29/10/08

QUEMAR DESPUÉS DE LEER: The Coen Confidential

Qué difícil es ser gamberro en estos tiempos de humor prostituido, carnaza emocional y mala hostia. Hace un cuarto de siglo la cosa era distinta. Dos hermanos dotados para lo del cine dejaron huella fundacional en el género negro, no ya porque reinventaran patrones de adscripción clásica, más bien por reelaborarlos bajo una óptica peculiar. Las tintas de hilaridad sin complejos fueron trenzando desde SANGRE FÁCIL (1983) un universo insobornable, el sarcasmo y la dudosa moralidad como signos de su abanico temático, pero también sello con que trazar personajes que no escapaban a sus brochazos ingeniosos.

Tras la lacónica y-según el grueso de la crítica- magistral NO ES PAÍS PARA VIEJOS (2007), que a este cronista dejó indiferente, regresa la pareja acorazada en las marcas de fábrica incapaces de defraudar. Percibo, bajo el perfil de divertimento entre colegas, una vuelta al paraje de comicidad donde más cómodos se encuentran, será tal vez porque retoman su íntimo concepto de historia paródica, desprejuiciada y absolutamente libre. Algo de lo que carecía la turbia adaptación de Cormac McCarthy, vencida por el peso de su caligrafía austera y un cerebral -en mi opinión, gélido- sentido de la puesta en escena, por lo visto fiel a la novela.

Recupero a los Coen juguetones, autocomplacidos por saberse dueños de un código inconfundible que aquí funciona a la suiza -de relojero, me refiero-. Puestos a escarbar en los mecanismos del humor, hilan al milímetro un mosaico inspirado esta vez en el thriller de espionaje en las altas esferas, territorio nutrido últimamente desde el recato y una excesiva seriedad. Ni siquiera los créditos del inicio, alusivos a una intriga de vuelo internacional, llaman a engaño, de hecho prologan lo que no deja de ser una metódica broma de diseño. Otra pura sesión de talento, entendámonos. No puedo decir que la carcajada estalle irrefrenable, no se trata de una comedia descerebrada, recurrente o zafia -joyas de la taquilla dominguera-. Aún así, me sorprende su permanencia en el primer puesto de la recaudación patria, auténtico espejismo que obliga a cuestionarme la intuición del público, más animoso para recibir cualquier otra clase de anestesia intraocular.

Se ajustan -decía yo- los resortes cómicos a un relato sin tregua, mecánicamente perfecto. Se van pincelando la excentricidad, el toque histriónico, los impulsos neuróticos, aunque apenas queden esbozadas sus motivaciones. No creo que sea lo importante. Erigido a modo de bola de nieve, obedece el guión las exigencias del artificio en torno a un macguffin que, sin embargo, en ningún momento hace peligrar el sólido timón narrativo. Es por esta aparente gratuidad que la excusa argumental deja asomar el absurdo, a trechos lo grotesco, recorriendo los huesos de un suspense casi siempre eficaz, genuino entramado que incita a empaparnos de su sencilla complejidad. Actores de renombre -cómplices en la diversión- aportan el rollo empático imprescindible a la hora de recorrer una senda de secretos y mentiras, informaciones de alto riesgo y confusión detectivesca de pacotilla. Los Coen -muy listos- aprovechan el tirón para desentrañar los recovecos de un laberinto que no es tal, al final el engranaje de falsas apariencias y culpables por azar se queda en esquema básico de la travesura desenfrenada. Cine que se ríe de sí mismo y de todo lo que hasta entonces se ha hecho.

Quizás enriquezca la trama una doble lectura sobre las artimañas del poder para conservar intactas sus redes de influencia. Descubro los morros de la ironía en esa Frances McDormand empecinada en reconstruir su cuerpo, víctima de la dictadura de la belleza que observa cada día en el gimnasio. Aletea de paso un tono mordaz al describirnos el cruce de personajes hartos de soledad -o de fracasos matrimoniales- y carne de webs de contactos. Pero nada cae en los juicios moralizantes ni en solemnes conclusiones. Y es que nada traspasa los márgenes de la caricatura inteligente, ese rizo de lo verosímil mediante el que se configura un dibujo a la vez excesivo y contenido, paradójica fusión de memorable solvencia en FARGO (1996) y EL GRAN LEBOWSKI (1998). De nuevo los creadores apelando a su intuitivo disfrute del oficio. Una suerte de demiurgos manejando los hilos de sus criaturas hasta doblegarlas -también a nosotros- a una voluntad que sigue sin naufragar. Autoría lo llaman algunos. Yo prefiero lo de genialidad. Suena mejor.

CENIZAS DEL CIELO: la vida contaminada (manual de idealismos y ecología)

Hay veces en que una buena colleja de una mejor conciencia se hace necesaria. El peligro es la indigestión por exceso, cuando el cine exprime su función divulgativa y convierte nobles propósitos en ladrillo discursivo casi estomagante. Quirós insiste en explorar terrenos de injusticia social, tras aquella curiosidad titulada PÍDELE CUENTAS AL REY (1999), que ilustraba precisamente eso, el tozudo periplo de un minero asturiano hasta las puertas de la Zarzuela para recibir explicaciones del monarca por el descalabro de su sustento vital. Tuvo su gracia enfocarlo así. Menos divertida (pregunten a cualquiera del gremio) era la problemática real que inspiró la anécdota.

