14/7/08

TROPA DE ÉLITE: barómetro de miserias, fangos y encrucijadas

La contundencia que sella esta película es todo un marcaje de intenciones, la brillante carta de presentación de José Padilha en la nómina de novísimos cineastas brasileiros encargados de alumbrar las miserias nacionales. Puede afirmarse la necesidad de TROPA DE ÉLITE en la estela estremecedora de un cine que se despoja de complejos y se autoproclama como objeto quirúrgico sobre una realidad podrida hasta el tuétano. Lo que equivale a calificar la apuesta como el último eslabón en la imprescindible cadena denunciante del cine hecho en el mayor país sudamericano, que no es poco decir.

Por eso tal vez no sorprendan los modos con que el equipo técnico emite su poderosa radiografía de la corrupción que asola la nación como el peor de los virus. Ya en CIUDAD DE DIOS (2002), su compatriota Fernando Meirelles -junto a Katia Lund- asumía el reto de conferir nivel autorial a un virtuoso retrato del sistema de poder mafioso que articula el día a día en las favelas de Rio de Janeiro. Lo hacía también desde el vigor narrativo, el soberbio empaque formal y -lo más importante- la honestidad, la firmeza de ideas que se ganó a público y crítica sin contemplaciones. Como en aquélla, el debut de Padilha araña en una cotidianeidad desoladora cuyos siniestros trazos exigen visiones sin empañar, ajenas a otros intereses que no sean el puro testimonio de la bajeza ética, de los insondables abismos que se abren en el orden institucional y, en consecuencia, bajo los pies de los más desfavorecidos. Cine social, a mucha honra, disparo certero en las barricadas de una industria casi siempre empeñada en distraernos a golpes de estupidez más o menos amortiguada, para que el rebaño no se subleve.

El film, valiente como pocos, no se arredra en su condena de un estado de cosas demencial e intolerable. Pero antes que ofrecer conclusiones irrefutables prefiere asaltar nuestra amodorrada conciencia con la desnuda realidad, documentando sin juicios moralizantes las operaciones del grupo especial de la policía encargado de frenar la corrupción. El héroe es aquí esposo fiel a punto de la paternidad, con un sentido del honor a prueba de balazos, el líder del comando a la busca de un sustituto que prosiga su senda de insobornable honradez. Padilha recubre su lucha contra el cáncer social con el justo aliento épico, sin mayor estridencia que la que dictan los hechos crudos, y por ello evita caer en la grandilocuencia, el discurso desmedido, la gratuita glorificación del personaje. Más bien al contrario, lo rellena de dudas, turbación, miedos que mitiga a base de fármacos y que ponen en peligro su vida en pareja. Tan humano como cualquiera en su lugar. Las gotas de drama personal riegan el grueso narrativo hasta ofrecer un sabio equilibrio entre acción vibrante y trazado psicológico de los personajes, cóctel que en ningún momento ahoga el magistral sentido del ritmo del relato. Excelente ejercicio cinematográfico con que escarbar en el eterno conflicto que enfrenta la lealtad al deshonor, haciendo lúcido balance de las lacras individuales y colectivas que enturbian la caminata hacia un mundo más justo, mejor. Qué ingenuidad la suya. Qué imagen de la dignidad.

Una charla entre los estudiantes burgueses de pulido espíritu social destapa la tesis que sostiene la película, la que el joven policía envenenado de sentido del deber rebate convencido. La falta de honestidad, la degradación ética, la inutilidad del cuerpo policial en su defensa del ciudadano acaban infectando todo lo demás. El director radiografía la ciudad -por extensión el país- y perfila con intensidad la pesadilla infame, la espiral del caos y el lenguaje de la violencia como único recurso para sobrevivir. Su opera prima -premio gordo en Berlín- es compleja, visceral, tensa, poliédrica. Impresa con las letras del buen cine, de áspera caligrafía propia del género, el que se pega a las sombrías realidades y hace que nos exploten en la cara. Y aún más. Es un rotundo pulso tomado al cenagoso paisaje físico, ético y moral que sitúa en la dolorosa encrucijada, ese punto desde el que reconocerse fiel a unos principios o parte de un sistema turbulento y sin escrúpulos.

