16/4/08

REBOBINE, POR FAVOR: el arte del duplicado

La anterior película del moderno Michel Gondry me dejó tan descolocado -en el mal sentido de la palabra- que me bajó todo el subidón que OLVÍDATE DE MÍ había producido en mi cerebro asombrado. Porque la historia de amor y recuerdos borrados que Jim Carrey compartía con Kate Winslet traspasó la pantalla y nos propinó el chute de inteligencia que tanta falta hacía a la comedia romántica y a nosotros. Pero el francés quiso ser aún más transgresor, más creativo y más rarito y engendró aquéllo de LA CIENCIA DEL SUEÑO, artefacto delirante y onírico que ofrecía surrealismo a granel, tan brillante como hermético -o, simplemente, aburrido-, ocultando bajo sus hallazgos visuales una historia más endeble.
Sin embargo confirmaba su título de director de culto entre la crítica -que se dividió ante su debut, HUMAN NATURE-, y se hacía esperar ya una cuarta prueba entre ese sector del público seducido por su personal visión del mundo.

Con REBOBINE, POR FAVOR -título muy similar al original- he podido reconciliarme. Sin perder su ansia de originalidad y frescura, la película tiene, por encima de todas, una virtud. Está hecha desde el corazón. La historia es simple. Quizá un poco más de lo que se esperaría en Gondry, quien rebaja el grado de premeditada heterodoxia explorada en su obra anterior para abrazar un estilo más convencional, aunque muy gamberro. Intentando sabotear una central eléctrica, Jerry queda magnetizado, borrando el contenido de todas las cintas del viejo videoclub donde su amigo Mike trabaja. Para salvar la escasa clientela, y, en ausencia del dueño del negocio, deciden rodar versiones caseras de títulos míticos con más convicción que medios. Podrá parecer una premisa absurda, incluso daría la sensación de que se agota en minutos, pero pronto se descubre que lo que el director pretende -y consigue- es hacer uno de los más talentosos y sinceros homenajes al cine, a ese cine de palomitas y pantunflas que alquilábamos en formato vhs y que forma parte de nuestra memoria peliculera.

Está claro que la película levanta todo un andamio narrativo con un material digno aunque escaso, que circula por el camino indefinido de la parodia referencial y el tributo nostálgico. El francés deja clara su apasionada cinefilia -que es como la nuestra, como la de la mayoría- para contar su pequeña historia de sueños cristalizados a fuerza de entusiasmo, una historia alimentada de guiños al respetable y unas cuantas salidas de tono que no siempre funcionan. De lo que se trata aquí es de intentar salvar un negocio en peligro de extinción, una tienda perdida en un perdido rincón en New Jersey amenazada por el tiburón del capitalismo en forma de grandes blockbusters y semejantes. Para eso, Gondry se sirve de dos freaks, dos ilusos tan identificables que contagian este ánimo por salvar un naufragio inevitable, dos tipos que bien podrían vivir en nuestra calle, en el bloque de enfrente, dos personajes en los que vemos reflejadas nuestras propias ilusiones, por encima de fronteras y nacionalidades. Su vitalista esfuerzo se hará irrestistible para toda la vecindad, que se implicará en la aventura artística de las "suecadas" -término inventado por Mike y Jerry para denominar sus copias piratas- hasta ese tramo final de la película, ya lejos del tono cómico y metido de lleno en el ámbito de la pura emoción.

Ver las reproducciones a lo amateur y en corto de escenas clave de la industria yanqui -KING KONG, CAZAFANTASMAS, REGRESO AL FUTURO, PASEANDO A MISS DAISY, CARRIE, ROBOCOP, 2001, MEN IN BLACK, HORA PUNTA...- tiene mucha gracia. Pero es lo más hilarante en un guión bastante esquemático, que parte de la farsa, de esta recreación de los mundos imaginarios en los que todos crecimos -que en verdad se agotaría en sí misma en manos de cualquier otro director-, para contarnos mucho más. En la balanza final, REBOBINE, POR FAVOR presenta un desajuste entre los resortes cómicos -chistes fáciles o situaciones disparatadas que Gondry maneja con menos acierto- y el plano dramático -la subtrama con sabor añejo del jazzman Fats Waller- que en definitiva se quiere activar. A pesar del desequilibrio, es una obra aguda, honesta y respetuosa con esa tradición ya muerta que nos convirtió en los cineadictos que somos hoy. Las auténticas protagonistas del relato son las propias películas, el universo irreal y fantástico, lacrimógeno y aventurero, surrealista y trágico sobre el que millones de espectadores se han venido proyectando durante décadas. Gondry es diáfano en su culto hacia el formato magnético, víctima de un proceso devorador que va desterrando los soportes y nos obliga a adaptarnos, queramos o no queramos, a la vorágine digital. Es por esto que la historia termina superando limitaciones narrativas evidentes y dejando relucir un cierto aire retro -los dorados 80 ya son historia lejana para algunos- tan complaciente como arrebatador. Al final será más poderoso el aliento melancólico que la estructura dramática, cosa en absoluto condenable en un autor que reclama a voces una vuelta a la niñez remota desde una preconcebida e ingenua artesanía visual.

