EL MAQUINISTA resultó ser la obra más perturbadora y extraña producida en nuestro país hace cuatro años. Sin bordear la maestría lograba adentrarse en materia narrativa y lenguaje visual insólitos, creando una atmósfera onírica asentada de lleno en los márgenes de las pesadillas. Recuerdo que no me fascinó. Lo que sí consiguió fue que el cuerpo se me inundara de mal rollo, el vello erizado ante la visión de un Christian Bale reducido a pellejo sobre hueso, acorralado en una odisea de pliegues casi kafkianos. Provocador, desquiciado, asfixiante experimento, ése sí que rompió moldes.Lo nuevo de Brad Anderson cambia factorías, olores industriales y tintes psicofantásticos por la amplitud de la estepa soviética. Y, para instalarse cómodamente en terrenos de homenaje al género clásico de suspense, sitúa la acción en el tren del título y nos mina el ánimo de recursos previsibles,
personajes tipo, fragancias y sabores que recuerdan al mejor Hitchcock, a esa novela de misterios esquemáticos y, por qué no, encantadores. He esperado mucho -los caprichos de los distribuidores me sacan de quicio- para ver el resultado. Confieso que no me aturde como lo hizo su anterior pieza de intriga, pero se me antoja resultona, cabalgando entre los pasajes realmente absorbentes y tramos más morosos en los que definir personajes, sentar las bases para el festín criminal. Para empezar a removernos, vaya. No creo que el conjunto despida brillos ni reelabore los patrones del subgénero ferroviario, aunque aceptemos los destellos puntuales en un relato con pocas florituras, tan directo como una poción venenosa que se toma su tiempo en hacerse efectiva.
Hay que decir que el clima se consigue, se mastican los códigos del thriller pasado por nieve
y eso agrada. Aconsejo dejarse arrastrar hacia territorios reconocibles, impulsados con el motor de viejas fórmulas, maquillado de un clasicismo narrativo donde caben la frescura y los nuevos bríos de Anderson y su productor, Julio Fernández. Quizá salga ganado la apuesta si la consideramos como un juego, todo un equipaje de reglas para que la ortodoxia entre en escena, cristalina, atravesada por la mecánica en acciones, espacios y turbadoras presencias. Antes que un defecto, se convierte esta obediencia a las normas en puro gozo. Insisto. Mejor subirse al vagón mejor provisto para emocionar al personal, es conveniente rendir culto a esta canónica bandeja de ingredientes, casi como un sólido tributo a un espacio ya inmortalizado en el cine desde sus orígenes. Así podremos valorar el resultado por encima de algunos detalles de montaje, torpes en la afinación del producto. Hablo de los molestos -por explícitos, y no me considero tan tonto- insertos a modo de flashes explicativos en las escenas de mayor tensión dramática. Sobran, redundan en lo que ya preveíamos, añaden poco al marco de desasosiego y claustrofobia. 
También en aquella historia del solitario maquinista se cometían tropiezos de diseño, ciertas piezas también chirriaban.
Y luego está el placer de ver al maestro Ben Kingsley seduciendo con su impecable figura, su porte sobrio y oscuro, su incómoda y a la vez cautivadora presencia. Es uno de los excelentes rostros que componen el artefacto. Le acompañan Emiliy Mortimer, tierna y avispada -esta chica empieza a engrosar mis altares- y Eduardo Noriega, malo de la función, puro estereotipo, graciosas sus coletillas en castellano. Lo demás se somete a la corrección ortográfica. Los renglones de la aventura se escriben a sobresalto medido, astutos resortes lejos del entusiasmo pero eficaces. No sorprenden las claves de este viaje transiberiano, todos los sobresaltos agazapados en pasillos y compartimentos, toda la sangre que empapa las blancas mesetas.
Tampoco veo originalidad en la crónica de una catarsis en la pareja americana en crisis -de intereses, como todas las crisis-. Pero tiene su gracia que sea la nueva Rusia, ese siniestro terreno abonado con la simiente de un pasado en sombras, el escenario que acoja huidas y recelos, narcotráfico y turismo, en unión desoladora. Los clásicos -su dibujo del miedo, de los más primarios instintos- quedan honrados a pellizcos de buen oficio.
Aún recuerdo una reciente versión francesa de esta joie de vivre, que los distribuidores renombraron con parecida coletilla. Allí era ODETTE (Eric-Emmanuel Schmitt, 2007) el epicentro de un optimismo sin peajes, indomable, puro. La película no contaba excelencias, pero era amable. La boca cedía al impulso de la sonrisa agradecida y clara. Sin innovar en calidades, sin brillos ni estridencias cautivó a golpes de simpatía. Tras ese reguero, Mike Leigh regresa a los ambientes que ama, que en el fondo son los que mejor conoce. Volvemos a su Inglaterra gris y de extrarradio, a los callejones proletarios tan jugosos para entonar semejante canto a la vida. Nadie mejor dotado si hablamos de seccionar la mediocridad y contar cuentos sobre miserias varias, de tanto gusto entre el público.
Leigh, lejos de manipulaciones, edulcora el retrato de ese paisaje revistiendo con fragancia naif algo que en el fondo no deja de mostrar sus esquinazos de amargura. Porque, pese al subtitulado en castellano, esta obra tiene poco de graciosa. Es fresca, sí, pero nunca revela las costuras de comicidad que vende un cartel colorista y excéntrico. No sé si por cierta insipidez global, pero el humor apenas se deja ver. Late bajo el tonelaje de ingenuidad descrita por los guionistas un tímido repaso a la rutina de una clase media de profesionales, las charlas que adornan el gentío de los pubs, la marea de sueños sin cumplir, la vida enseñando los dientes. Todo seducido por el trazo noble, sincero, en las antípodas del chantaje emocional, un maestro el señor Leigh. No hay duda.