El último plano revela el hilo de esperanza filtrado entre tan devastador panorama, el respeto al propio esquema de valores como liberación frente a las tinieblas. No todo está perdido, nos dice Padilha chorreando talento, acertando en nuestro entrecejo hasta desplomarnos.

13/7/08

ESCONDIDOS EN BRUJAS: sobre culpas, redenciones y un enano vicioso

El final descaradamente trágico de este curioso thriller vierte los pensamientos de un Colin Farrell moribundo, con la noche de Brujas dando acta notarial de una nueva alma redimida. En un plano subjetivo deudor de ATRAPADO POR SU PASADO (Brian de Palma, 1993), rasgado con los acordes melancólicos de Carter Burwell, la ciudad hermosa observa al asesino y parece perdonar el pecado que le confinó a sus calles envueltas en neblina, a sus fríos canales con aroma a chocolate caliente. Como hiciera Carlito Brigante, el personaje queda sumido en su íntimo vis a vis con la vida, dotando de un sentido -apresurado, siquiera tanteado pese al tormento recorrido- a la muerte que le recibe.

Pero la lógica del género, apenas perseguida en el relato, tampoco reviste esta última escena, empeñada en ironizar sobre el destino del protagonista en lúcida conciencia del infierno eterno. El humor nos recuerda que la cosa no va en serio, que el debutante Martin McDonagh sortea la grandilocuencia épica del antihéroe humanizado y se escora hacia la comedia negra de pliegues tan europeos, bien entendido el término en su mejor sentido. Su apuesta triunfa si aceptamos el híbrido como producto más reflexivo que taquicárdico, perfilado con el esquema de una buddy movie orientada a los espacios íntimos, al viaje interior de los asalariados del crimen antes que al paroxismo adrenalínico. El revés de la justicia queda encarnado en estos dos opuestos forzados a convivir en territorio ajeno a su hábitat natural, rodeados de esplendores góticos que hacen sacudir la idea del impulso homicida, o suicida, de cualquier tipo de muerte que impida gozar del cuento de hadas propio de un sueño bondadoso. El guión insiste en la idea, dibuja la espectacular ciudad belga como un protagonista más, foco del postalismo colorista de muchas escenas, pero también refinada metáfora que otorga talla moral a la historia, su salida de tono, su heterodoxia, su magnetismo.

Para los que conocemos Brujas se hace fácil admitir el escenario en su dimensión narrativa, actuando como eje sobre el que pivotan las extrañas criaturas de esta ficción, un entretenimiento con poso existencialista, suavemente bañado en los códigos del suspense con ramalazos de psicología criminal de medio alcance. Porque si bien concede McDonagh el placer de contemplar una simbólica intriga de temple sosegado, pausada como barcas de turistas sobre las aguas del canal, el diálogo de conceptos que propone queda eclipsado por el tono gamberro, ligero y desenfadado con el que se plasma. De esta forma la acción canónica y previsible se somete al dictamen de unos diálogos inspirados, libres de complejos, levemente paródicos en golpes de efecto casi siempre eficaces, ocasionalmente brillantes. La broma puntiaguda como resorte para disertar sobre el bien y el mal, dualidad que marca la experiencia de los dos matones hasta el punto de hacerles valorar lo bueno -es decir, lo legal, lo normal, lo gozoso- de la vida, aquéllo que se deja atrás en aras de la mecánica homicida.

Rechazada la solución dramática típica, ESCONDIDOS EN BRUJAS opta por elaborar un discreto discurso en torno a la culpa que late irremisiblemente en nuestros actos. El protagonista -inmenso cómico Colin Farrell, llena la pantalla de ingenio irlandés desbordante-, afligido por la imprevista muerte de un niño, se reconoce digno de castigo e incluso siente la tentación del suicidio. El director, mediante los chistes sobre la ciudad, evita ahondar en la llaga y conducir al molesto chute de moralina, cosa de agradecer. Así se desliza mejor el intento de hacernos pensar sobre el pasado delictivo -pecaminoso, por qué no- que exige redención, esa carga de humanidad dolorida, el malherido código de honor que hasta el más mezquino y siniestro de los asesinos se ve obligado a obedecer. Para constatar el complejo dilema moral, la encrucijada que les asedia, McDonagh nos presenta a un Ralph Fiennes oscuro y diabólico, verdadero "malo" malísimo de la función, quien impulsa el tramo final hacia sendas más trilladas, peor resueltas, con las que terminar de dibujar estos nada convencionales paisajes de la expiación.