Porque REBOBINE, POR FAVOR es eso, un artificio situado en las antípodas del virtuosismo megainformatizado del actual cine palomitero. Su relato es grandioso en intenciones pero modesto en su lenguaje formal, un tanto mitigado aquí el poder simbólico de su iconografía. Michel Gondry continúa desmarcándose autorialmente del mainstream a través de sus atmósferas poéticas, de esta suerte de lirismo disparado a nuestro subconsciente, a los recónditos subterráneos por los que circulan imágenes de un pasado decisivo para entender lo que hoy somos, nuestra íntima concepción de la vida. Y lo hace con absoluta libertad, jugando como el adolescente que aún es, insertando en la imagen realista algún elemento de su mundo distorsionado a golpes de fantasía -la escena en que Jerry orina y expulsa un líquido verdoso mineralizado-. Aunque en esta obra modera su torrente expresivo, la potencia metafórica que define su cine, cada fotograma late con magnetismo, tiene vida propia y nos la transmite. Sigue viva la misma desfachatez, su falta de complejos y su ingobernable espíritu de reinvención, de manipulación de los códigos genéricos para ir abriendo un camino a su propia personalidad como cineasta.

Mientras tanto, nos va entregando sus piezas para gourmets, como esta película desprejuiciada y singular, puro oxígeno en mitad del vacío, una enérgica reivindicación del cine como constructor de sueños, los personales y los colectivos. Un discurso que nos enseña el poder reformulador del cine, su capacidad para inventarse la realidad y, de paso, a nosotros como espectadores. Entona esta película un canto de amor hacia el pasado, una oda a los medios tradicionales frente a una dinámica industrial absorbente y anuladora. Es cine metalingüístico, libérrimo y emotivo. Cine que habla del cine mismo y remite a la experiencia audiovisual que a todos nos une. Gondry cuenta con un excelente reparto encabezado por Jack Black y Mos Def como los improvisados artistas y Danny Glover como el acorralado propietario del videoclub, pero incluye dos presencias reveladoras que enriquecen la parodia: Mia Farrow con esencia a LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO y la enorme Sigourney Weaver, que aquí encarna al gran pez que se come al pequeño -lejos ya de su teniente Ripley en un emblema del cine ochentero, ALIEN-. Con ellos se dibuja un paisaje de referencias irrechazable, un genuino juego de espejos articulado a pedazos para que nuestra mente -nuestro corazón- acabe ensamblándolos. No se puede pedir más.

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15/4/08

TODOS ESTAMOS INVITADOS: el amargo sabor del miedo

Con miedo no se vive. No se puede retomar el curso de los días bajo la sombra de la amenaza. Es duro intuir los perfiles del terror en rostros cercanos, vecinos en la barra de la cafetería, en el mercado, bajo los soportales. Hay momentos reveladores en la nueva obra de Gutiérrez Aragón, de una tensión reconocible, elocuentes en su silencio. Son instantes brillantes, extraídos de una realidad tantas veces aireada en medios de comunicación. Momentos dolorosos que enhebran una película valiente y emotiva.

Quizá sea obvio afirmar la necesidad de un título como TODOS ESTAMOS INVITADOS en la cartelera. Por encima de preferencias personales ante la taquilla, la película se erige en insólita muestra de cine nacional –sin el controvertido sufijo- parido desde un compromiso vacío de victimismo. El director cántabro elige contar la experiencia de un gudari sin ceder a las mieles que material tan jugoso podría ofrecer.Para no convertir el proyecto en un panfleto, la historia ahonda en el aspecto psicológico de sus personajes, filtrando en imágenes sobrias y contundentes su esqueleto emocional claro, sin artificios, descorazonador. Cine desde las entrañas que nos escupe realidades feas, incómodas, grotescas.

Gutiérrez Aragón construye su relato a partir de un sabio equilibrio entre los flecos políticos del conflicto vasco y el efecto que produce en la vida cotidiana de los protagonistas. Josu Jon (Óscar Jaenada), joven etarra amnésico tras un accidente, y Xavier (José Coronado), crítico profesor universitario, encarnan las dos perspectivas sobre las que gravita esta honesta película. Ambos focalizan una visión de los hechos pegada a la estricta realidad, son los extremos de una lucha compleja, con demasiadas aristas, acostumbrada a ensombrecer el país que nos ha tocado vivir. El director, sin elevar el volumen discursivo, sin dogmatismos ni subrayados gratuitos, se escuda en la moderación, adoptando una actitud firme y ecuánime ante paisajes tan sombríos.Su película supera los peligros de un cine de denuncia y conquista territorios de humanidad, nacionales y nacionalistas, vascos y españoles, los únicos que nos reconcilian con nosotros mismos, con los temores y esperanzas que nos definen.

