22/10/08

HAPPY, UN CUENTO SOBRE LA FELICIDAD: what a wonderful world

Aún recuerdo una reciente versión francesa de esta joie de vivre, que los distribuidores renombraron con parecida coletilla. Allí era ODETTE (Eric-Emmanuel Schmitt, 2007) el epicentro de un optimismo sin peajes, indomable, puro. La película no contaba excelencias, pero era amable. La boca cedía al impulso de la sonrisa agradecida y clara. Sin innovar en calidades, sin brillos ni estridencias cautivó a golpes de simpatía. Tras ese reguero, Mike Leigh regresa a los ambientes que ama, que en el fondo son los que mejor conoce. Volvemos a su Inglaterra gris y de extrarradio, a los callejones proletarios tan jugosos para entonar semejante canto a la vida. Nadie mejor dotado si hablamos de seccionar la mediocridad y contar cuentos sobre miserias varias, de tanto gusto entre el público.

Se aparta el autor de EL SECRETO DE VERA DRAKE y TODO O NADA del cine combativo, honesto en su maniqueísmo, de Ken Loach. No enjuicia del mismo modo, el gran espejo de la realidad cruda y dura no cumple funciones didácticas. Leigh, lejos de manipulaciones, edulcora el retrato de ese paisaje revistiendo con fragancia naif algo que en el fondo no deja de mostrar sus esquinazos de amargura. Porque, pese al subtitulado en castellano, esta obra tiene poco de graciosa. Es fresca, sí, pero nunca revela las costuras de comicidad que vende un cartel colorista y excéntrico. No sé si por cierta insipidez global, pero el humor apenas se deja ver. Late bajo el tonelaje de ingenuidad descrita por los guionistas un tímido repaso a la rutina de una clase media de profesionales, las charlas que adornan el gentío de los pubs, la marea de sueños sin cumplir, la vida enseñando los dientes. Todo seducido por el trazo noble, sincero, en las antípodas del chantaje emocional, un maestro el señor Leigh. No hay duda.

El problema no es el buen propósito, sino la escasa brillantez del resultado. Lo que en la magistral -uno de mis títulos favoritos de los 90- SECRETOS Y MENTIRAS fue mezcolanza sabia de acidez y ternura se atasca ahora en una historia sin progresión dramática, irregular y difusa, a caballo entre el drama hiperrealista y la fábula con mensaje. Obra más cercana al tapiz descriptivo sin hueco para la emoción intensa, ni siquiera se refugia en ella la compasión, el ánimo piadoso. Una lástima si atendemos al espíritu humanista que alenta el trabajo de Leigh y pretende elevar un relato de sencilla construcción hasta el altar de la crítica social. Falta ese toque cautivador, falta la chispa emotiva. Lo demás está, y como siempre. Abundan los planos largos, las escenas prolongadas, el estilo de la casa deja su marca. Ya sabemos que el cineasta nunca quiso hacer estética, los pliegues del arte adoptan en su caso el agridulce sabor de la poética de barrio en forma de guión férreo, su lirismo nos lanza petardos de inteligencia a la cara gracias al diálogo preciso. Así, sin esfuerzo aparente, nos reconocemos por encima de abismos geográficos. Sin artificios ni malabarismos visuales.
El lenguaje sereno y falto de alardes es el mismo, pero el relato no enamora. Le sobran algunas escenas demasiado estiradas y esos (forzados) apuntes discursivos en personajes secundarios, sobre todo un profesor de autoescuela algo nazi para los tiempos que corren. Racismo, sistema educativo, independencia económica, el despertar a la madurez afectiva y laboral como mujer treinteañera en la sociedad que nos absorbe. Grandes cuestiones, de hondo calado y modesta escritura. Si hay algo que despunta es el rostro, el gesto, el dominio del matiz que demuestra la actriz Sally Hawkings. Comprendo que la irritación asalte a muchos espectadores ante una creación tan excesiva, tan risueña y agotadora. Un personaje en la frontera del histrionismo que en definitiva sirve para abordar la tesis positivista de la película. Y es que no hay más, todo redunda en la misma idea jubilosa sin verdaderas válvulas de ironía que den peso, que ensanchen sus márgenes, aquí más indefinidos que de costumbre. Su viaje a los suburbios es incapaz de superar el rango de boceto, bastante afinado recreando terrenos físicos, menos capacitado para insuflarnos la carga de oxígeno prometida.

2 comentarios:

redrum dijo...

Totalmente de acuerdo. Por momento insinua una brillantez desbordante que su falta de rumbo convierte en un acertijo narrativo, o directamente un sinsentido.

O te aferras a la labor de Sally Hawkins y a las propias conclusiones que uno pueda sacar, o Happy acaba por ser un reportaje sobre una chica afectada de positifilia crónica.

¡1 saludo!

Kasker dijo...

Será un film menor en la carrera de Mike Leigh pero aún así tiene mucha más sustancia q los films mayores de muchos. Me quedó con el trabajo de Eddie Marsan haciendo del amargado profesor de autoescuela y en concreto con la escena en la que le pregunta a Poppy sin mirarle a la cara y haciendo pucheros si el hombre con el que la vió era su novio. Impresionante!.

Un saludo.