12/11/08

ASFIXIA: neurosis urbanas (nuevo mordisco de modernez)

Recelo de los modernos cuando su fuegos artificiales no ilustran una idea firme, sólida, memorable. Entiendo que el cine adopte nuevos modos expresivos con los que seguir descubriéndose, me parecen válidos y necesarios los resortes de creatividad para invadir nuestra mirada y cautivarnos. Pero me mosquea la grandilocuencia barata, los falsos aires de vanguardia, el tono gamberro si la gamberrada se queda en venta de humo. Me consideré un extraterrestre de la cinefilia cuando vi EL CLUB DE LA LUCHA (David Fincher, 1999) y no sentí algo distinto a la indiferencia, eso sí, tiznada de un ligero enfado. No me creía su atmósfera sucia, ni me empapaba su historia apocalíptica, hundida en el fango de su propia arrogancia. El gran caramelo precintado para ganarse acólitos de la causa moderna mostraba más trampa que cartón, y fue incapaz de hacer creíble su contundencia narrativa. Ni por Edward Norton, una de mis debilidades, la cosa acabó en romance. Con Fincher, me refiero.

Debe ser Chuk Palaniuk una especie de deidad para los parroquianos de la impostura, ese rebaño ansioso por devorar cualquier cosa que huela a nuevo. Esta película adapta su última novela y vuelve a contaminar el buen rollo del respetable a fuerza de diagnóstico sórdido de la especie humana. En cualquier caso me gustaría saber a qué clase de individuo radiografía la cámara de Clark Gregg, porque todo lo que discurre ante nuestros ojos es lejano, inverosímil, pendiente de un hilo tragicómico que bordea en muchas ocasiones la idiotez. La recurrencia a las terapias de grupo para encauzar a una panda de adictos al sexo se impregna del mismo aire pretencioso que enturbiaba aquel catálogo de machos violentos, con el fibrado Brad Pitt a la cabeza. Es ahí donde encuentro el mayor tropiezo a la hora de meterme en la historia, el escaso peso de la zanahoria que nos colocan ante el hocico.

Porque si la premisa es endeble, el desarrollo de la idea deriva hacia un terreno resbaladizo donde nada ni nadie suscita la menor emoción. No es difícil descubrir el deseo de abofetear las buenas costumbres, como otros han hecho mil veces antes. La pacatería moral, fácil diana, es objeto aquí de un golpe asestado desde los patrones estéticos que marca lo indie, no siempre adjetivo de astucia al escribir o tras la cámara. A cada paso notamos la textura de cine off, ese saco de títulos de presupuesto variable e idéntico tufo rompedor filtrados entre las gigantescas obras que tanto ama la reina taquilla. Es una sensación molesta, y crece con el paso de los (interminables) minutos hasta un final que nos reafirma en el desconcierto. El problema es que se quiere una obra lúcida, desbordada, aguda, sabio discurso sobre neurosis neoseculares entre urbanitas liberales. Y no es problema por querer serlo. El asunto alcanza cotas de insufrible delirio por no saber transmitirlo con eficacia, por hacer de una experiencia liberadora, casi catártica, caudal de divagaciones pedantes, huecas, diseñadas para deslumbrar al menos cauto. Aún más grave es la falta de comicidad en una película seducida por el tono transgresor, irreverente, como quieran llamarlo. De nuevo la facilidad de palabra y su pericia visual no logran enmascarar el mayor de los vacíos.

Siento que una gran señora del cine como Anjelica Huston haya sucumbido a la hipnosis de Gregg, no sé si por el mero reciclaje o por su fe en el proyecto. Ni siquiera su contenida creación de una madre demente -no más que el resto de personajes- me incita a digerir este ortopédico análisis de perturbaciones, dentro o fuera de los recintos psiquiátricos. Un ligero artefacto que se vuelve fatigoso y aburrido, por mucho color afectivo que se empeñe en otorgar. Pese a todo su arsenal de psicologías ahogadas en una sociedad alienante e icomprensible, nunca me fascinan ni divierten ni interesan estos raritos abocados a encontrarse en busca de una salida a su propio caos. Más allá de los créditos finales poco quiere conservar la memoria de un producto aparatoso, desnortado, desparramados los mínimos restos de coherencia que podrían defenderlo. Mal asunto si empezamos a adorar ídolos de hechuras tan flácidas. Muy malo.

2 comentarios:

babel dijo...

Pues es una pena, ¿no? Porque a mí me gusta Palaniuk...

Un saludo!

Diego dijo...

Yo también le tenía muchas ganas a esta peli :-(