11/11/08

LAS HORAS DEL VERANO: recuerdos de familia

No será la última vez que venga este cine vocacionalmente autorial -de nuevo cosecha francesa- a vueltas con la familia. Pocos recintos humanos tan propensos a la disección lúcida, otras veces sólo al discreto surtido de dialéctica enrojecida, silencios, adhesiones. Si hay suerte y la escritura hace honor al conflicto que se muestra, los miembros reunidos pueden experimentar una especie de catarsis emocional que traspase la pantalla hasta calar en el espectador. No es imprescindible confesarse discípulo de Bergman o Woody Allen para que una óptica intuitiva -extensible al rigor narrativo- riegue los cauces por los que hacer discurrir el casi siempre jugoso tapete de reproches y demás lindezas. Es ardua tarea, pero basta esquivar los baches discursivos, usualmente asociados a la sobredosis de intelectualidad.

Olivier Assayas se ajusta a un patrón intimista confeccionado con base en el diálogo, armazón desde el que levantar el drama familiar. Y declara sus intenciones nutriendo de verborrea el encuentro campestre del prólogo, nada original festín de afectos sobrevolados por los espectros del pasado. A partir de ahí se destapa una historia de legados artísticos e incesto oculto, dato que sí podría elevar el peso dramático de un conjunto finalmente desequilibrado. Y es que encuentro poco estimulante la premisa que irá revelando la madurez afectiva y fraternal de los tres cuarentones tras la muerte de la matriarca. La sombra de esa figura -inmortalizada en la mansión sólida, omnipresente- sirve al director para ensamblar propósitos de análisis no siempre capaces de generar auténtico choque emocional -en quien asiste a la función, se entiende-. Gran lastre si tenemos en cuenta que es casi lo único que justifica este tipo de propuestas. Me vino a la memoria aquél otro dibujo de la sacrosanta institución dirigido por Mike Leigh hace unos años (SECRETOS Y MENTIRAS, 1996), pero no quise recordar su prodigioso empleo del bisturí, tampoco sus escenas precisas, menos aún la contundencia de los sentimientos aireados.

La película de Assayas explota la elipsis temporal como marca del trayecto, es el recurso que permite encadenar encuentros de ritmo desajustado, lindantes con el aburrimiento. Insisto en la exigencia de un manto de conexión entre el texto y el público, aquí tan ligero que sólo el personaje de la madre -si me apuran, el de la vieja ama de llaves- perdura. Lástima que sea breve. Todo lo demás articula un viaje entre pasado y presente desabrido, falto de sangre, una elegante exposición de encrucijadas ante la vida adulta que no logra traspasar. En ningún momento recibí el calor previsible en un relato afincado en el poder de la memoria y sus meandros. Borroso es el apego hacia los hermanos herederos de la fortuna, tal vez porque no cuaja el dibujo generacional, ese bloque de intenciones, fracasos y querencias nunca nos alienta, no conmueve. Para más carencias, dura poco el espejismo de una melancolía que rocía luz y banda sonora como principales recursos estéticos. Percibo que la narración, embalada desde el esmero y las buenas formas de Assayas, fatiga a ratos, y siempre se sustenta en pilares de blandengue arcilla psicológica. Es precisamente esta base la que caerá vencida, pese al regalo de frescura y mirada intensa de Juliette Binoche.

Lo más memorable en un tibio y algo fallido recuento de opciones vitales con sus frágiles lazos afectivos. Los recuerdos (y nuestra buena disposición) hechos retales, mientras una casa -todo su mobiliario de infancias, su impulso creativo, sus secretos alfombrados- sigue resistiendo las embestidas del tiempo.

10/11/08

QUE PAREZCA UN ACCIDENTE: pedorreta sin gracia

La caspa vuelve a clarear las sienes de la industria patria. Parece una broma pesada que cada año se regodeen los de siempre en la cantinela victimista en torno a la escasa promoción del cine hecho en este país para luego vomitar productos como éste. Entiendo, hasta justifico, al agnóstico que dicta sentencia en contra de una abanico temático ceñidito -algo que va enmendándose- y una carta de estilo lastimosa. Cual abogado de una causa perdida, me canso de divulgar los minúsculos méritos de muchas de las historias estrenadas, aún sabiendo que el alegato caerá en saco roto. Creo que empezaré a cuestionarme los principios.

