Vaya por delante que he tardado en decidir tragarme esta penúltima (previa a los RIVALES del inefable Colomo) ración de tipismo patrio, no sé si por pereza o por miedo. Harto estoy de defender la causa cinematográfica nacional frente al juicio que la condena, todos esas opiniones basadas en el acomplejado ombiguismo, a veces la ortopedia temática anquilosada en rancias soluciones visuales, cuando no cortadas por el lamentable patrón catódico. Miren por donde que he claudicado por aquéllo de la respuesta en taquilla
-obviaré comentarios sobre el (mal)gusto popular, no me tachen de lo que no quiero ser-, pero sobre todo por ser una de las nuestras. Hago constar, señor juez, que la prosaica razón del recaudo no me hizo ni me hará correr tras hulks hormonados, hancocks descocados, superagentes de cartón y hueso, momias de diseño y demás síntomas del aneurisma cerebral yanqui que nos invade con los calores. Pues eso, que conste.La comedia hispánica tuvo en Berlanga su más noble referente, el estante de miserias cotidianas, vergüenzas colectivas tiznadas de ironía, pero cuando ésta iba en mayúsculas y en verdad asestaba mazazos al abdomen concienzudo de los santos inquisidores. La mala comedia llegó después, Berlanga aún coleteando su pasmosa lucidez y nuestro careto abrumado por el yugo dictador, necesitado de teta sueca, maduritos relinchando en la playa y mucho taco soez.
La vergüenza engendró más vergüenza a modo de productos en serie operados para exorcizar un pasado castrante, al que (tal vez) debemos la artritis estructural que vive nuestra industria. En éstas que triunfan Lazaga, Martínez Soria, Landa, los Ozores y demás caterva, a destajo encargados de mostrar cómo el país entero huía de las tinieblas. Eso antes de la comedia madrileña, caleidoscopio kitsch, delirante espejo de una sociedad en pañales, Almodóvar y su troupe, el citado Colomo o Trueba colando un progresismo grueso, calidades aparte, en sus narraciones cotidianas.¿Dónde situar el debut del televisivo Nacho García Velilla? Baste citar que la célebre serie Aída le ha curtido en la chispa veloz, el torbellino dialogado, en el giro histriónico que tanta parroquia sigue convocando. Cada país tiene la televisión que se merece, y la que mejor lo refleja, eso dicen. Un equipaje éste que se antoja útil para cubrir los escasos retos que plantea un guión
rayando lo estúpido, aunque a la postre escaso para modelar algo cercano al cine. Sin que la sorpresa cambie lo previsto, el producto huele a bisutería cañí, plato precocinado lejos del diseño promovido en los locales del popular guetto gay madrileño. FUERA DE CARTA rescata la esencia de ese cine de tránsito empecinado en lo burdo y el dibujo zafio antes que en dar tallaje al género cómico, por mucha homofilia que se pretenda endosar. Y es que el fondo de la historia no merece desprecio, la búsqueda de felicidad, casi siempre de parentesco afectivo -por encima del estatus económico-, circunscrita a un protagonista homosexual y su culinario séquito. Que todos queremos que nos quieran (parece querer decirnos la historia), más allá de condiciones y prejuicios. Hasta ahí perfecto. El problema, como casi siempre, son las formas.
García Velilla se escuda en el chillido para su apunte de sociología de barrio, de hecho el propio Javier Cámara -empiezo a adorar a este intérprete, que salva cualquier nave del naufragio- se asombró de que en los ensayos le exigieran amanerarse hasta la frontera de lo grotesco. No la cruza, sólo se asoma al mariposeo paródico, estrujando el estereotipo y siendo la queen de un show vodevilesco, exabrupto que se columpia en la fórmula del enredo, de mucho parloteo atropellado, confusiones milimétricas, brochazos de humor orondo -como la barriga del cocinero-, jurásica lucha de sexos y, de postre, un descafeinado chorro de drama familiar calzado sin fuerza, tan light como todo lo demás.
Sean los diabéticos bienvenidos a un cóctel ligero en calorías, ramplón, sin aristas. Podrán l@s modern@s aderezar el menú con provincianismo chusco, quizá con un punto de fluorescencia rosa y aceitosa. Familias que se quieran cool y en la onda, miren este espejo de (in)corrección
política servido por marica al borde de la histeria y su desgraciada gerente, la gran farsa de los nuevos tiempos sobre cimientos de caspa en memoria de aquéllos otros. Que sí, que también habla de paternidad forzosa, de precarios lazos familiares, de pequeñas redenciones, salidas del armario y otras nobles lindezas. Una lástima que se opte por la caricatura facilona rellena de tópicos, más próxima al sainete esperpéntico que a la sátira mordaz, de blandengue escritura y mecánica resolución visual. Ni qué decir tiene que el reparto cumple su misión coreográfica -Chus Lampreave maravillosa y efímera-, dejo constancia, señor juez, de su eficaz sumisión al batiburrillo sentimental de escaso alcance. Pero la taquilla es elocuente. Será que el público prefiere el plato combinado antes que la alta cocina para encontrar el punto propiamente spanish, es probable que se conforme con adoquines pudiendo circular sobre asfalto firme.
La democracia del gusto -y del estómago- es lo que tiene.
Afronto el comentario de WALL·E con la ceguera del niño que, según dicen, todos albergamos, y que, sin apenas barruntarlo, irrumpió desbocado ante estas imágenes deliciosas. Me recuerdo extasiado, la boca abierta, pletórica la pupila, erizado el vello del tierno espectador que un día fui, el aprendiz de cinéfilo sin juicio formado ni prejuicios contaminantes. Quiere la fortuna revelarse muy de vez en cuando a la manera de este cine facturado para avivar el recuerdo de todo el que -como yo- dejó la infancia y se instaló en una edad adulta dada a otros placeres, abandonada por la mirada inocente, el color de los sueños agrisado de rutina. En éstas que van los magos de la Pixar y reinciden en su noble misión salvadora, retirados en su Olimpo creativo donde siguen pariendo los objetos de nuestras quimeras como sucesivas mordidas a la ilusión que una vez remudó. La vida es eso, proceso de cambio perpetuo incapaz de recobrar antiguas pasiones con la misma luz, aunque a veces oxigene la memoria, el ánimo se vea excitado y -cómo no- el corazón quede inyectado de nueva vida, casi siempre sobre una enorme pantalla y en la tiniebla gozosa de la sala.
Listos como perro hambriento, los de la factoría clásica vieron en la prestigiosa compañía californiana el perfil de su nueva etapa creativa. Nuevos tiempos enmarcan gustos que mutan, el cine para niños -perdón, adultos que se descubren niños- se reinventa con lo digital, engorda las arcas del directivo astuto y, sin escatimar en medios, nos catapulta a esa oscura esquina del deseo amortiguado. Puro placer del cine cuando asalta la fibra de una sensibilidad que empezaba a ser difusa, agazapada tras el consumo ingente de estupidez, apagada por años de asepsia y mediocridad. 

