La anterior película del moderno Michel Gondry me dejó tan descolocado -en el mal sentido de la palabra- que me bajó todo el subidón que OLVÍDATE DE MÍ había producido en mi cerebro asombrado. Porque la historia de amor y recuerdos borrados que Jim Carrey compartía con Kate Winslet traspasó la pantalla y nos propinó el chute de inteligencia que tanta falta hacía a la comedia romántica y a nosotros. Pero el francés quiso ser aún más transgresor, más creativo y más rarito y engendró aquéllo de LA CIENCIA DEL SUEÑO, artefacto delirante y onírico que ofrecía surrealismo a granel, tan brillante como hermético -o, simplemente, aburrido-, ocultando bajo sus hallazgos visuales una historia más endeble.Con REBOBINE, POR FAVOR -título muy similar al original- he podido reconciliarme. Sin perder su ansia de originalidad y frescura, la película tiene, por encima de todas, una virtud. Está hecha desde el corazón. La historia es simple. Quizá un poco más de lo que se esperaría en Gondry, quien rebaja el grado de premeditada heterodoxia explorada en su obra anterior para
Está claro que la película levanta todo un andamio narrativo con un material digno aunque escaso, que circula por el camino indefinido de la parodia referencial y el tributo nostálgico. El francés deja clara su apasionada cinefilia -que es como la nuestra, como la de la mayoría- para contar su pequeña historia de sueños cristalizados a fuerza de entusiasmo, una historia alimentada de guiños al respetable y unas cuantas salidas de tono que no siempre funcionan. De lo que se trata aquí es de intentar salvar un negocio en peligro de extinción, una tienda perdida en un perdido rincón en New Jersey amenazada por el tiburón del capitalismo en forma de grandes blockbusters y semejantes. Para eso, Gondry se sirve de dos freaks, dos ilusos tan identificables que contagian este ánimo por salvar un naufragio inevitable, dos tipos que bien podrían vivir en nuestra calle, en el bloque de enfrente, dos personajes en los que vemos reflejadas nuestras
propias ilusiones, por encima de fronteras y nacionalidades. Su vitalista esfuerzo se hará irrestistible para toda la vecindad, que se implicará en la aventura artística de las "suecadas" -término inventado por Mike y Jerry para denominar sus copias piratas- hasta ese tramo final de la película, ya lejos del tono cómico y metido de lleno en el ámbito de la pura emoción.
Ver las reproducciones a lo amateur y en corto de escenas clave de la industria yanqui -KING KONG, CAZAFANTASMAS, REGRESO AL FUTURO, PASEANDO A MISS DAISY, CARRIE, ROBOCOP, 2001, MEN IN BLACK, HORA PUNTA...- tiene mucha gracia. Pero es lo más hilarante en un guión bastante esquemático, que parte de la farsa, de esta recreación de los mundos imaginarios en los que todos crecimos -que en verdad se agotaría en sí misma en manos de cualquier otro director-, para contarnos mucho más. En la balanza final, REBOBINE, POR FAVOR presenta un desajuste entre los resortes cómicos -chistes fáciles o situaciones disparatadas que Gondry maneja con menos acierto- y el plano dramático -la subtrama con sabor añejo del jazzman Fats Waller- que en definitiva se quiere activar. A pesar del desequilibrio, es una obra aguda, honesta y respetuosa con esa tradición ya muerta que nos convirtió en los cineadictos que somos hoy. Las auténticas protagonistas del relato son las propias películas, el universo irreal y fantástico, lacrimógeno y aventurero, surrealista y trágico sobre el que millones de espectadores se han venido proyectando durante décadas. Gondry es diáfano en su culto hacia el formato magnético, víctima de un proceso devorador que va desterrando los soportes y nos obliga a adaptarnos, queramos o no queramos, a la vorágine digital. Es por esto que la historia termina superando limitaciones narrativas evidentes y dejando relucir un cierto aire retro -los dorados 80 ya son historia lejana para algunos- tan complaciente como arrebatador. Al final será más poderoso el aliento melancólico que la estructura dramática, cosa en absoluto
condenable en un autor que reclama a voces una vuelta a la niñez remota desde una preconcebida e ingenua artesanía visual.
Porque REBOBINE, POR FAVOR es eso, un artificio situado en las antípodas del virtuosismo megainformatizado del actual cine palomitero. Su relato es grandioso en intenciones pero modesto en su lenguaje formal, un tanto mitigado aquí el poder simbólico de su iconografía. Michel Gondry continúa desmarcándose autorialmente del mainstream a través de sus atmósferas poéticas, de esta suerte de lirismo disparado a nuestro subconsciente, a los recónditos subterráneos por los que circulan imágenes de un pasado decisivo para entender lo que hoy somos, nuestra íntima concepción de la vida. Y lo hace con absoluta libertad, jugando como el adolescente que aún es, insertando en la imagen realista algún elemento de su mundo distorsionado a golpes de fantasía -la escena en que Jerry orina y expulsa un líquido verdoso mineralizado-. Aunque en esta obra modera su torrente expresivo, la potencia metafórica que define su cine, cada fotograma late con magnetismo, tiene vida propia y nos la transmite. Sigue viva la misma desfachatez, su falta de complejos y su ingobernable espíritu de reinvención, de manipulación de los códigos genéricos para ir abriendo un camino a su propia personalidad como cineasta.
Mientras tanto, nos va entregando sus piezas para gourmets, como esta película desprejuiciada y singular, puro oxígeno en mitad del vacío, una enérgica reivindicación del cine como constructor de sueños, los personales y los colectivos. Un discurso que nos enseña el poder reformulador del cine, su capacidad para inventarse la realidad y, de paso, a nosotros como espectadores. Entona esta película un canto de amor hacia el pasado, una oda a los medios tradicionales frente a una dinámica industrial absorbente y anuladora. Es cine metalingüístico, libérrimo y emotivo. Cine que habla del cine mismo y remite a la experiencia audiovisual que a todos nos une. Gondry cuenta con un excelente reparto encabezado por Jack Black y Mos Def como los improvisados artistas y Danny Glover como el acorralado propietario del videoclub, pero incluye dos presencias reveladoras que enriquecen la parodia: Mia Farrow con esencia a LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO y la enorme Sigourney Weaver, que aquí encarna al gran pez que se come al pequeño -lejos ya de su teniente Ripley en un emblema del cine ochentero, ALIEN-. Con ellos se dibuja un paisaje de referencias irrechazable, un genuino juego de espejos articulado a pedazos para que nuestra mente -nuestro corazón- acabe ensamblándolos. No se puede pedir más.
Para no convertir el proyecto en un panfleto, la historia ahonda en el aspecto psicológico de sus personajes, filtrando en imágenes sobrias y contundentes su esqueleto emocional claro, sin artificios, descorazonador. Cine desde las entrañas que nos escupe realidades feas, incómodas, grotescas.
El director, sin elevar el volumen discursivo, sin dogmatismos ni subrayados gratuitos, se escuda en la moderación, adoptando una actitud firme y ecuánime ante paisajes tan sombríos.Su película supera los peligros de un cine de denuncia y conquista territorios de humanidad, nacionales y nacionalistas, vascos y españoles, los únicos que nos reconcilian con nosotros mismos, con los temores y esperanzas que nos definen.
Por su parte, el profesor diletante empieza a descubrir que las convicciones más democráticas tienen los dientes afilados, que la silueta del miedo acaba invadiendo la propia intimidad. El primerísimo plano con el que Coronado deja traslucir su angustia tras leer la nota recibida pone los pelos de punta. No le hacen falta muchos detalles a Gutiérrez Aragón para dibujar estos seres atormentados, bien por el reencuentro con viejos impulsos, bien por ser objeto de coacciones y siniestras advertencias. Su trazo huye del maniqueísmo torpe y el simplismo, siendo esta obra todo lo opuesto y aún más. Es un relato sólido, austero, que evita el cauce de
El autor de HABLA,MUDITA, SONÁMBULOS, DEMONIOS EN EL JARDÍN o VISIONARIOS dirige con pulso y sin alardes a dos actores excelentes, que entregan toda la densidad psicológica exigida en el guión. Sobre ellos recae el peso una acción que fusiona el tono costumbrista -con sabor a cocochas y a brisa norteña- con el poder onírico de ciertas escenas, discutibles pero eficaces para individualizar su espíritu crítico. Las pesadillas de Xavier transmiten el desasosiego y la amargura que deja la soledad ante las acusaciones. El delirio de Josu Jon en el hospital le hace dudar entre el sentido común –las secuelas en los más inocentes- y los instintos –la vuelta al crimen organizado-. Sólo él podrá elegir, arrastrándonos hacia un plano final liberador, de una belleza rotunda y contenida.
La película nos recuerda la importancia del pasado para seguir adelante, del valor que otorgamos a la memoria como motor del progreso. Si TODOS ESTAMOS INVITADOS, habría que aceptar el gesto como testimonio lúcido de un tiempo contradictorio que asalta conciencias y viola la razón. Un tiempo de tinieblas que se cobra víctimas mediante extorsión, muerte y silencio. Siempre el silencio. Éste es el homenaje estremecedor a todos los que no olvidan para salvar su libertad, a todos aquéllos que alguna vez callaron para sobrevivir.