Supongo que la imperiosa necesidad alimenticia habrá obligado a Carmen Maura y Federico Luppi a liderar una de las propuestas más banales y ortopédicas fabricadas con sello propio. Gerardo Herrero parece empeñado en transitar todos los géneros con tal de forjarse una personalidad que aún hiberna detrás de proyectos más voluntariosos que excelentes. Presumo además que no logrará régimen de autor con esta farsa pretendidamente sofisticada, penetrada por gruesos sablazos de thriller cañí rotulado a lo zafio, gentil catálogo de despropósitos, olvidables, olvidados ya, de hecho.
Tal vez me equivoque y sí haya propósitos firmes tras la floja comandancia de una nave perpetrada para acoger nuevos -y jóvenes- acólitos. Si es así, cabe desestimar el intento por sacar las pantunflas de una comicidad rancia con que hacer explotar el falso globo de intriga construido. Es intolerable el recurso a un estante de parodia chusca, me gustaría decir que próxima al esperpento, pero ni siquiera emparentada de lejos con tan noble género cómico. El esqueleto narrativo traba sus coordenadas desde la eterna historia de enredos, ahora con suegra suspicaz en pleno ahínco asesino -pero de encargo, para más inri-. O sea, se centra Herrero en filtrar aires de mascarada criminal a una trama que se quiere divertida y apenas llega a despertar una tímida sonrisa. Con ello, el honroso efecto del equívoco se diluye, perdido en una sucesión de gags tan endebles que algunos adolescentes podrían convertirlos en objeto de culto. De llanto.

Intento templar mi enojo al comprobar la herencia de los peores aromas de un pasado (creativo) deplorable. No criticaré ahora, visto lo visto, que la masa cinéfaga devore barrabasadas de hermanos por pelotas, o de padres de él, o de ella, o de pirados atrapados y demás fauna. Tienen también aquí ocasión de hartarse a golpes de chascarrillo tosco, podrán subirse al andamio acartonado que soporta chistes de cuadernillo, aparente mordacidad entre familiares e hinchada de tics interpretativos. El exceso gobernando los renglones subrayados del exabrupto. No es más que eso. Nada del arsenal desplegado huele a original, nada escapa a la fórmula de baratija soportada en la mecánica y plana dirección de Herrero. Faltaría mucha tralla para alcanzar las fronteras de una (negrísima) comedia, esos flirteos con el riesgo, incluso el homenaje al género que otros más dotados -Gómez Pereira, Trueba, De la Iglesia- lograron explorar. Creo que dejaré de soñar en la ironía engordando textos hasta hacerlos dignos de recordar. Si alguna vez dejan de confundir la ligereza con la estupidez, eso que me llevo.

9/11/08

LOS LIMONEROS: el fruto de la discordia

La buena práctica del arte sólo atraviesa umbrales de lucidez cuando se desnuda de pretensiones. Si se torean los cabezazos del panfleto, el dogma o cualquier otro virus tan goloso, el cine puede entonar las verdades del mundo despojando aditivos sensacionalistas hasta su esqueleto grotesco, rotundamente eficaz. Los flecos del conflicto árabe-israelí aún ondean como germen dramático de obras facturadas desde lo pequeño, no así respecto a su tallaje emocional. Me remito a la reciente LA BANDA NOS VISITA (Eran Kolirin, 2007) para valorar la grandeza de esta nueva muestra de una industria hebrea pujante, en cierta forma osada por desvelar sombríos rincones de una realidad política indigesta, aparentemente opuesta a los valores de progreso que pueden filtrar los argumentos más diversos.