Muchas preguntas brotan de estas imágenes precisas, a veces crispadas, siempre sinceras. TODOS ESTAMOS INVITADOS nos pone un espejo ante los ojos y nos hace preguntas molestas pero insalvables, preguntas que los protagonistas se formulan sin encontrar respuestas en su entorno –familiar, eclesiástico, policial-. El antiguo luchador por la causa comprueba con estupor que sus recuerdos han borrado ese lado oscuro del pasado, un pasado que sus compañeros insisten en retomar y que ya no le acepta como antes. Es éste un personaje ambiguo, difícil, al que Jaenada aporta matices de ternura extraodinarios. Por su parte, el profesor diletante empieza a descubrir que las convicciones más democráticas tienen los dientes afilados, que la silueta del miedo acaba invadiendo la propia intimidad. El primerísimo plano con el que Coronado deja traslucir su angustia tras leer la nota recibida pone los pelos de punta. No le hacen falta muchos detalles a Gutiérrez Aragón para dibujar estos seres atormentados, bien por el reencuentro con viejos impulsos, bien por ser objeto de coacciones y siniestras advertencias. Su trazo huye del maniqueísmo torpe y el simplismo, siendo esta obra todo lo opuesto y aún más. Es un relato sólido, austero, que evita el cauce de la polémica para exponer su contenido narrativo. Un relato poliédrico como la sociedad que refleja, como ese País Vasco enfrentado a la angustia perpetua, a la cotidiana brecha entre un civismo conciliador y una conciencia histórica que traiciona sus propios valores sembrando el horror. Es el marco donde conceptos como paz, heroísmo, libertad o independencia se difuminan y terminan desvirtuando los propósitos más dignos. El autor de HABLA,MUDITA, SONÁMBULOS, DEMONIOS EN EL JARDÍN o VISIONARIOS dirige con pulso y sin alardes a dos actores excelentes, que entregan toda la densidad psicológica exigida en el guión. Sobre ellos recae el peso una acción que fusiona el tono costumbrista -con sabor a cocochas y a brisa norteña- con el poder onírico de ciertas escenas, discutibles pero eficaces para individualizar su espíritu crítico. Las pesadillas de Xavier transmiten el desasosiego y la amargura que deja la soledad ante las acusaciones. El delirio de Josu Jon en el hospital le hace dudar entre el sentido común –las secuelas en los más inocentes- y los instintos –la vuelta al crimen organizado-. Sólo él podrá elegir, arrastrándonos hacia un plano final liberador, de una belleza rotunda y contenida.

Una obra punzante, sin concesiones, profundamente ética, que oscila con absoluta maestría entre la comprensión y el desconcierto, entre el coraje y la desolación, entre la condena y una posible redención. La película nos recuerda la importancia del pasado para seguir adelante, del valor que otorgamos a la memoria como motor del progreso. Si TODOS ESTAMOS INVITADOS, habría que aceptar el gesto como testimonio lúcido de un tiempo contradictorio que asalta conciencias y viola la razón. Un tiempo de tinieblas que se cobra víctimas mediante extorsión, muerte y silencio. Siempre el silencio. Éste es el homenaje estremecedor a todos los que no olvidan para salvar su libertad, a todos aquéllos que alguna vez callaron para sobrevivir.

12/4/08

IRINA PALM: trabajos manuales

Hace tiempo que Marianne Faithfull confesó haber sobrevivido como homeless en el Soho londinense en un mal trago de la vida. Otro más, si recordamos su caída en el abismo del alcohol, algo que terminó de construir el mito que hoy le rodea. Su figura de artista maldita y poliédrica sigue contando con admiradores por todo el mundo, quienes ahora la recuperan como actriz dramática. Lo cierto es que hay que ser valiente para reirse de una misma con tanta soltura como ella demuestra. Este personaje -¿entrañable?- la devuelve a paisajes conocidos, al otro lado de la ciudad, tan sórdido y hostil como siempre fue.

Todo es triste en esta película. El tema elegido es triste. La luz que la envuelve es triste. La puesta en escena no puede ser más triste. Y la protagonista es, por encima de todo, una persona triste. Por eso me extraña que haya quien considere IRINA PALM una comedia, por muchos -que no hay tantos- golpes de efecto que esconda la tragedia. Supongo que la intención del director, el bávaro Sam Garbarski, intenta ser original y dar un nuevo enfoque a lo que llaman cine social inglés, que viene a ser como un contenedor donde los muchos y variopintos despojos del sistema encuentran su forma de expresarse. Es lógico que recordemos otros títulos del género, porque también en este paisaje tan desolador asoma una crítica hacia eso tan abstracto como "orden moral". Recuerda en sus pretensiones - aunque sin llegar a su altura- a obras como FULL MONTY (Peter Cattaneo) o BILLY ELLIOT (Stephen Daldry), que barrieron en taquilla desnudando las miserias nacionales con personajes fuera de lo común. Sólo hay un problema, y es que Garbarski no tiene tanto talento para lograr emociones parecidas. Y eso que la historia daba juego.

Convertir a la rockera en una viuda pajillera tiene mérito, eso sí. Desconcertante, absurdo, patético, tierno, escandaloso... Cualquier cosa menos convencional. Ahí está precisamente el mayor acierto de la cinta, su arranque. Abuela de clase humilde y mediana edad se ve incapaz de ayudar a financiar la operación que su nieto necesita para salvarse. Rechazada en oficinas de empleo y sin ahorros, la desesperación le hace recorrer los bajos fondos de Londres para encontrar trabajo. Pero es tan ingenua que atenderá el anuncio en un club erótico sin imaginar -ni por asomo- que lo que se busca no son camareras, sino unas trabajadoras del sexo algo especiales. Maggie -nombre real- acabará convertida en Irina Palm -nombre artístico-, la masturbadora más delicada y solicitada del Soho. Esto le hará conocer los límites que una es capaz de rebasar con tal de proteger a los que ama. Para empezar, hay que reconocer que tiene gracia.