El lenguaje sereno y falto de alardes es el mismo, pero el relato no enamora. Le sobran algunas escenas demasiado estiradas y esos (forzados) apuntes discursivos en personajes secundarios, sobre todo un profesor de autoescuela algo nazi para los tiempos que corren. Racismo, sistema educativo, independencia económica, el despertar a la madurez afectiva y laboral como mujer treinteañera en la sociedad que nos absorbe. Grandes cuestiones, de hondo calado y modesta escritura. Si hay algo que despunta es el rostro, el gesto, el dominio del matiz que demuestra la actriz Sally Hawkings. Comprendo que la irritación asalte a muchos espectadores ante una creación tan excesiva, tan risueña y agotadora. Un personaje en la frontera del histrionismo que en definitiva sirve para abordar la tesis positivista de la película. Y es que no hay más, todo redunda en la misma idea jubilosa sin verdaderas válvulas de ironía que den peso, que ensanchen 
El cine francés continúa colándonos su frecuente ración de comedia más o menos desenfrenada, a veces reflexiva, goteadas otras con el sabor de lo agridulce. Pero siempre logra filtrarlas. No entraré en el tema de cuotas de pantalla o el chauvinismo acérrimo que han ostentado desde tiempos remotos nuestros vecinos. Sólo me centraré en los retales que componen la última pieza desquiciada de Coline Serreau, peso gordo en la industria gala que cualquiera recuerda por la gamberrada ochentera TRES SOLTEROS Y UN BIBERÓN, germen de los productos yanquis que aflorarían como hongos y que intentaban rescatar su mismo acento irónico sin conseguirlo. Un periplo voluntarioso en el género le aporta el equipaje básico para elaborar esta historieta alocada y mordaz, un verdadero histrión que no reinventará los códigos de la risa (de toque europeo), pero que contagia vitalismo en inyección irresistible








Los personajes de BATALLA EN SEATTLE no actúan más que como vehículos transitorios de la idea vertebral del film, uno de los más interesantes títulos de la cartelera. Insisto. No se encuentra aquí el cine rutilante de efectos especiales, no se pretende emocionar con complejas interpretaciones, se evita el artificio a toda costa. Si el adjetivo realista pudiera definir alguna clase de películas (las hay), bien cabría adjudicárselo al bautizo de Townsend, pues el núcleo dramático de la acción se alterna con imágenes de archivo que ilustran los detalles reales del conflicto. De sobra conocemos los hechos objetivos, medibles, impepinables que han inspirado esta obra.

Sólo el mencionado boceto de unos personajes relegados a un segundo plano impide redondear un buen intento de Townsend -a la sazón compañero sentimental de Theron- por construir opinión sobre uno de los capítulos más reveladores del buen espíritu ciudadano de la modernidad. Su debut es correcto como obra cinematográfica, pero supera la valla de los productos dignos por su carga de humanidad, no cifrada en las desgracias visibles que infectan el subsuelo de nuestra rutina. En todo caso una desgracia pandémica, la tremenda y desoladora certeza de estar empeñados en destrozar todo lo que siglos de evolución pretendieron instaurar. Sin medir consecuencias.
Sabiendo que es la única forma de mutilar las mismas libertades que el político de paso nos vende desde su tribuna. Los peligrosos, dirá éste -bien flanqueado por sus asesores-, son los cientos de cuerdos que se encadenan a las puertas del huracán para frenar el gran desastre. Cosas de las altas esferas.