Y calan esos apuntes de lo real por los poros de la fábula minúscula perfilada a base de ternura. Suele ser ésta el cauce más sutil de la crítica y el modo menos lacerante de difundir puntos de vista de la controversia. No hay ninguna opción narrativa más elogiable que la metáfora hecha imágenes diáfanas, guía de nuestra mirada ética y humana. Lo consigue por descontado el director israelí Eran Riklis en su noble reivindicación de la historia, del peso del pasado como coraza frente a posturas de ocupación ya ancestrales. No faltará razón a quien sopese el simbolismo fácil del relato, que usa los árboles del título para elaborar el mensaje vertebral en cierto modo previsible. Sin embargo puede encontrarse la descarga de honestidad latiendo bajo los mimbres trenzados, y casi podría aducirse esta virtud escasa hoy en día como defensa del material en bandeja, auténtica carne de metralla discursiva.

Alumbra, no enturbia, el debate la amable parábola construida a modo de alegato en pos de las libertades pisoteadas, en este caso las del pueblo palestino que encarna la figura de la viuda -magnífica Hiam Abbass-. Se descubre, agazapado en la frondosa arboleda, el recurso a la sutileza frente al neumático grueso a la hora de visitar terrenos dignos de voz, la del cine en tanto espejo de infamias. Es bastante notable que el conjunto no despida el tufo maniqueo, valorando el origen del director. Por eso cuesta aceptar la soltura narrativa, incluso asimilamos sin esfuerzo el golpe de calor que un hermoso final logra transmitirnos. Poco o nada de este cuento apunta a los bajos del sentimiento, todo lo que nos narra Riklis eleva el peligro de impúdica y lastimosa demonización que cercena otras propuestas, curiosamente las que modelan la óptica yanqui respecto al conflicto. Lo que aquí se esboza termina sorteando los baches incendiarios, la soflama o el regusto melodramático, y puede hacerlo gracias a un lenguaje sobrio, un uso casi melancólico de luz y espacio y (lo realmente importante) la perfecta sintonía entre escritura -concisa, directa, ajena a las retóricas- y la devastadora limpieza moral que la sustenta.

Es por todo ello que el discurso no alcanza márgenes denostados, desplegando la baza de sus afectos muy lejos del tumor manipulador. Los personajes chorrean cercanía, contorneados por medio de intuición, rasgados de emociones pulcras, contundentes retazos de un choque cultural e ideológico que se torna ejercicio de amor hacia esos seres anónimos, fantasmas que el gran político ignora apoltronado en su tozudez. Queda bien articulada la radiografía de un entorno social y las gentes que lo pueblan, las de ambos bandos. Merece destacarse a la esposa del ministro como expresión del utópico entendimiento entre dos naciones enfrentadas. Ella -contenida expresividad la de Rona Lipaz-Michael- hace cuestionar la férrea voluntad del gobernante cegado por el miedo, anclado en una histórica huida de la razón. Delicioso el modo de encarar a ambas mujeres sin que crucen palabra alguna, su silencio es la grieta elocuente por la que rebosa la esperanza en un futuro más tolerante, mejor.
Una propuesta, en definitiva, impregnada de un edificante toque lírico que en ningún momento encuentra seducción en gratuitos patriotismos, falacias, terrores.Dejemos éstos y su ramaje siniestro para el tiempo de informativos. O para las malas películas. La misión del cine llamado a perdurar es rebañar los sucios colores del mundo y restaurarlos a golpes de integridad, sin otra estridencia que la que marcan las buenas maneras.

EL PATIO DE MI CÁRCEL: libertad entre rejas

El temor al topicazo carcelero, a un modo estandarizado de mostrar la privación de libertad, me estreñía las ganas de ver esta pequeña película. Lo digo en pretérito porque al fin he podido desatar íntimas querencias por el cine nacional y disfrutarla. Aludo a lo del tamaño no con rebaba crítica, sino para constatar la grandeza de esas obras inyectadas de honradez. Son esas películas modestas, acomodadas a un presupuesto parco y levantada con el chorro talentoso de su reparto, en este caso brillantemente femenino. Belén Macías recibe la protección de El Deseo de Almodóvar en su primer abordaje como cineasta, y se nota.