Pero, más allá de la anécdota simpática, la historia no alcanza un nivel adecuado para abordar ni la denuncia de nada en concreto ni la fábula moralista, siendo tan sólo un repaso a lo mal que están las cosas en la sociedad británica con un matiz poco ortodoxo -lo de divertido lo dejaremos a la libre elección del espectador-. En su segundo largo, Garbarski decide entristecer todavía más un estado de cosas ya de por sí deprimente. Y no hay nada más apagado que el entorno de suburbios que tanto gusta a la industria británica. No hay nada más eficaz que hablar de gente luchadora, con sus deudas y trapicheos, con sus propios métodos de supervivencia, con problemas que nos identifiquen, que valoremos como cercanos. Sin embargo, el argumento va navegando sin la fuerza que otro director le imprimiría. La estructura narrativa es de una simpleza alarmante, tanta que el desarrollo se hace bastante previsible. Los personajes que circulan alrededor de Maggie no tienen ningún asomo de complejidad, aunque ciertas escenas intentan dar dimensión al gerente del club o la compañera de "manualidades" o a los padres del niño enfermo, apagándose antes de alcanzar ningún peso dramático. Son simples apuntes en un conjunto apenas esbozado.

Pero existe un lastre todavía más grave para que IRINA PALM termine emocionándonos. Aunque la Faithfull se esmera, se hace difícil involucrarse con la angustia del personaje, el director la dibuja parca en palabras, enigmática, en un guión que no lo define con precisión. No conocemos las motivaciones auténticas de Maggie, sus sueños o esperanzas. No sabemos si compadecernos de ella, si llorar o reirnos con ella. En cuanto a risas, pocos son los instantes de comicidad en un conjunto frío y distante. La secuencia en casa de las amigas es el único soplo de humor entre tanta pesadumbre, y es un sonrisa tibia, no más. Al final, la película se transforma en la prolongación de esa idea de partida hasta el punto de poder agotarse por momentos. Afortunadamente, la cosa acaba pronto y Garbarski se salva del naufragio. Pero su escaso oficio le hace cometer el más grave de los errorespara obtener nuestro aplauso, que es ceder a la tentación fácil de la excusa romántica. Final algo postizo que resuelve con atropello un enamoramiento entre dos perdedores, tan vulgar como sus protagonistas.

Para ensombrecerlo todo aún más, opta el director por una escenificación lúgubre del material que maneja. Su estética es feísta, tosca en ocasiones, tan artesanal que ayuda a captar la aspereza de un entorno mediocre. Todos los efectos propios del arte del cine ofrecen su lado más desnudo, abrupto, gris. Incluso la banda sonora es fúnebre, tanto como las imágenes que vemos. Cuando acaba la función, queda la sensación incómoda de no saber qué terreno se ha pisado, y si podría haberse perfilado más. Sólo sabemos con certeza una cosa. Hay que tener sentido del humor para hacer de viuda pajillera con la cara, el cuerpo y el prestigio de una luchadora como Marianne Faithfull. Su papel le da un tímido tirón de orejas a las buenas costumbres, y eso ya se agradece. Su presencia es lo único que aporta dignidad al asunto. Es lo que tienen las viejas glorias.

11/4/08

CASHBACK: sueños de hipermercado

Si pensamos un par de segundos, concluiremos que no hay nada nuevo en el fondo de esta película. Da vértigo sumar las veces en que el cine contemporáneo ha mezclado amor y juventud en todas sus posibles combinaciones. Chicos, chicas, institutos, universidades, empleos extraescolares, fiestas privadas, citas, desengaños, reencuentros. Variables envoltorios para idénticas pasiones, la brasa romántica consumiendo la poca sensatez de los adolescentes. O, lo que es lo mismo, hacer el idiota por amor. CASHBACK da un interesante giro al asunto.

Una de las agradables sorpresas que recorrió festivales de prestigio en el 2006 fue esta discreta producción británica dirigida por el fotógrafo Sean Ellis en su puesta de largo. Recuperando y prolongando la idea de uno de sus anteriores cortos, la película relata la experiencia de un joven enfrentado a los sinsabores del desamor y ofrece reflexiones sobre belleza, realidad y fantasía. La originalidad de la propuesta radica precisamente en su protagonista, Ben, estudiante de arte idealista y soñador, quien rompe con su chica y empieza a cubrir el turno nocturno en un supermercado para vencer el insomnio que le provoca este suceso. Sus inquietudes creativas le ayudarán a extraer el lado sublime del ambiente mediocre que le rodea, ejercitando una peculiar capacidad de congelar el tiempo siempre que lo desee. Un estado de ensoñación que le hará superar viejas penas y recuperar la felicidad junto a una compañera de trabajo. Y, de paso, aprovechará esta aptitud para meditar sobre la propia percepción del tiempo y la silueta femenina como impulso creador.

