10/3/08

ONCE: música y vida

Érase una vez un músico callejero de Dublín que ofrecía su virtuosismo a la guitarra a cambio de míseras monedas en mitad del gentío. El joven artista buscaba una oportunidad de triunfo mientras ayudaba a su padre reparando aspiradoras. Una noche, interpretando una canción cargada de dolor, alguien le aplaude. Es una solitaria, como él, alguien también a la deriva, a la espera de una emoción insólita. Los dos ilusos perciben que sus deseos, sus ilusiones, su esperanza, caminan juntos. Y deciden dejarse llevar. Les une un pasado sin cicatrizar, un núcleo familar herido y una maleta de talento sin explotar. Pronto dejarán que la ciudad testifique el único amor sólido que nace entre ellos: la música.

Con la reveladora certeza de encontrarme ante el incuestionable sleeper del 2007, no es sencillo condensar en palabras una experiencia que trasciende el simple análisis. La pequeña película de John Carney se coló en la cartelera con su humildad a pleno pulmón y nos regaló uno de las inyecciones de oxígeno más potentes de la década. Con su apariencia de cuento tradicional, esta sencilla historia en torno a dos perdedores con vidas que convergen acaba destilando ecos de la más elegante postmodernidad. Y no es la primera vez que se intenta vestir con el color de los nuevos tiempos un relato de inspiración clásica. Con algunos precedentes más rutilantes y taquilleros, su adhesión al género musical me ha parecido mucho más honesta, profundamente más emotiva y capaz de sustituir lo postizo y excesivo por retazos de vida pura, edificante, auténtica.

ONCE me estimula, me conmueve, me identifica, me transmite toda su carga de emociones genuinamente humanas, me alienta con su espíritu libre y sin complejos, me cuenta que los cuentos pueden seguir llenando de ilusiones nuestras vidas, aunque sea en apenas hora y media prodigiosa. Y lo hace desde una frescura y un naturalismo rabiosos, con la seductora imperfección de las cosas que nacen sin pretensiones. Es una película que transpira verdad a cada segundo, nada chirría, no hay estridencias, todo fluye con la cadencia de una banda sonora deliciosa, sembrada de inspiradas canciones que abrazan con cariño a los dos personajes y todo lo que les rodea. La música es un personaje más, el resorte que les mueve y les da plenitud. Es la brutal sinceridad de estas canciones la que dirige nuestra mirada por una historia urbana de encuentro y amistad, de pasión, de sueños, de comienzos imprevistos, de finales esperanzados. Canciones que esconden pequeños trozos de estas dos almas gemelas y nos los descubren desnudas, sin coartadas, dolorosas.

El director irlandés sabe que el material que maneja podía deambular por los callejones del melodrama, por lo que ha elegido mostrarlo con apabullante realismo. Una realización que obvia efectismos pretenciosos y se pierde en medio de la multitud, captando con veracidad estas pequeñas grandiosas existencias, sin dar la nota -nunca mejor dicho-, dejándolas que vayan calando en la retina, haciendo que vayan invadiéndonos con serenidad, con insólita discreción. Cuando nos damos cuenta, ya estamos seducidos por la fuerza de las letras y unas melodías bien insertadas, con funcionalidad narrativa. Es a través de los pasajes musicales como estos dos marginados se entienden de un modo más perfecto e inmediato. No hay nada más que vaya a definir su relación, ahí reside la astucia del guión, su radical originalidad respecto a los podridos esquemas de Hollywood. En este sentido, es esta una obra que proyecta su vocación de independencia, convirtiéndose en una hermosa y vibrante pieza de cámara para paladares receptivos. Carney y su equipo artístico arriesgan fuerte, pero al final nos contagian un vitalismo luminoso, melancólico, lleno de energía.

Si algo refuerza la creatividad de esta magistral ONCE es el magnetismo de unos actores que supuran verdad en cada plano. Glen Hassard y Marketa Irglova -que comenzaron una relación sentimental tras el rodaje- hacen más reales aún a estos seres errantes, los encarnan con entrega y profesionalidad -aun sin apenas experiencia anterior-, les dotan de ingenuidad, de patetismo, de fraternidad, de íntima y artística conexión. Su amor no es convencional, como tampoco lo será su experiencia juntos en el mundo de la industria musical. Los dos han sabido volar por encima de su miseria diaria sin que sintamos compasión, son unos supervivientes, han dejado atrás su historia de derrota y miran al futuro.

Todo ello comprimido en una perla de cine sublime que se viste con capas de ligereza para esconder una fábula compleja sobre la sencillez de la vida -¿o es al contrario?-. No imagino otro musical que, con un lenguaje tan directo, tan sutil, tan delicado, tan armónico, consiga un resultado tan gozoso. Es la marca de los grandes cineastas, los que ennoblecen su discurso con el mágico sonido de la realidad.

1 comentario:

redrum dijo...

Suscribo cada una de tus palabras, con varios meses de retraso. Un film único, diferente, con un derroche de talento y naturalidad que no se consigue con presupuestos desorbitados. Una historia musicada donde la magia nace de los acordes, y la historia avanza gracias a las letras de las canciones.

1 lujazo, film y crítica, caballero!

¡1 saludo!