La influencia la filtra un argumento amenazado por los perfiles del melodrama. Ya conocemos el primer imaginario almodovariano, ese terreno plagado de seres marginales que logró dibujar un rostro delirante de nuestra sociedad, en la infancia de su democracia. Personajes que caían seducidos por todos los abismos de la vida, y que el manchego puntuaba de humor gamberro, insobornable. De hecho sitúa Macías la acción en la década de la heroína, una cárcel para mujeres como escenario de esta tragicomedia coral, eficaz pildorazo de ternura que, sin ser brillante, logra conmover (qué palabra, la amo).
Nada realmente insólito circula por las líneas de una historia sobre una panda de desahuciadas del mundo, incapaces de salir a flote más allá de los muros de la prisión. Asistimos a personajes tipo como la funcionaria veterana y estricta a la que tendrá que enfrentarse la nueva y más comprensiva. Son las dos caras de un orden penal a cuyo sistema queda supeditado un catálogo de presas con que encarnar los colores de un sentimiento castrado, apenas renacido gracias al grupo de teatro interno. Inspirada en un colectivo real de reclusas, la columna dramática levantada por Macías baraja cartas seguras para calentar emociones, como es la mutilada maternidad de la protagonista a causa de su adicción a la droga. Verónica Echegui -la mejor, la más dotada actriz de su generación- borda de intuición y ternura, regala mirada intensa a un papel a punto de desplomarse hacia el cliché, en lo escrito y en los excesos de interpretación. Pero el peligro de una sobredosis de azúcar se esquiva gracias a su talento brutal y a las dentelladas de frescura e ironía que marcan los diálogos, siempre gobernados con precisión e inteligencia. Otra vez el humor para mitigar el crudo muestrario de las miserias.

Bajo la esquemática colisión entre internas y funcionarias observamos un cuestionamiento de la rigidez en métodos y condiciones del nuestro régimen penitenciario -el de los lejanos 80-, aunque no es el leit motiv de la función. Sin brillos ni excelencias visuales se va trazando la red afectiva entre reclusas en paralelo a sus vis a vis con familiares, las visitas de la realidad que las excluye. Cierto que no se presta igual relevancia a todas las mujeres, pero al final queda claro el pedazo de felicidad que encuentran mediante la expresión artística. Las ingenuas obras teatrales comprimen sueños de una falsa libertad, el reducto de autonomía negada cuando realmente se es libre. Es en estos bloques donde la grotesca sombra de tragedia deja de amenazar, son las pinceladas coloristas tiñendo un paisaje en el fondo desolador. Al mismo tiempo permiten salvar un guión de poco riesgo, tal vez algo complaciente en su variado mosaico de féminas -los hombres carecen de peso dramático-. El espejismo de comicidad es breve, ya que un contundente broche -no por predecible menos triste- nos recuerda que la puta vida se impone.La bocaza de la desgracia vuelve a sembrar ese mal bajío en el espectador, ya decididamente rendido al quiebro de voz de Echegui y una Candela Peña empeñada en hacernos jirones igual que ella. Esto sí que es cine digno, minúsculo en sus trazas, gigante en el recuerdo.

7/11/08

GOMORRA: el poder es nuestro

Si hurgásemos en la fachada noticiable de las redes de corrupción, asumiríamos la cojera del cine para retratar sus tripas. La ficción no ceja en su empeño de trasladar realidades tan infames que cuesta digerirlas, asimilarlas como tangibles, por encima de fronteras y gobiernos. Ahí está el recuerdo de piezas de incontestable valor con las que hemos alimentado vigilias cinéfilas a la búsqueda de ambientes ya mitificados.

