y se estanca en un terreno difuso entre el drama generacional y los apuntes cómicos con los que tiznar la reflexión sobre el declive de una relación. Queda la incómoda sensación final de una obra mejor planteada que resuelta, al menos en la escritura, que en el último tramo revela una solución literaria tan socorrida como decepcionante, bien vistos y oídos todas los recovecos del drama.

Este repaso a los nuevos cauces por los que organizar los días apenas defiende su armazón, que acaba filtrando desidia narrativa y flojera en el trazo de personajes. Mi pasión por la protagonista de MARTÍN (HACHE) (Adolfo Aristaráin, 1997) y TODO SOBRE MI MADRE (Pedro Almodóvar, 1999) echaba de menos escenas donde el combate -físico, dialéctico, auténticamente emocional- dejara libre y sin correas su talento, que Burman se empeña en estreñir en brochazos leves, de los que no calan en el espectador, sujeto a una sucesión de ideas puntuales en las que no se profundiza. De esta forma, el registro psicológico adoptado a lo largo del relato no cuaja más allá de ciertos chispazos de guión -pocos-, convertidos en puro humo en pasajes prescindibles y algún personaje de confusa presencia -pienso en ese confidente del marido y su aparición en la secuencia en Israel-. Podría aducirse que la óptica un punto tragicómica que intenta empañar la historia no logra franquear la barrera de lo esquemático, falto de calor, insípido retablo de fracasos varios, de ilusiones que dejaron de serlo. Fracaso en el mundo artístico, fracaso también como padres y, en definitiva, el gran fracaso de una sequía amorosa insalvable.

Tal vez sea el mayor desacierto el hecho de intentar mezclar realidad y ficción, imbricando los deseos y la realidad, los sueños profesionales con la frustración conyugal hasta el comentado final, casi pueril en su resolución. ¿Hace falta repetir que el genio neoyorquino no tiene parangón en cuanto a ironía y mala uva? Sólo la ascendencia judía de ambos podría emparentar el universo humano que se pretende reflejar. Pero me temo que no es suficiente para alabar un esbozo de disección como el de Burman, no es válido para sostener su viaje por los empantanados márgenes del desencanto vital, su fusión desinflada entre la madurez afectiva y la creatividad como válvula de escape, también como coraza fantasiosa con la que afrontar las múltiples aristas de la palabra crisis. Ni la simbólica escena de la pareja flotando esquiva el peligroso matiz de lo forzado, lo que otros más dotados hubieran convertido en fino bisturí. Mucho hilo para tan poca maña.

16/10/08

LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA "S": sobre destapes, madurez y nuevos tiempos

Tendrá esta excelente película la desfortuna de sufrir una condena popular guiada por el tópico y la mala baba. Se cebarán sobre ella juicios ignorantes centrados en un equívoco cartel, o en lo discutible de contar con un personaje tan connotado como Mar Flores como punta de lanza. Recibirá la esquiva arrogancia del que ignora el cine patrio, y que ahora se acomodará en su estúpido rechazo con más razón (si cabe) que otras veces. Pero el tiempo (espero) dictará su justa sentencia hasta elevar la nueva obra del tándem Dunia Ayaso/Félix Sabroso como uno de los más inteligentes, lúcidos y descorazonadores diagnósticos de nuestra sociedad, ésa que andaba en pañales allá cuando los rayos de un tiempo nuevo bañaban las tinieblas de este santo país.

Porque tiene mucho de radiografía histórica LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA "S", pero hace y cuenta la pequeña historia de un grupo de individualidades para hablarnos de la gran épica de todo un país en trance. Cine que nos habla de un cine y de un tiempo de cambios. El denostado paréntesis artístico que inauguraba nuevos modos de expresión, el insólito renacer de nuestra España posfranquista visto desde la óptica de tres chicas (mujeres, como se encarga de apostillar Goya Toledo) aspirantes a un mismo sueño de triunfo y libertad. En pos de la estela que dejó el magnífico debut de Pablo Berger, TORREMOLINOS 73, esta fábula agridulce destila buen cine a borbotones. Bueno por sumar a su irreprochable factura uno de los cantos de humanidad que a este cronista venía haciéndole falta desde hace meses, más si recordamos la catatónica bandeja de estrenos nacionales. Bueno y digno por hacer análisis sin enfangarse en lo discursivo, por elaborar un retrato generacional armado de sutileza, candidez y aroma melancólico sin la peste de lo rancio. Ejemplo de cine soberbio, memorable por pincelar las ilusiones y los fracasos de tres actrices del destape incrustando sus vaivenes emocionales, familiares y sexuales en mitad del entorno social en tránsito. La inteligencia, el ácido sentido crítico, el diálogo cáustico y una ternura que esquiva la condescendencia acaban moldeando un relato más profundo y conmovedor de lo que ojos (aún más, actitudes) simplistas puedan presuponer.