Pasando por alto lo inverosímil de la premisa, entramos en el ámbito de la pura recreación fantasiosa del mundo, y, como tal, la trama abraza lo surrealista y una clara voluntad de despertar sensaciones. Si nos dejamos llevar por este espejismo, entonces disfrutaremos de un film que abre un nuevo camino experimental para contar cosas tan antiguas como el cine mismo. No es que reinvente nada, más bien aprovecha Ellis esquemas definitorios de la comedia teenager más convencional y los reviste de un tono onírico, metafórico, de gran potencia visual y elegantes muestras de una suerte de poesía hecha imágenes y música. Éste es precisamente el aspecto más sólido de la cinta, su cuidado empaque formal. El director despliega con delicadeza una pila de elementos estéticos que engrandecen el resultado y lo diferencian de otras producciones de semejante calibre. Montaje, planificación, banda sonora, uso de efectos en la imagen...todo en CASHBACK se supedita a un cierto -quizá forzado- lirismo, incluyendo una continua voz en off que en ocasiones puede resultar tan sugerente como pedante. El director busca emocionar, y hace lo posible para lograrlo.

El problema está en que el seductor e hipnótico punto de arranque se desinfla poco a poco. Si bien es bastante eficaz dentro de un cortometraje, la idea estimulante de poder detener el flujo del tiempo encuentra aquí escenas reiterativas, de un ritmo irregular, en las que el contenido narrativo se antoja insuficiente para una resolución visual tan cautivadora. De hecho, da la impresión de que la acción se va a la deriva en algunos pasajes, impidiendo que el personaje central evolucione. Pero, al fin, un nuevo estímulo amoroso aliviará su tormento y nuestro temor a aburrirnos. Reclama la película un guión más agudo que en verdad enriquezca personajes tan estereotipados -el jefe cretino y vanidoso, los compañeros neurosexuales, su amigo de la infancia- para ofrecer un resultado brillante, auténticamente innovador. Si es que eso es factible en un género con tendencia al trazo grueso -el humor pueril de secuencias como la del partido de fútbol o las bromas entre los compañeros-, al que Ellis dignifica con moderación. En otras palabras, fascina más el ropaje que el esqueleto. Menos es nada.

CASHBACK propone un nada desdeñable ejercicio de estilo con altas pretensiones, pero emotivo. Un relato cuya endeblez dramática se disimula con retazos puntuales de genio, con un artificio que acaba atrapándonos, con un arriesgado y magnético lenguaje de conexión entre la realidad y la ficción. Su homenaje al cuerpo femenino, cuyo valor estético ha modulado los pensamientos de Ben desde niño -excelente el actor Sean Biggerstaff, que lo interpreta en la edad adulta-, no deja de ser hermoso, de una melancolía herida propia de los artistas. Es esta una pequeña película con imperfecciones, cierto, aunque toma aire y nos va filtrando su contenido optimismo, resaltando la fuerza que otorga el arte para vencer personales angustias y evadirse del presente. Una reivindicación de los sueños que cada cual se construye, del amor más imprevisto, uno que inspira a dibujar sus contornos para seguir soñando. Refleja esta obra todas esas ilusiones que aún alimentamos para saber que la vida tiene sentido. Con eso me basta.

7/4/08

LA FAMILIA SAVAGES: lastimosos reencuentros

Tienen las imágenes de esta película portentosa la capacidad de hablarnos en voz baja de asuntos complejos, tan identificables que duelen. El reencuentro paternofilial que articula la historia trasciende sus márgenes anecdóticos y explora terrenos de reflexión en los que cualquiera de nosotros se involucra sin pretenderlo. El sentido de la responsabilidad familiar, cuyos límites varían según quien la ejerza, es algo cercano y universal, pero en ocasiones alerta sobre íntimas oscuridades que apenas intuíamos.

LA FAMILIA SAVAGES plantea molestos interrogantes sobre el valor que otorgamos a los que más queremos, incluidos nosotros mismos. Sorteando con astucia los traicioneros reclamos del melodrama, Tamara Jenkins escoge circular caminos sinuosos por los que desplegar un material narrativo tan brillante como revelador. Su película va tomando cuerpo desde la modesta pequeñez del planteamiento inicial y deja que afloren los detalles que enriquezcan nuestra mirada cómplice. Los personajes laten con insólita humanidad, más frágil y más doliente a medida que el trayecto se encrespa. Nada es tan sencillo ni tan arduo como una reunión de hermanos después de años sin convivencia, con vidas tan divergentes que acabarán confluyendo en un único punto de desconcierto. Nada es tan espantoso como constatar el declive de un padre que deja el timón de su propia existencia y se suma al humillante grupo social de los despojados. Nada asusta más que afrontar los fracasos vitales mirándonos en el espejo más convincente, uno que escupe su imagen con la aplastante seguridad del vínculo de sangre.

Jenkins enuncia con la firmeza incisiva de un cirujano realidades temibles y miserables, pero inyecta a su discurso una inteligente dosis de ironía que nos alivia del peso dramático. La película es prodigiosa en su dominio de los resortes de comicidad en mitad de la tragedia, permitiendo una superior empatía con sus desorientados protagonistas. Tanto la dramaturga en crisis profesional y afectiva como el cerebral y algo hosco profesor universitario se ven abocados a una verdad demoledora, esa experiencia inesquivable que hará las veces de catarsis unipersonal proyectada hacia su forzosa relación fraternal. Pero la directora convierte los afilados perfiles de algo tan lacrimógeno en comprensivas, sutiles, candorosas pinceladas de autenticidad. Y ya se sabe que no hay nada más auténtico que esgrimir una sonrisa ante los envites de la vida, por mucho que cueste. Jenkins extrae el sarcasmo de estos seres estupefactos, y nos contagia su aliento vitalista.