Pero lo que cuenta Matteo Garrone está lejos del mito. De hecho es lo más alejado al halo de glamour que impregna legendarios dibujos de las mafias, ya sean en los siempre cinematográficos EE.UU, en Europa o -recientemente con más ímpetu- el distante Japón. El retrato de un país infectado por el poder criminal y económico de la Camorra se revela uno de los más veraces, contundentes y escalofriantes que puedan asaltar pantallas y espíritus atentos. Me aparecen sus imágenes sobrias siguiendo una estela de cine con vocación de testimonio, directo gancho a los tabiques de nuestra conciencia aletargada, bien instalada en su palco para que las verdades incómodas se miren desde arriba. Dispuesto a provocarnos la colisión emocional, Garrone adapta la novela de Roberto Saviano, todo un valiente que está en la punta de arma de la organización napolitana desde la publicación de su obra. Ni más ni menos que otra víctima de la gran confabulación mundial para mantener diversos estatus de poder, aunque sea mutilando libertades creativas y una maleta de honestidad. Que se lo digan a Salman Rushdie.

Con el escudo protector de esa mirada directa, áspera, ajena a la contaminación del mercadeo, van desplegándose las cinco historias hasta articular un todo revelador, la textura recia y un montaje afilado como herramientas estéticas. Cierto que no se persigue estilizar la violencia y sus ramificaciones. Es obvio que no se pretende idealizar la trastienda demencial de una sociedad a golpes de pericia visual. Pocas veces como aquí -tal vez en la reciente TROPA DE ÉLITE (José Padilha, 2008)- surgen los esquinazos más siniestros de la vida desnudos de esplendores para que bebamos sus chorros. La cámara de Garrone se acerca a las piezas de este tapiz humano, respira su aliento entrecortado a balazos, nos contagia la amenaza constante y logra impregnar de autenticidad los recursos para sobrevivir al caos. Asistimos atónitos al dibujo de ambientes y situaciones a trazos sucios, los únicos válidos a la hora de describir el día a día en el fango.

Me satisface que la industria italiana aborde los efectos de un virus de tal calibre. El debate social necesita asuntos de controversia rescatados de los suburbios, germinados en el ámbito cotidiano de gente humilde para entonar la denuncia de un peligro extendido a gran escala. Las guerras mutan, los conflictos se desdibujan, quedan lejos las trincheras neorrealistas del maestro Rossellini, su paisaje desolado. Las luchas son, en el siglo de internet y del sistema de valores en reventa, por algo tan prosaico como el engorde de las arcas. A decir verdad, como siempre fueron, pero enmascarando ahora los métodos más tenebrosos bajo el rostro del empresario próspero, sospechosamente ajustado a la ley. Lejos temáticamente de los grandes clásicos del maestro, hereda esta película su valiente óptica coyuntural, la casi insoportable carga de honradez que un lenguaje sin adornos nos transmite. No descubro el panfleto moralizante oculto tras las callejuelas. Percibo la ausencia total de cierres concluyentes bajo el fuego abierto. Lo que perdura es la pintura fiel de un entramado deleznable impulsado por motores de sordidez, la integridad moral diluida al modo de residuo tóxico.

De toxicidad y sus derivados se nutren los eslabones de un esquema narrativo eficaz que no desequilibra el retablo de vidas en el abismo. La red de influencias y extorsiones, el intercambio de poder, la violencia como un juego entre chavales imitadores de Pacino y su Scarface. Van asomando los retales del infierno para que el espectador los reconstruya y engarce si en su masa cerebral, incluso en las fibras de un estómago sensible, queda espacio libre tras el golpe. La sensación es la de solidez formal, ética y humana, grandes adjetivos todos, el umbral de la inevitable reflexión. Y no es necesario rociar de épica de bisutería una pieza con perfiles tan rocosos, ya los poros mugrientos de la realidad la destilan a borbotones.

29/10/08

QUEMAR DESPUÉS DE LEER: The Coen Confidential

Qué difícil es ser gamberro en estos tiempos de humor prostituido, carnaza emocional y mala hostia. Hace un cuarto de siglo la cosa era distinta. Dos hermanos dotados para lo del cine dejaron huella fundacional en el género negro, no ya porque reinventaran patrones de adscripción clásica, más bien por reelaborarlos bajo una óptica peculiar. Las tintas de hilaridad sin complejos fueron trenzando desde SANGRE FÁCIL (1983) un universo insobornable, el sarcasmo y la dudosa moralidad como signos de su abanico temático, pero también sello con que trazar personajes que no escapaban a sus brochazos ingeniosos.