Mucho han evolucionado los directores a nivel técnico desde aquel exabrupto vodevilesco, un punto casposo, rociado con gotas de thriller de corrala cañí (PERDONA, BONITA, PERO LUCAS ME QUERÍA A MÍ). Su última pieza de arquitectura tragicómica, DESCONGÉLATE, se tiznaba de azabache en una reelaboración del género negro con flecos de ironía gamberra muy de barrio, el desenfado y lo grotesco empañando una intriga criminal tan irregular como atractiva. Pero la experiencia, o será la pulsión creativa, ha hecho que esos cimientos de amargura sirvan para erigir aquí su película más redonda, donde las aristas dramáticas quedan al recaudo de una lima afilada y mordaz. Las formas, de nostálgica belleza y precisión, enmarcan la astucia del fondo narrativo cuidado al detalle, ajeno al despropósito o la salida de tono, un contenido desolador con personajes dimensionados a golpes de hilaridad y cinismo, de mirada cálida y respeto, de hondo vitalismo y algún retazo tímido de piedad en ningún momento ponderada por la mala escritura. Y es que todo lo que se nos muestra es puro oficio que conquista el más genuino rango artístico. Este cuento moderno de princesitas despojadas de su ingenuidad toma el trozo de realidad palpable, cercana y castiza, la abrillanta con un perfecto engranaje emocional y nos obliga a asumirla sin la estridencia fácil, haciendo magia desde la crudeza, mitigando la tristeza, incluso el acento melodramático, a base de talento, la refinación del gusto adoquinando dramas personales y también colectivos. Y todo sin que la parodia chabacana, peligrosa como siempre, enturbie el resultado.

De lógica cartesiana será apoyarse en los clichés que alimentan esta obra para crucificarla. Lo insólito y apasionante del guión de Ayaso/Sabroso es reconvertir ese registro de época fiel hasta la extenuación para enunciar algo que supera la anécdota. Se nos cuenta el drama con pulso y sobriedad, y se traza de paso el panorama de moralidad provinciana que en los últimos años 70 empezaba a resquebrajarse a la búsqueda de nuevas fronteras. El país progresaba (o tal vez no tanto, como se encarga de matizar el personaje marica de la función), los gustos se abrían ante la naciente democracia y tres jóvenes que dejaban de serlo luchaban por realizarse en todas sus facetas. La sabia disposición del material narrativo nos hace transitar por sendas de sentimientos en carne viva, saliendo a nuestro encuentro un estudio sincero de la amistad entre mujeres, adivinándose por debajo un nada panfletario esbozo del cenutrio espíritu machista de la época (aún vivito y coleando, por cierto). A propósito de machos, no hay que olvidar la perfilada galería de secundarios masculinos en contrapunto perfecto, encarnación justa del estatus de poder dentro de la industria del cine como reflejo concreto de una posición social rayana con lo intolerable.

Quedaría cojo el comentario crítico de una película tan noble como LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA "S" sin aludir a una actriz prodigiosa, la tercera en la terna y, a mi gusto, la más brillante. Candela Peña siempre será lo mejor de las historias en las que intervenga, incluida ésta, de por sí muestrario de excelencias. La menuda actriz catalana hincha de aplomo y calor cada línea de diálogo, su mirada fresca, el gesto vivo gobierna cada plano y seduce a pellizcos de rabia y cercanía, de vida siempre latente. Tal vez no hubiera nadie más ajustado para un papel bombón como la dulce y vulnerable Sandra, uno de los moldes turgentes con las que el cine se rindió a las reglas del mercadeo. Es ella uno de los objetos de esa etapa de despertares y legañas que tantas eyaculaciones provocaría entre la barriguda y obtusa población, afeada aún más por los rigores de la dictadura. Una de las tres muñecas que avivaron deseos y calentones, quizá el vértice de mayor enjundia en este agudo catálogo de esperanzas quebradas, de luchas íntimas por recobrar la autoestima que un mar de miradas babosas de excitación logró mutilar.