Nada que objetar a una puesta en escena de un naturalismo desarmante, acercándonos esos espacios tan cálidos e inhóspitos como sugiera la historia; con ágil sucesión de secuencias en las que se dibuja unas emociones sin trampa, puras, hirientes al tiempo que esperanzadoras. Los personajes nos transmiten sus angustias, la incertidumbre ante hechos inesperados, el quebradizo sistema de certezas que encauzaban su rutina. Pero la película se hace grande, enorme, porque no las convierte en víctimas ni en héroes, objetos de nuestra compasión o admiración. Quizá son ellos los únicos culpables del naufragio en el que sobreviven, los únicos responsables de su futuro. Chocar de bruces con el patético, enfermizo entorno geriátrico les ilumina mutuamente sobre el tiempo perdido, el significado de los afectos, las esperanzas rotas y las que renacen, la insalvable toma de decisiones, su abrupta entrada en la madurez para enderezarse y seguir. Varias son las referencias al tema de la edad, y es que estos dos hermanos tan diferentes, tan idénticos al fin, abrazan una etapa de tránsito, el punto del camino donde se olvidan ortodoncias y otras desgracias de juventud para divisar los lastimosos rigores de la vejez -la secuencia con padre e hija en el avión es desoladora-.

LA FAMILIA SAVAGES se eleva a la dimensión de obra artística por desnudarse ante nosotros, por arropar con mantas de pulcra honestidad los senderos tortuosos que expone su rotundo guión. Por no recurrir al ternurismo fácil ni a púlpitos moralizantes, por no condescender ante un paisaje anímico tan sombrío. Y también por filtrar con sabia función narrativa esas perlas relativas al ambiente intelectual de los dos protagonistas. Son momentos hilarantes que resaltan la tremenda brecha entre el impulso creador y un ingrato presente que impide desarrollarlo -excelentes las alusiones a Sam Shepard y a Brecht, junto a la música de Kurt Weill en la banda sonora-. El solitario profesor experto en el teatro social alemán sabrá distinguir en la teoría entre emoción y reflexión, pero su odisea familiar le demostrará que la realidad no entiende de categorías, que los auténticos problemas admiten sentimientos contradictorios. La escritora vulnerable, neurótica y ansiolítica acabará refugiándose en una consoladora mentira profesional para hacer valer su personalidad creadora ante un hermano suspicaz. Tamara Jenkins se sirve de la generosa carnalidad de tres actores colosales para plasmar su pequeño universo de soledades compartidas. Laura Linney -candidata al premio gordo de la Academia por su trabajo- y Philip Seymour Hoffman matizan hasta el límite estos seres a la deriva sobre los que terminará cayendo la sombra de un éxito tardío, liberador. Junto a ellos, un inmenso Philip Bosco, que aplica su bagaje teatral a la magistral composición del padre anciano.

Estos tres nombres construyen un hermoso, equilibrado, noble relato sobre la vida frente a la muerte, sobre la dignidad herida en reductos de ancianidad maloliente. Un discurso que alumbra sobre la carga del pasado y un futuro de crueles contornos, sobre la decrepitud física y mental, sobre el desajuste entre compromiso y autorrealización, sobre todas esas disfunciones vitales que acaban estallando en momentos de bloqueo y desamparo. Una obra lúcida que bascula entre la pesadumbre y el humor con abrumadora elocuencia, con el insobornable aplomo de las verdades contadas sin alzar la voz.

SHINE A LIGHT: baterías de larga duración

Es una pena no ser un confeso fan de la banda británica para disfrutar a tope de este pedazo de concierto. La última y vibrante fusión de dos lenguajes tan fértiles como el cine y la música al servicio de los más legendarios, los mastodontes del rock aún sin atisbo de extinción, los cuatro pilares que convulsionaron un tiempo ávido de cambios. La unión de talentos Scorsese/Rolling Stones ha parido estas dos horas de entretenimiento puro, quintaesencia del show en directo con la fuerza bruta de los músicos y un director de escena que recoge esos chorros de energía y los embotella con oficio. Pero, lamentablemente, no mucho más.

Nadie mejor que el pequeño -sólo en estatura- Marty podía captar lo mejor de los Stones en su esperada SHINE A LIGHT. Ya en los 70 flirteó con el género en una pieza de coleccionista, AN AMERICAN BOY, y una joya titulada THE LAST WALTZ, mítico documental que registró el último suspiro de The Band. Y no olvidemos NEW YORK, NEW YORK, su melodrama con ínfulas, tan autocomplaciente como masacrado por crítica y público. Fue su época de claroscuros donde se fraguó una inquieta melomanía que llega hasta hoy. Ahora se materializa en esta grabación en el Beacon Theatre dentro de la gira A Bigger Bang del 2006.
Los Stones confían al director la tarea de registrar cada segundo de su puesta en escena, y éste les obedece con respeto. Ya en la falsa improvisación del making of inicial asoma el genio de ambos mitos -con aparente desencuentro entre Jagger y Scorsese-, la mutua declaración de intenciones, el preámbulo revelador de mucho ego concentrado. El resto, adrenalina pura. El terreno para que los dinosaurios desplieguen su célebre torbellino creativo.