Tras la lacónica y-según el grueso de la crítica- magistral NO ES PAÍS PARA VIEJOS (2007), que a este cronista dejó indiferente, regresa la pareja acorazada en las marcas de fábrica incapaces de defraudar. Percibo, bajo el perfil de divertimento entre colegas, una vuelta al paraje de comicidad donde más cómodos se encuentran, será tal vez porque retoman su íntimo concepto de historia paródica, desprejuiciada y absolutamente libre. Algo de lo que carecía la turbia adaptación de Cormac McCarthy, vencida por el peso de su caligrafía austera y un cerebral -en mi opinión, gélido- sentido de la puesta en escena, por lo visto fiel a la novela.

Recupero a los Coen juguetones, autocomplacidos por saberse dueños de un código inconfundible que aquí funciona a la suiza -de relojero, me refiero-. Puestos a escarbar en los mecanismos del humor, hilan al milímetro un mosaico inspirado esta vez en el thriller de espionaje en las altas esferas, territorio nutrido últimamente desde el recato y una excesiva seriedad. Ni siquiera los créditos del inicio, alusivos a una intriga de vuelo internacional, llaman a engaño, de hecho prologan lo que no deja de ser una metódica broma de diseño. Otra pura sesión de talento, entendámonos. No puedo decir que la carcajada estalle irrefrenable, no se trata de una comedia descerebrada, recurrente o zafia -joyas de la taquilla dominguera-. Aún así, me sorprende su permanencia en el primer puesto de la recaudación patria, auténtico espejismo que obliga a cuestionarme la intuición del público, más animoso para recibir cualquier otra clase de anestesia intraocular.

Se ajustan -decía yo- los resortes cómicos a un relato sin tregua, mecánicamente perfecto. Se van pincelando la excentricidad, el toque histriónico, los impulsos neuróticos, aunque apenas queden esbozadas sus motivaciones. No creo que sea lo importante. Erigido a modo de bola de nieve, obedece el guión las exigencias del artificio en torno a un macguffin que, sin embargo, en ningún momento hace peligrar el sólido timón narrativo. Es por esta aparente gratuidad que la excusa argumental deja asomar el absurdo, a trechos lo grotesco, recorriendo los huesos de un suspense casi siempre eficaz, genuino entramado que incita a empaparnos de su sencilla complejidad. Actores de renombre -cómplices en la diversión- aportan el rollo empático imprescindible a la hora de recorrer una senda de secretos y mentiras, informaciones de alto riesgo y confusión detectivesca de pacotilla. Los Coen -muy listos- aprovechan el tirón para desentrañar los recovecos de un laberinto que no es tal, al final el engranaje de falsas apariencias y culpables por azar se queda en esquema básico de la travesura desenfrenada. Cine que se ríe de sí mismo y de todo lo que hasta entonces se ha hecho.

Quizás enriquezca la trama una doble lectura sobre las artimañas del poder para conservar intactas sus redes de influencia. Descubro los morros de la ironía en esa Frances McDormand empecinada en reconstruir su cuerpo, víctima de la dictadura de la belleza que observa cada día en el gimnasio. Aletea de paso un tono mordaz al describirnos el cruce de personajes hartos de soledad -o de fracasos matrimoniales- y carne de webs de contactos. Pero nada cae en los juicios moralizantes ni en solemnes conclusiones. Y es que nada traspasa los márgenes de la caricatura inteligente, ese rizo de lo verosímil mediante el que se configura un dibujo a la vez excesivo y contenido, paradójica fusión de memorable solvencia en FARGO (1996) y EL GRAN LEBOWSKI (1998). De nuevo los creadores apelando a su intuitivo disfrute del oficio. Una suerte de demiurgos manejando los hilos de sus criaturas hasta doblegarlas -también a nosotros- a una voluntad que sigue sin naufragar. Autoría lo llaman algunos. Yo prefiero lo de genialidad. Suena mejor.