Como si de una suerte de noir meditativo y burlesco -a partes iguales- se tratase, la película se cose a base de imágenes sobrias, escritura visual firme, sin aspavientos, con un ritmo bien ajustado al entramado de mala conciencia que sobrevuela en las secuencias. Curioso grupo de secundarios, aunque quizá sea el enano Jordan Prentice el que mejor ilustre los vicios, corrupciones y desparrames propios de los nuevos tiempos, el recurso al hedonismo que los protagonistas asumen una vez presentidas las negras sombras que pueden enturbiar tan idílico entorno. Un paso más en su extraño proceso de revelaciones mutuas, de verdades ocultas, de autodescubrimientos. La culpa ahoga -podría concluirse-, pero no impide exprimir la última gota a la vida, aunque sea en mitad de la recóndita y exótica Bélgica.

7/7/08

LÍBRANOS DEL MAL: dejad que los niños se acerquen a mí

Reza el proverbio que el que calla, otorga. Muchas veces el silencio se esgrime como coraza frente a la crítica popular cuando ésta puede dañar el prestigio, los intereses económicos, el poder. No rebatir esa condena sirve para hacerla verdad y activar la maquinaria legal con tal de aliviar el daño causado. Esta película estremecedora habla de un silencio histórico, años de oscuridad que vienen protegiendo a delincuentes respetables por el hecho de llevar alzacuellos. Es curioso que Amy Berg convenciera al padre Oliver O´Grady, confeso pedófilo irlandés, para hablar ante cámara y destapar uno de los más sangrantes ejemplos de ruindad humana. Su experiencia -en primerísima persona-, causante del lógico seísmo en la opinión pública, articula un relato necesario como pocos. Uno de esos testimonios siniestros, repletos de matices que estimulan la reflexión, pero, por encima de todo, el desprecio hacia el personaje. Porque no es fácil templar ánimos cuando este ejemplo vivo de buen cine documental toma su incómoda realidad y nos la muestra desnuda, irrefutable y brutal. El motivo de que sintamos el miedo congelando nuestra piel.

Más perturbadora aún resulta la frialdad con que el anciano desgrana sus actos de "protección", de "consuelo" hacia las víctimas, tan frágiles como él fue en otro tiempo. Escudado en el respeto y la confianza que inspiraba a las familias, O´Grady no percibía el delito -no digamos la aberración moral- en sus actos de abuso infantil, aunque el remordimiento y la duda por su debilidad le asaltara. El film alterna la confesión de un sacerdote arrepentido, a la búsqueda de perdón, con la narración de los antiguos niños, hoy adultos que arrastran las secuelas desconcertados porque su agresor reincidente ande libre por Irlanda. En esta balanza dramática nos mueve Berg, aunque delate la ausencia del tercer vértice de la discordia, la propia Iglesia Católica, bien resaltado el hecho de que declinó la invitación a exponer su postura. Es la pieza ausente que descompensa un retrato desolador, pero tampoco sorprende el mutismo de una institución que evitó pronunciarse, esquivó responsabilidades y pretendió acallar las voces que clamaban justicia para restañar heridas del pasado.Escorado hacia el lado más humano -emotivo, pues- de la historia, LÍBRANOS DEL MAL no rebasa el umbral de lo lacrimógeno y da cabida a su denuncia con el paso firme, angustiante, digno de repulsa que marcan los personajes de este cuento macabro. No hay manipulación del sentimiento, como tampoco la hubo en CAPTURING THE FRIEDMANS (Andrew Jarecki, 2003), otro documento devastador que mostraba la sórdida vida oculta de un padre de familia con tendencias pederastas. Asusta escuchar lo que escuchamos por saberlo fruto de la mentira y el abuso de autoridad moral de este ministro de Dios, quien era acogido por los feligreses en su ingenua visión del párroco como algo más que un asesor espiritual. No extraña que el padre de una de las niñas violadas llore desconsolado y falto de fé recordando al buen hombre que destrozó sus vidas.Surgen los interrogantes, la desazón, nuestra feroz implicación ante los límites de vileza que el ser humano llega a traspasar. ¿Pueden frenarse estos actos de mezquindad, de desequilibrio mental cuando la propia jerarquía eclesiástica los protege? ¿Qué compensación queda tras la pesadilla, el horror del que nadie se hace cargo? ¿Por qué se relaja el castigo penal hacia personajes como O´Grady, por qué el encubrimiento, por qué la ceguera? Es difícil dar con respuestas con material tan espinoso. La directora repasa las aristas legales, éticas y religiosas para que el criterio de cada espectador acabe por iluminar los sombríos rincones del relato. De esta forma, revela ciertas claves que pueden ayudar a entender lo incomprensible: el sentido del celibato, las carencias afectivas, los turbios mecanismos que favorecen el status de las altas esferas.
Las imágenes dejan su rastro elocuente y poderoso, dibujando el conflicto entre flaquezas y razón, el sentido de culpa, la expiación del pecado más intolerable de todos. Y el silencio. Tal vez la mejor herramienta de los poderosos para ocultar el tormento de los más indefensos.