Lo cierto es que hay que ser valiente para reirse de una misma con tanta soltura como ella demuestra. Este personaje -¿entrañable?- la devuelve a paisajes conocidos, al otro lado de la ciudad, tan sórdido y hostil como siempre fue.



para obtener nuestro aplauso, que es ceder a la tentación fácil de la excusa romántica. Final algo postizo que resuelve con atropello un enamoramiento entre dos perdedores, tan vulgar como sus protagonistas. 
Si pensamos un par de segundos, concluiremos que no hay nada nuevo en el fondo de esta película. Da vértigo sumar las veces en que el cine contemporáneo ha mezclado amor y juventud en todas sus posibles combinaciones. Chicos, chicas, institutos, universidades, empleos extraescolares, fiestas privadas, citas, desengaños, reencuentros. Variables envoltorios para idénticas pasiones, la brasa romántica consumiendo la poca sensatez de los adolescentes. O, lo que es lo mismo, hacer el idiota por amor. CASHBACK da un interesante giro al asunto. 

suerte de poesía hecha imágenes y música. Éste es precisamente el aspecto más sólido de la cinta, su cuidado empaque formal. El director despliega con delicadeza una pila de elementos estéticos que engrandecen el resultado y lo diferencian de otras producciones de semejante calibre. Montaje, planificación, banda sonora, uso de efectos en la imagen...todo en CASHBACK se supedita a un cierto -quizá forzado- lirismo, incluyendo una continua voz en off que en ocasiones puede resultar tan sugerente como pedante. El director busca emocionar, y hace lo posible para lograrlo.