CENIZAS DEL CIELO: la vida contaminada (manual de idealismos y ecología)

Hay veces en que una buena colleja de una mejor conciencia se hace necesaria. El peligro es la indigestión por exceso, cuando el cine exprime su función divulgativa y convierte nobles propósitos en ladrillo discursivo casi estomagante. Quirós insiste en explorar terrenos de injusticia social, tras aquella curiosidad titulada PÍDELE CUENTAS AL REY (1999), que ilustraba precisamente eso, el tozudo periplo de un minero asturiano hasta las puertas de la Zarzuela para recibir explicaciones del monarca por el descalabro de su sustento vital. Tuvo su gracia enfocarlo así. Menos divertida (pregunten a cualquiera del gremio) era la problemática real que inspiró la anécdota.

Sigue el subgénero socialista de nuestra industria dando cancha a los desfavorecidos. Son carne de emoción, expresan ideas y sentimientos tangibles, de una cercanía nacida en la letra impresa de un periódico, en el pueblo de al lado, en nuestra comunidad. Cine que no se arredra, ataca incluso, sin atenciones estéticas ni onanismos creativos. Curiosamente lo que más me sorprende de esta -por otra parte- didáctica propuesta es que las alforjas combativas no rebosan, al final la balanza entre el dibujo de humanidades y su trasfondo crítico encuentra equilibrio. Tampoco cabría calificar de brillante el resultado. No haré de juez inflexible, agradezcamos que aún se produzcan estas pequeñas películas, grandes de puertas adentro. Salen de los réditos facturados con orfanatos espectrales, casas endemoniadas y demás salvadores de la taquilla patria. De ahí salen.

El tono -más aún, el espíritu- de denuncia no engaña desde el rápido trazo de personajes y el conflicto vertebral de la historia. Cierto que resulta poco original servirse de un extranjero como hilo conductor con que canalizar rencillas y afectos y, de paso, como licencia narrativa para abordar la tesis. Orbitan alrededor de esta reivindicación de la vida vista por un foráneo los deseos minúsculos de gente clavada a sus orígenes, nuestros en definitiva. Descubrimos ansias de maternidad, el sexo liberador, ideales y frustraciones de adultos y jóvenes, todos atrincherados para defender un derecho inviolable. Si de algo pecara Quirós, sería de una honestidad sólida como las cuencas asturianas. Tanta -diría yo- que roza la ingenuidad. No es poco. El escocés -guía turístico, habitante del mundo, todo desarraigo- va absorbiendo la cultura popular del terruño donde recala hasta formar parte del engranaje, también él vive la protesta por delito ecológico, bien cierto es aquéllo de donde gritan seis caben siempre más. Personaje del plano ficcional para encauzarnos al ámbito de lo realista, excusa algo naif para presentar y hacer evolucionar el tapiz costumbrista en su aventura contestataria, acentuada de dignidad, borracha de sanas intenciones.

Me refería antes al tamaño modesto de un cine que ensancha miradas y flambea fibras emocionales. La de Quirós es la épica de los desheredados, y, guste más o menos, no escatima en dosis de actualidad con tal de enchufárnosla. Es ésta la amable crónica de una batalla común contra gigantes de desigualdad, lo que aquí salta a la palestra adopta perfiles vergonzosamente diáfanos, auténticos y sin recovecos. El sueño de una vida más pura es el de toda una comunidad, en este caso rural, de ahí que el discurso se escore hacia un muestrario antropológico tan discreto como eficaz. Recae así el peso de la acción en un ajustado reparto coral con personajes carnosos, ajenos a estridencias, olorosos a tierra húmeda, vitalistas figuras de un retrato sincero.
En estos tiempos de contaminación y podredumbre, rebajemos exigencias de lustre formal, apacigüemos soberbias de análisis y dejemos que la vida asome la cara lavada de pretensiones. La píldora de ideología concentrada pasará mejor a sorbos de humildad. Luego está el debate, el efecto revulsivo, la alta política y sus decisiones. Pero esto sí sería caer en utopías.