
Tras la lacónica y-según el grueso de la crítica- magistral NO ES PAÍS PARA VIEJOS (2007), que a este cronista dejó indiferente, regresa la pareja acorazada en las marcas de fábrica incapaces de defraudar. Percibo, bajo el perfil de divertimento entre colegas, una vuelta al paraje de comicidad donde más cómodos se encuentran, será tal vez porque retoman su íntimo
Recupero a los Coen juguetones, autocomplacidos por saberse dueños de un código inconfundible que aquí funciona a la suiza -de relojero, me refiero-. Puestos a escarbar en los mecanismos del humor, hilan al milímetro un mosaico inspirado esta vez en el thriller de espionaje en las altas esferas, territorio nutrido últimamente desde el recato y una excesiva seriedad. Ni siquiera los créditos del inicio, alusivos a una intriga de vuelo internacional, llaman a engaño, de hecho prologan lo que no deja de ser una metódica broma de diseño. Otra pura sesión de talento, entendámonos. No puedo decir que la carcajada estalle irrefrenable, no se trata de una comedia descerebrada, recurrente o zafia -joyas de la taquilla dominguera-. Aún así, me sorprende su permanencia en el primer puesto de la

Se ajustan -decía yo- los resortes cómicos a un relato sin tregua, mecánicamente perfecto. Se van pincelando la excentricidad, el toque histriónico, los impulsos neuróticos, aunque apenas queden esbozadas sus motivaciones. No creo que sea lo importante. Erigido a modo de bola de nieve, obedece el guión las exigencias del artificio en torno a un macguffin que, sin embargo, en ningún momento hace peligrar el sólido timón narrativo. Es por esta aparente gratuidad que la excusa argumental deja asomar el absurdo, a trechos lo grotesco, recorriendo los huesos de un suspense casi siempre eficaz, genuino entramado que incita a empaparnos de su sencilla complejidad. Actores de renombre -cómplices en la diversión- aportan el rollo empático imprescindible a la hora de recorrer una senda de secretos y mentiras, informaciones de alto riesgo y confusión detectivesca de pacotilla. Los Coen -muy listos- aprovechan el tirón para desentrañar los recovecos de un laberinto que no es tal, al final el engranaje de falsas apariencias y culpables por azar se queda en esquema básico de la travesura desenfrenada. Cine que se ríe de sí mismo y de todo lo que hasta entonces se ha hecho.
Quizás enriquezca la trama una doble lectura sobre las artimañas del poder para conservar intactas sus redes de influencia. Descubro los morros de la ironía en esa Frances McDormand empecinada en reconstruir su cuerpo, víctima de la dictadura de la belleza que observa cada día en el gimnasio. Aletea de paso un tono mordaz al describirnos el cruce de personajes hartos de soledad -o de fracasos matrimoniales- y carne de webs de contactos. Pero nada cae en los juicios moralizantes ni en solemnes conclusiones. Y es que nada traspasa los márgenes de la caricatura inteligente, ese rizo de lo verosímil mediante el que se configura un dibujo a la vez excesivo y contenido, paradójica fusión de memorable solvencia en FARGO (1996) y EL GRAN LEBOWSKI (1998). De nuevo los creadores apelando a su intuitivo disfrute del oficio. Una suerte de demiurgos manejando los hilos de sus criaturas hasta doblegarlas -también a nosotros- a una voluntad que sigue sin naufragar. Autoría lo llaman algunos. Yo prefiero lo de genialidad. Suena mejor.