ALIENTO: la brasa bajo el témpano de hielo

Empujado por la prometedora hermosura de un título como ALIENTO, el espectador incauto podrá sentirse defraudado cuando los créditos sobre blanco den carpetazo a este relato extraño, visceral, bello a la vez que hermético. Digo que notará el agridulce de la decepción por el obvio desajuste entre el sentimiento descarnado que dibuja y un rechazo radical a todo lo que huela a ortodoxia a la hora de activar la emoción. A decir verdad, y esto ya lo saben los adeptos o arrimados al universo del coreano, nada en su nueva propuesta desarma las previsiones de complejidad -de acuerdo, se admite rareza como adjetivo- que brotaron ante obras anteriores, siendo HIERRO 3 (2004) su inmediato y mejor referente, por varias razones.

También puede apreciarse la película desde la barrera del espectador curtido en una simbología que, de puro críptica, hace peligrar la empatía que todo drama persigue. Kim Ki-duk, adalid de un cine asiático que hincha de lirismo sus pequeñas fábulas modernas, se mantiene terco frente a mediocres soluciones y vuelve a calibrar nuestra inteligencia. Con la coraza de una gélida puesta en escena -no exenta de hermosos encuadres-, el andamio sentimental que se pretende tormentoso termina acusando la excesiva reverencia a su propio lenguaje cerrado, trufado de metáforas visuales como hilazones sueltos que reclaman nuestra atención -más aún, nuestro juicio- para cobrar sentido. Reside aquí el magnetismo de un film inclasificable como ALIENTO, que es historia de amor, que es ímpetu y despecho, que es soledades encontradas, que es pasión, muerte, poesía. Esencial Ki-duk, otro artefacto reventado de sugerencias, en las antípodas de las convenciones que podrían dirigir nuestra mirada adocenada. Cine difícil, inaprensible, capaz del desconcierto y la fascinación en equilibrio magistral.

Juega el autor de LA ISLA (2000), SAMARITAN GIRL (2004) o EL ARCO (2005) con las reglas que domina y nos complica en la tarea de descifrar el acróstico sentimental. Volvemos al mutismo del protagonista como metáfora forzada de la incomunicación en la era posmoderna, recurso que en HIERRO 3 articulaba el romance de dos extraños hasta elevarlo a poema visual. El silencio como vehículo de una relación desquiciada entre dos náufragos, dos desequilibrados, los parias de una sociedad que tiene sus propio código frente a prisioneros con ansias suicidas -abundan las escenas de vigilancia a base de cámaras, el control institucional de los espacios, de los tiempos privados-. Pero también la actitud silente en la celda, rodeado de estúpidos y con el hálito de la muerte amenazando el poco resto de cordura. Los últimos días en claustro físico que hace confundir afectos -el esbozado amor homosexual-, recurrir a la propia mutilación para frenar la agonía -los despuntes sangrientos del film-.