Como en un tributo al arte de la imagen pura antes de la perversión sonora -hablo de lo genuino del cine, lo que lo define-, no se requieren palabras para conocer al robot WALL·E, su rutina, su soledad, sus propios refugios -genial guiño cinéfilo-. Acurrucados en la butaca nos dejamos pellizcar por la ternura de esta suerte de Charlot solo en la Tierra, nos cautiva el encanto de lo artesano en contraste con la apolínea E·VE, rutilante emisaria de la misión espacial con la que su vida dará un giro. Stanton abre las líneas de la acción y mima a su protagonista para conceder poco a poco el gusto de la emoción que irá fluyendo en la aventura. Historia de amor entre dos extraños, dos fases de un proceso tecnológico para nada alejado de lo posible. Así, se me antoja que la película es dos películas a la vez, un divertido romance entre desperdicios insertado en un alegato de tinte futurista, todo un tirón de orejas por el mundo que nos empeñamos en fomentar. Si funcionan en equilibrio dependerá del entusiasmo o el recelo de cada cual. Sólo me quedó la sensación leve de que el fuelle se pierde en el tramo con los humanos,



Viejas fórmulas a las que la lija de la digna recuperación -dejemos lo de reinvención para el maestro Clint- extirpa cualquier resto de cal incrustada tras años de abandono. Esto de la dignidad, como es de entender, no casa con sonrojantes propósitos de parodiar el género que han ido brotando en el páramo creativo -MAVERICK (Richard Donner, 1994), RÁPIDA Y MORTAL (Sam Raimi, 1995), WILD WILD WEST (Barry Sonnenfeld, 1999)-, bochornosos experimentos que pintarrajeaban de humor grueso los paisajes silenciosamente albergados en nuestra alma idólatra.
El original forma parte de la osamenta sobre la que se han adherido los pliegues de una épica, casi una forma de entender el mundo, un código de valores con que exportar terrenos tan genuinamente yanquis hasta hacerlos universales. Un molde vigoroso como el que Glenn Ford capitaneó armado de su habitual cinismo facilita el ejercicio revisionista desde el respeto. Pero Mangold, astuto director de orquesta, rinde el tributo asentado en un lenguaje enérgico, edificando con tal materia prima la pieza más contundente que en muchos años ha podido disfrutarse. Su película, lo mejor que ha rodado hasta ahora, huele a buen cine, el que emerge de las tripas del artesano sumiso a unos cánones que abrillanta para regusto de nostálgicos, es deseable que también para gozo inmediato de las nuevas generaciones. 


Ayuda al disfrute el carisma de Russell Crowe y Christian Bale, enorme dúo que filtra todos los recodos de la humanidad representada, las pasiones y templanzas, el concepto de familia, el sentido del honor, la valentía y el deber, el peso de los ideales, el significado de la fé. La gama de valores de siempre remodelados bajo el moderno espíritu restaurador, el único del que no puede prescindirse a la hora de transitar parajes afincados en los pasillos de la memoria, peligrosos por inducir a la mímesis vacía, al patrón acartonado, anémico y deslucido. No es el caso, que conste. Aquí hay carne donde morder. El magnetismo de los moldes alcanza cohesión y eficacia con su retoque, el entusiasmo empapa el discurso, la magia nos recuerda que el (gran) cine de género sigue vivo.

cubría con frescura y entusiasmo las carencias de su argumento, activando la emoción de un público reconocido en sus canciones, dispuesto al inmediato gozo de las melodías.