Parece una broma que estos señores pasen de 70 decibelios de vida y se empeñen en mover articulaciones como los jóvenes que fueron. Patéticos para algunos. Incombustibles para otros. Más allá de gustos personales, nadie podrá rechazar el magnetismo de sus majestades, bastante pagadas de sí mismas, eso sí, pero sin caretas ni imposturas. Los Stones siguen encarnando una suerte de complejo de Peter Pan que sus detractores usan como arma afilada. Sigue intacta su entrega, su generosidad, su complicidad instrumental, el regusto intenso de quienes bajan del pedestal y se dedican a divertirse. ¿Alguien se resiste al juego?

Scorsese filma el espectáculo sin hacerse notar, con más de veinte cámaras, varios directores de fotografía de prestigio -Emmanuel Lubezki, John Toll, Andrew Lesnie y Robert Elswitt-, y David Tedeschi en el montaje. Y todos saben que son los británicos los encargados de lucirse. Los planos captan a un elástico Mick Jagger, que parece estar enchufado a la corriente. Keith Richards aporta magia en los dedos y algún psicotrópico ramalazo. Charlie Watts y Ron Wood cumplen engrasando la máquina y no defraudan a sus legionarios. Por cierto, la platea parece una colección de pijos de la quinta avenida neoyorkina, descafeinada y postiza. Es lo único falso de la función, concebida como tributo honesto a una banda fiel a su imagen, fagocitada por su propia leyenda. Parece un concierto más, pero es el único que engrosará el imaginario cinéfilo con la firma -algo impersonal, hay que decirlo- de un idólatra Scorsese. Buen tándem para contagiar este vitalismo primitivo al menos entusiasta. Como yo.
Porque en cuestiones de perlas musicales, todas las concesiones son pocas. Están todas. Aunque me quedo con mi favorita, Sympathy For The Devil, no sé si es porque renació versionada cerrando ENTREVISTA CON EL VAMPIRO o por la performance de un pletórico, histriónico Jagger emergiendo de la cortina de humo como Ave Fénix más plumífera y pirotécnica que nunca. La imagen no sólo divierte, también encuentro un malvado simbolismo faraónico tras la figura incorrupta del cantante que me encanta. Uno de los muchos golpes de efecto que minan esta coreografía rotunda, descarnada, geriátrica. Y para abrillantar más el paquete, varios invitados que pasan por allí y se marcan algunos duetos brillantes. Dos para el recuerdo: Christina Aguilera -vaya derroche vocal- y el gran Buddy Guy, con un estimulante orgasmo guitarrero en la parte rythm & blues del show. ¿Se puede pedir más?

Puede que los fanáticos de los Stones queden satisfechos, pero a los que adoramos el universo enfermizo del inmenso Marty se nos queda corto. Tiene pulso, transmite la pasión artística del grupo, es ágil y sabe atrapar los detalles, pero no deja de ser una obra más musical que cinematográfica. Y, además, demasiado aséptica, más preocupada por seguir endiosando a los canallas que por inyectar la dosis de gamberreo sucio que estos espectáculos transpiran. Pocas marcas del que hace unos años abordara la vida y milagros de Bob Dylan en otro documento histórico -NO DIRECTION HOME, rendido culto a su figura emblemática-. El concierto está salpicado con imágenes de archivo donde unos jóvenes artistas dejan clara su intención de perdurar en la historia de la música -y tanto-. Son breves apuntes intercalados que ayudan a entender el valor del tiempo para sus majestades, su absoluta certeza de que están destinados a aguantar en la carretera per secula seculorum. Todo parece apuntar en esa dirección. Su fachada acartonada sigue venciendo los rigores de los años en un ególatra pacto diabólico -en su caso la expresión es más que acertada- que crispará o exaltará, hará saltar chispazos o improperios, pero nunca dejará impasible.
Lo mejor de SHINE A LIGHT, el único y más gozoso sello del director, es el travelling final con el que una de las cámaras sale del escenario pegada al perfil sudoroso de Richards y pasa a meternos entre bastidores. Rápidamente recorre el pasillo de salida, cruzándonos con el mismo Scorsese, quien ordena con ímpetu al operador que abra plano y se dispare hacia arriba en vigoroso movimiento de grúa, casi epiléptico. La cámara muestra así el neón rutilante que anuncia el show y se aleja del recinto, dejándolo inmerso en una ciudad que rebosa nocturnidad cómplice, casi irreal, pero consciente del hechizo que acaba. Y, vigilándolo todo, una urbana luna se transforma en una lengua roja, el carismático icono de la banda, el símbolo del espíritu rebelde y transgresor que aún cultivan.