Ki-duk traza los encuentros desde el lenguaje del dolor y el impulso violento, perfilando reacciones desaforadas que -gran paradoja la del título- a(duras)penas logran abrasarnos. Por su riesgo seductor, en su apuesta por el concepto, este cuento de abismos compartidos, de textura cercana al melodrama, elude las causas, anima las hipótesis, nos invita a repensarlo. Un presente de frustración conyugal, una infancia humillante aliviada con el refugio del colorido, lo naif, las canciones para escapar de las sombras. Contundente descarga del caudal de sensaciones sólo traicionadas en un epílogo de fácil digestión, ajeno al turbulento camino recorrido. Hasta entonces, el trayecto ha ofrecido las suficientes pistas para enhebrar más inquietud que arrebato, más plasticidad que calor humano, un ejercicio de mutua liberación tan destilado que ahoga el latente deseo de emocionar.

4/7/08

UN NOVIO PARA YASMINA: mestizaje, casamientos...y Extremadura

Hay películas que desde su génesis asumen la función de documentar conflictos resaltados en titulares casi a diario. De plena -y peliaguda- actualidad, la integración cultural de las minorías étnicas sigue abonando un debate que hace poco cristalizó en un caso concreto. Un colegio de Girona expulsaba a una niña musulmana de 9 años ante la insistencia de la pequeña en asistir a clase con la cabeza envuelta en el hiyab o pañuelo típico árabe. Este hecho, aireado y masticado en los medios, no es más que un fleco suelto de un conflicto cuya gama de matices invalida cualquier juicio inmediato.

Surge el reto de convertir ese cine, sin duda necesario en un balance de cojeras sociales, en ejercicio de equilibrio que evite una postura panfletaria ante el problema que se muestra. Más en una industria como la nuestra, atascada en un abanico genérico que apenas ha empezado a drenarse con insólitas y potentes apuestas. UN NOVIO PARA YASMINA es el debut de la cacereña Irene Cardona, retrato amable pensado y puesto de largo bajo un impulso crítico rebajado con puntadas de comedia costumbrista de modesto alcance. Podría seguir la senda temática de SÓLO UN BESO (Ken Loach, 2004), aunque por referencias costumbristas se aproxime más a la primera Icíar Bollaín (FLORES DE OTRO MUNDO, 1999) o a la más reciente EL PRÓXIMO ORIENTE (Fernando Colomo, 2006), que abordaba con mirada irónica otro alegato a favor de la tolerancia, la solidaridad, el respeto valiéndose de una pasmosa sencillez narrativa y estética.

El tono de falsa ligereza que recubría las propuestas de Bollaín y Colomo predomina en esta fábula sobre la aceptación del extraño en pequeñas comunidades, un microuniverso de relaciones afectivas que basculan entre el humor naif, el dibujo localista y el mencionado discurso social. Cardona combina los ingredientes con mejores propósitos que resultados, tal vez a causa de una realización demasiado plana, carente de la fuerza necesaria para arrancarnos la emoción. Para el que esto firma, lo más interesante fue reconocer el paisaje físico y humano de mi tierra natal, la Extremadura que se quita las legañas del estatismo y se amolda al ritmo de la ebullición multicultural. Se rescata con acierto el entorno rural, la rutina e idiosincrasia de una gente que reconoce el nuevo flujo de inmigrantes y promueve la mezcolanza, la enseñanza de todos los valores que nos definen. Pero tal vez sea el acento de ingenuidad -con cierta pobreza en los diálogos- lo que impida dar entidad dramática al asunto y, en consecuencia, diseñar las emociones para que podamos atraparlas al vuelo.

Y en materia de drama, no hay que olvidar que la protagonista -preciosa y excelente actriz Sanaa Alaoui-, marroquí sin papeles que aspira a obtener un título universitario -pobrecita de ella-, ejerce de profesora en una de las abundantes asociaciones culturales, aunque su precario estatus legal y sentimental parecen alejar su sueño de estabilidad, de ser feliz entre los españoles. Ella vertebra un cuento coral más simpático que divertido que nos habla de la esperanza en un futuro mejor, el espíritu de entrega y los fracasos compartidos, los matrimonios de conveniencia frente al verdadero amor y la vida en pareja, de la fé en un nuevo orden social, ya sea en un pueblo como en la gran ciudad. Sin embargo, no termina de escarbar en los temas que propone, quedándose en la estampa colorista y a ratos seducida por el tono discursivo. Cardona acusa por igual el fresco entusiasmo de la primeriza con material candente entre manos y un irregular manejo sobre el papel -todo se queda en un correcto esbozo- y tras la cámara -una evidente apatía visual-.
UN NOVIO PARA YASMINA no quedará en el recuerdo, pero se suma a esos títulos cuyo exceso de honestidad encubre insalvables limitaciones como obras cinematográficas.Muy digna en su condición testimonial de estos acelerados tiempos que cambian los usos tradicionales de convivencia, las normas comunitarias, el día a día en la escuela, en el trabajo, en la barriada. Bastante mediocre en el lenguaje que describe realidades tan jugosas y presentes.

