14/8/08

CALIFORNIA DREAMIN´: bienvenido, mister yanquee

Da lo mismo el conflicto del que se trate. En cuestiones de belicismo que involucren al ejército americano -que son casi todos los fregados allende el Atlántico- una óptica ajena a su poderosa industria alumbra más esquinas de las imaginadas. No por azar recuerda CALIFORNIA DREAMIN´ a la franco-israelí LA BANDA NOS VISITA (Eran Kolirin, 2007), cuyo relato también se varaba en un limbo físico como metáfora deliciosa del entendimiento entre dos pueblos forzados a convivir. Salvando distancias espaciales y también artísticas, ambas obras esquivan las grandes gestas que engordan las enciclopedias. Su misión, ésta en verdad humanitaria, es enunciarnos la pequeña intrahistoria tal y como nadie la conoce, perfilando la voz y el espíritu, modelando el corazón animoso de seres anónimos dueños de su rutina, figuras borrosas ajenas al despacho del estratega pero a la larga marionetas de sus designios.

Como en el benévolo cruce de caminos entre egipcios y hebreos, la sátira recubre muchos de los tramos de esta pintoresca película. Cristian Nemescu, su malogrado artífice, no logró ver el montaje final ni tampoco podrá catar el halo de culto que quizá recaiga en su obra, de trazo pausado y cámara inquieta. Porque no es ésta una excelente pieza visual o envoltorio maqueado para recubrir flaquezas en la sustancia. La póstuma del joven Nemescu viene a confirmar la pujanza de la industria rumana, el legítimo magisterio de la compatriota 4 MESES, 3 SEMANAS, 2 DÍAS (Cristian Mungiu, 2007), brutal y descorazonador viaje al infierno en pleno cénit Ceaucescu. Y ratifica ese pedestal adquirido armado de inteligencia, con la sola herramienta de la mordida irónica sobre una historia mínima. Otra más digna de atención, otra vez la mirada puesta en terrenos de cotidianeidad en mitad de ninguna parte, territorio casi fantasmal que alberga ruindades y desencuentros, afectos imprevistos y combates de egos, la sexualidad fortuita y la barrera idiomática a la postre sorteada. El simbólico trayecto que maquina Nemescu viste el ligero fuselaje de una fábula localista, neuralgia de conflictos personales bajo el gran conflicto burocrático que enhebra la función. Armand Assante -rotunda presencia- encara sin éxito el bloqueo de su convoy ordenado por el corrupto jefe de estación de esa recóndita e imprevista aldea, verdadero escollo en el camino hacia una Kosovo en los estertores. La obcecación del personaje choca con la cuestionable eficacia de las altas esferas occidentales, trasiego de llamadas telefónicas mediante, en la práctica estériles. Radica en esta premisa lo insólito de una propuesta amable sólo en continente, pronto desplegará el libreto su arsenal de crítica mordaz al caciquismo provinciano frente al intruso -en este caso, la soldadesca de la era Clinton-, hilando con delicado esmero las intimidades que despierta situación tan descabellada entre invasores y autóctonos. Es por ello que los tintes políticos del conjunto, toda la convulsión laboral que vertebra gran parte del relato se aloja dentro de un edificio emocional bien construido, asentando los dramas interpersonales al modo de dibujo polimorfo de ese choque cultural al que yanquis y rumanos se ven abocados.

Quizá susceptible de acortar su duración, esta parábola condena la inoperancia militar y los rigores del capitalismo voraz en pequeñas comunidades, donde a veces el alcalde no es más que un títere al servicio del yugo explotador del empresario. De paso se cuela una divertida reflexión sobre la capacidad de vencer abismos lingüísticos, de cambiar afectos sin la evidencia de la palabra (o con pobres traducciones de los discursos). Cruces de miradas, hilarantes malentendidos, impetuosos arrebatos que dan pie a secciones de impagable eficacia, festivas muestras del humor bien asumido y plasmado sin que lo burdo asome el hocico. Se cuentan como gemas memorables la imitación de Elvis Presley en la fiesta, todos los detalles del cortejo de los militares reventados de testosterona al sector femenino o el discurso de Assante en apoyo a los lugareños cansados de corrupciones. ¿Pueden los americanos, tantos años esperados, dirimir diferencias aunque no les incumba? ¿Pueden erigirse en héroes de causas peregrinas, en salvadores de patrias chicas? La comicidad, sin rozar el ámbito delirante y macarrónico de Kusturica, orienta cualquier posible respuesta. Lo que equivale a afirmar el talento de alguien sobrado de ingenio por bascular entre lo costumbrista y lo burlesco, por torear la rigidez del cine combativo e instalarse en un equilibrado sarcasmo. Por hacer de su fábula agridulce un recodo atemporal de esperanzas, la trastienda de cualquier guerra en cualquier frontera. Sólo esos explícitos flashbacks en blanco y negro parecen enfatizar que terrores pasados se mantienen en el recuerdo como miedos aletargados, renacidos por una nueva ocupación, aunque esta vez pacífica y con garantías diplomáticas.

2 comentarios:

Diego dijo...

Me alegro mucho de que rescates esta estupenda película, que tiene todas las papeletas para caer en el olvido a la vista de las fechas y las condiciones tan catastróficas en que se ha estrenado.

Pero no hablas de Maria Dinulescu, que a mí me tiene postrado en cama con fiebre alta desde que vi la peli hace ya unos cuantos días...

babel dijo...

Esta película es una de las que tengo en proyecto también en mi blog. La verdad es que me sorprendió muy gratamente. La comparación con "La banda nos visita" no se me había ocurrido. Es verdad que la temática encuentra puntos comunes, pero Nemescu superó en mucho a Kolirin, como yo lo veo.
El cine rumano actual es un filón importante a tener en cuenta; lástima que Nemescu ya no nos ofrecerá más deliciosas historias mínimas como esta.