31/3/08

LA NOCHE ES NUESTRA: en honor a los clásicos

Es difícil que un género tan estandarizado como el policíaco ofrezca títulos que lo salven del agotamiento. En cuestiones de narrativa, ya se sabe que la industria yanqui es capaz de lo mejor si acompaña su potencia visual con temáticas atractivas. Por infrecuentes que sean, se agradece el estreno de obras que mantengan a flote fórmulas dramáticas corrompidas por su reiteración en el formato televisivo. La lucha contra el desorden público y la delincuencia, el combate entre lealtad y traición, el sentido de la responsabilidad ética, la redención de íntimas culpas o la cuestionable solidez de los lazos familiares

siempre han sido valores seguros para guionistas y productores, y cada cierto tiempo asoma una digna revisión de viejos asuntos. Aún careciendo del siempre estimulante potencial reformulador, sirven para refrescar un grueso de producción mecánico y sin alicientes.

El universo de LA NOCHE ES NUESTRA despide un aroma a clasicismo en todos los niveles. James Gray ha confesado la influencia de obras legendarias cuya estética poderosa ha sido mimetizada hasta el cansancio. Obras que ensalzaron el magnetismo de atmósferas sombrías con personajes al excitante margen de la ley. Un cine que daba cabida a carismáticos jefes mafiosos al frente de complejas redes de corrupción, extorsiones y asesinatos tan jugosos para el público. Enfrente, los defensores de una legalidad de límites dudosos empeñada en abrillantar una Norteamérica oscura, desprestigiada, violenta. Todo este territorio inolvidable resurge aquí, aunque quizá reclame los niveles artísticos de otro director y un texto mejor rematado para erigirse en obra maestra de un cine negro genuinamente contemporáneo.

Los dos hermanos protagonistas encarnan la dualidad bien-mal, pero Gray matizará pronto un esquema tan básico en un guión que dosifica con elegancia su material desde la desprejuiciada asunción de sus códigos referenciales. Joseph, hijo modelo que sigue los pasos profesionales de su padre, un veterano jefe de policía, se enfrentará a la mafia rusa que mueve la droga a gran escala en Nueva York. Su hermano Bobby -que mantiene oculta su relación familiar- trabaja en un club nocturno regentado por un pez gordo y frecuentado por el sobrino de éste, un siniestro traficante que hará peligrar una vida placentera e independiente. De carácter vitalista y alérgico a las normas, pronto se verá inmerso en una dinámica criminal que alterará su visión de la familia, la relación con su chica y el sentido de la justicia. La historia actualiza el bíblico enfrentamiento entre hermanos opuestos bajo la figura ejemplar del padre, y, sin alcanzar la brillantez, es capaz de elaborar un discurso tenso y enérgico que antepone los diálogos a la acción desmedida. Un discurso que acabará derivando en la defensa obvia de este lado de la ley, el que promueve y ensalza el orden frente al caos, la victoria de los afectos por encima del desarraigo vital. Quizá sorprenda una solución tan convencional y carente de riesgo, pero el regusto a buen cine elimina posibles recelos.

LA NOCHE ES NUESTRA nos brinda un relato pausado que va absorbiendo al espectador con secuencias diseñadas desde la sobriedad formal, sin los ímpetus adquiridos por títulos coetáneos de semejante identidad genérica. En su eficaz interrelación del drama familiar y la intriga criminal, la película desgrana el conflicto valiéndose de tonos fríos, oscuros y metálicos que explotan los rincones sórdidos de una ciudad pletórica de nocturnidad. Abundan los planos abiertos, con profundidad de campo, para insertar a los personajes en esos espacios de desasosiego y asfixia, de una violencia contenida. La simbiosis entre densidad emocional y una tenebrosa ambientación es perfecta, el marco escénico envuelve con precisión una progresión dramática firme, sólo fallida en su tramo final. Si obviamos esta última parte del guión -efectista, anticlimático y torpe-, el conjunto otorga corrección a unos patrones tan manidos, con puntuales destellos de excelencia tanto en la evolución psicológica del protagonista como en la resolución de ciertas secuencias. Logra especial impacto la persecución en mitad de la lluvia, planificada desde el interior de uno de los coches, con un dominio maestro del ritmo y la carga adrenalítica. Es aquí cuando asoma sin complejos la herencia múltiple de Gray, su respetuosa mirada a una iconografía medular en nuestros sueños cinéfilos.

Aunque comienza el relato lleno de lugares comunes, enseguida toma impulso gracias al esfuerzo del director por dimensionar unos roles un tanto estereotipados. Sin embargo, la historia terminará dándole una mayor entidad a Bobby, cuyas peligrosas relaciones con la organización rusa acarrearán efectos catárticos para él -la sombra del padre fallecido le impulsa a retomar la senda de lo correcto, lo que se espera de un hijo-. En este sentido, ha contado con unos actores que aportan credibilidad y oficio al asunto. Pero será Joaquin Phoenix quien acapare la acción y la presencia ante la cámara, su personaje se enriquece con la mirada turbia, atormentada, de una intensidad que abruma. El actor hereda con dignidad el halo mítico de su hermano River y lo engrandece en cada papel que interpreta -glorioso su angustiado Cómodo en GLADIATOR-. Es el actor perfecto para dotar de aristas al clásico antihéroe y eclipsar a quien comparta plano con él. No extraña que su amigo James Gray vuelva a reclamar su talento -tras LA OTRA CARA DEL CRIMEN, otra vez junto a Mark Wahlberg- para lubricar con su presencia este sólido, puntualmente eléctrico thriller que recorre los laberintos de una sociedad crispada, turbulenta, brutal, el paisaje enfermizo de contiendas más personales.