CLEANER: la suciedad se va a acabar (casi sin frotar)

Uno, animado por un ínfimo resquicio de esperanza, intuía algún punto novedoso en este último thriller policíaco de la gran factoría. Quizá la premisa que podía leerse en la sinopsis, quizá la presencia de dos sólidos profesionales como Samuel L. Jackson y Ed Harris, quizá el vano espejismo de un Renny Harlin reconvertido a buen director, o, lo que es lo mismo, a director de cosas serias. El gozo, en el pozo de la lamentación cayó. A los pocos segundos del arranque me invade la certeza de que todo lo que seguidamente veré no será más que pura apología del vacío, las viejas fórmulas del género acartonadas bajo la fanfarria.

Tengo que decir que nada de lo que pudo verse en la pantalla defraudó esa expectativa. Harlin, viejo perro avezado en el mal uso de enseñar los dientes sin pegar la mordida -ya puestos-, reincide en su anorexia neuronal. Intentando esquivar la rutina, confiere a su protagonista la insigne tarea de limpiar los intestinales escenarios de los crímenes que luego investiga la policía. Tras una de esas higiénicas sesiones, se convierte en diana de una lluvia de incriminaciones que le fuerzan a tirar de un hilo de corruptelas policiales, de pasados vergonzantes, de desequilibrios familiares. En resumen, la torpe revisitación de patrones narrativos no ya mascados, sino más bien triturados por la maquinaria yanqui desde aquellos gloriosos 90 que olieron a Demme y a Fincher, también a Kaplan, Pakula, a los Coen o a Luc Besson, al moderno Tarantino, al maestro Michael Mann, y a de Palma, y a Curtis Hanson y la obra maestra que lo encumbró. Las buenas piezas que engordaron de cinefilia las tripas y los espíritus.
Cada década tiene su sello, el estigma genérico que la mantendrá en la memoria, pero Harlin parece anclado en un cine que, hoy por hoy, no tiene nada que aportar. Al menos CLEANER no rebasa la línea de una mediocridad lastimosa, regodeo en los tics argumentales y estéticos incapaces de levantar la mínima emoción, el interés justo para no desconectar. La historia, puro delirio, se inicia con un tono paródico que bien podría haber marcado todo el metraje. Pero pronto revela que el director se toma en serio la ensalada de clichés, con el aderezo de su habitual cámara ampulosa y su narrativa confusa. Pasado el meridiano, empieza a brotar la sensación de indiferencia, puesto que, más allá del peculiar oficio del ex policía que encarna Jackson, hay pocas sombras en el relato, apenas se atisba la bajeza moral, la turbiedad que desprendían otros retratos del gremio policíaco.
Las recientes -y apreciables- LA NOCHE ES NUESTRA (James Gray, 2007) y DUEÑOS DE LA CALLE (David Ayer, 2008) respetaban la codificación de unas atmósferas extenuadas de puro repetidas, incluso apuntaban cierta ambigüedad ética que las dignificaba -aunque sin los niveles del noir posmoderno por excelencias varias, L.A CONFIDENTIAL (Curtis Hanson, 1995)-. Harlin, fallero mayor, libera su artificio ruidoso y plastificado, ignorando la herencia de sus mayores y despeñándose hacia la rutina, el plano dibujo de personajes, el alambique forzoso, el trazo grueso de un producto a todas luces prescindible. Ni siquiera la explosiva Eva Mendes logra ahuyentarnos la modorra.

3/7/08

POSDATA:TE QUIERO: cartas de ultratumba (=amor fosforescente)

Bendito sea el designio divino que inventó la comedia hace la ristra de años. Benditos sus mecanismos de la risa inteligente, la química entre actores de prodigio, el agudo cruce de diálogos, toda la magia que empapaba la pantalla y nos derrotaba a golpes de talento. Benditos los tiempos de todas las hepburns gráciles, los cukors inspirados, los galantes carygrants, aquellos hawks puro frenesí, todos los blakedwards, lemmons y stewarts, los leisens, mccareys y lubitsch de genio y porte, los billywilders poderosos, bienaventurados los que os mamaron a cañonazos de ingenio nutritivo y saciante.

Maldito el Hollywood que prostituye la sana comedia romántica que lo encumbró a los altares de su Edad de Oro. Maldita la simpleza, la ñoñería, la sobredosis de almíbar que embadurna los rincones romos de sus últimas obras. Malditos los guionistas vendidos al poder de los dineros, los que se escudan en la novela para crear naderías, los que trivializan el amor enmascarándolo, rebajándolo, cubriéndolo de recursos fáciles y peligro de hiperglucemia.

POSTDATA:TE QUIERO engorda el listado prohibido a diabéticos del consumo peliculero. El último botón en el muestrario de intensos amores con lazo rosa fucsia, original de la novelista Cecelia Ahern y puesto en imágenes por Richard Lagravenese. Quien firmara los libretos de EL REY PESCADOR (Terry Gilliam, 1991), LOS PUENTES DE MADISON (Clint Eastwood, 1995), EL AMOR TIENE DOS CARAS (Barbra Streisand, 1996) o BELOVED (Jonathan Demme, 1998) sucumbe a las mieles de la taquilla en una historia blanda, que se mira el ombligo de su propio dulzor y lo escupe con innegable oficio narrativo. Qué menos puede exigírsele a una industria curtida en el ¿arte? de relatarnos las humanas pasiones bajo distintos envoltorios.

Se ajusta este producto a la ortodoxia de la factoría de los sueños, cumple las normas a rajatabla, apenas de desmarca de todo lo que, visto el trailer, podría adivinarse. En la trastienda memorística perdura la imborrable DESCALZOS POR EL PARQUE (Gene Saks, 1967), paradigma del género romántico cuando se rociaba de fina ironía. Ya conocemos la función. Pareja de profesionales aún sin el timón de su propia vida, pequeño apartamento en la gran ciudad, madre que investiga si la relación se afianza, amigos y familiares festivos y parlanchines. Pero Jane Fonda y Robert Redford mutan en los rostros de una Hilary Swank lacrimosa y un fantasmal Gerard Butler, a la sazón el amante que muere -dichoso cáncer-, dejando una viuda compungida, desnortada y apática. Es aquí donde la película intenta salirse del arcén habitual, en contar una relación desde la reconstrucción de lo que pudo ser, a través de las cartas que, a modo de póstumos mensajes, recibe la joven de parte del finado para alentarla y hacerle gozar de la vida.

Poco más destapa este discreto relato de autoestima y baches emocionales. La curiosa premisa se desliza por el tobogán del entretenimiento sin pretensiones, aunque pueda descubrirse alguna variación en el argumento. Las mujeres son ahora más fuertes, que se le derrita el alma cuando su macho les mira no conlleva que se rindan cuando éste muere o les abandona. Kathy Bates -a quien sólo le hacen falta dos discursos para adueñarse del film- es la madre luchadora, protectora y cómplice, despechada y comprensiva con su hija. Por lo demás, amigas lenguaraces, amigos sobre los que llorar, viajes idílicos, fiestas en familia. El proceso necesario para empezar a vivir la soledad, vencer la autocompasión, quizás volverse a enamorar. El tiempo de ser feliz otra vez.

Nada se excede en este título amable, digestivo, de fácil absorción y rápido olvido. Lagravenese se encorseta con los ingredientes habituales en los romances del último cine yanqui, acomodaticio y bastante plano. Por si en ocasiones olvidamos que estamos ante una ficción calculada para forzar el moqueo, un persistente fondo musical subraya cada tramo de la (bastante larga) travesía, sólo a veces puntuada de humor gamberro y chisposo. La pobre herencia de los clásicos que la protagonista devora en sus noches de soledad.