Sigue el subgénero socialista de nuestra industria dando cancha a los desfavorecidos. Son carne de emoción, expresan ideas y sentimientos tangibles, de una cercanía nacida en la letra impresa de un periódico, en el pueblo de al lado, en nuestra comunidad. Cine que no se arredra, ataca incluso, sin atenciones estéticas ni onanismos creativos. Curiosamente lo que más me sorprende de esta -por otra parte- didáctica propuesta es que las alforjas combativas no rebosan, al final la balanza entre el dibujo de humanidades y su trasfondo crítico encuentra equilibrio. Tampoco cabría calificar de brillante el resultado. No haré de juez inflexible, agradezcamos que aún se produzcan estas pequeñas películas, grandes de puertas adentro. Salen de los réditos facturados con orfanatos espectrales, casas endemoniadas y demás salvadores de la taquilla patria. De ahí salen.

El tono -más aún, el espíritu- de denuncia no engaña desde el rápido trazo de personajes y el conflicto vertebral de la historia. Cierto que resulta poco original servirse de un extranjero como hilo conductor con que canalizar rencillas y afectos y, de paso, como licencia narrativa para abordar la tesis. Orbitan alrededor de esta reivindicación de la vida vista por un foráneo los deseos minúsculos de gente clavada a sus orígenes, nuestros en definitiva. Descubrimos ansias de maternidad, el sexo liberador, ideales y frustraciones de adultos y jóvenes, todos atrincherados para defender un derecho inviolable. Si de algo pecara Quirós, sería de una honestidad sólida como las cuencas asturianas. Tanta -diría yo- que roza la ingenuidad. No es poco. El escocés -guía turístico, habitante del mundo, todo desarraigo- va absorbiendo la cultura popular del terruño donde recala hasta formar parte del engranaje, también él vive la protesta por delito ecológico, bien cierto es aquéllo de donde gritan seis caben siempre más. Personaje del plano ficcional para encauzarnos al ámbito de lo realista, excusa algo naif para presentar y hacer evolucionar el tapiz costumbrista en su aventura contestataria, acentuada de dignidad, borracha de sanas intenciones.

Me refería antes al tamaño modesto de un cine que ensancha miradas y flambea fibras emocionales. La de Quirós es la épica de los desheredados, y, guste más o menos, no escatima en dosis de actualidad con tal de enchufárnosla. Es ésta la amable crónica de una batalla común contra gigantes de desigualdad, lo que aquí salta a la palestra adopta perfiles vergonzosamente diáfanos, auténticos y sin recovecos. El sueño de una vida más pura es el de toda una comunidad, en este caso rural, de ahí que el discurso se escore hacia un muestrario antropológico tan discreto como eficaz. Recae así el peso de la acción en un ajustado reparto coral con personajes carnosos, ajenos a estridencias, olorosos a tierra húmeda, vitalistas figuras de un retrato sincero.
En estos tiempos de contaminación y podredumbre, rebajemos exigencias de lustre formal, apacigüemos soberbias de análisis y dejemos que la vida asome la cara lavada de pretensiones. La píldora de ideología concentrada pasará mejor a sorbos de humildad. Luego está el debate, el efecto revulsivo, la alta política y sus decisiones. Pero esto sí sería caer en utopías.

27/10/08

VICKY CRISTINA BARCELONA: ménage à quatre (oda a la spanish bohème)

Era bastante reacio a ver lo último del genio. De uno de ellos. El neoyorquino de frágil silueta, el cerebro fabricante de ingenio atropellado y disección lúcida del ser humano regresa por sus fueros. No tengo claro qué es lo que me frenaba. Tal vez los prejuicios hacia una historia con peligro de embarrarse en el postalismo barcelonés más complaciente. O puede que no creyera en la capacidad del maestro para conservar íntegras sus dotes literarias, en horas bajas tras su última entrega, ese olvidable amago de tragedia londinense confeccionado a lo mediocre. O -esto seguro- el título espantoso, presagio de lo peor. Reconozco ahora que dejarse llevar por falsas apariencias impide a veces reencontrar placeres conocidos, y de esto Woody Allen nos ha surtido hasta desbordarnos.

La estampa de vaivenes sentimentales en la ciudad condal nos devuelve al Allen más genuino, recuperamos su mapa afectivo, ese territorio de impulsos, desengaños, pasiones y frustración que ha venido escarbando en obras de indiscutida precisión. Más o menos inspiradas, sus piezas de análisis han sabido decir mucho sobre la gente y sus estúpidas (también admirables) formas de reaccionar. Siempre las facciones cómicas relajando tensiones, siempre el conflicto bajo máscaras livianas, escritas con tiralíneas y otorgando altura artística a lo que algunos transformarían en enredos vacíos.

No es que no quiera enredarnos en su homenaje al país que recientemente le concedió un insigne premio. Por el contrario, su vuelta al universo temático marca de la casa encuentra acomodo en las formas de un vodevil arrebatador, simpático y tan libre como fueron otros, si bien la Gran Manzana muta ahora en el rostro polimorfo de una Barcelona bohemia y deliciosa, al que se suma el paréntesis por parajes asturianos. Pero diré que la previsible concesión al tópico geográfico no chirría tanto como cabría esperar. Los espacios de costumbrismo ocupan su lugar en el guión con funcionalidad dramática, es por lo que no me molestó tanta cámara en ristre y buceo en la cultura de la capital catalana. Ni siquiera el guitarreo mostrado en una parte de la trama me desafina como recurso fácil, tratándose de España. Es más, el contraste de idiosincrasia que ofrecen las dos turistas americanas enriquece una visión amable -sólo en la fachada- del amor, o de sus colores y trazos, o de las consecuencias de un amor que impide la convivencia de los amantes. Allen mordisquea no sin astucia la jugosa fruta del deseo, y la dentellada se antoja más provocadora que nunca al describir todos los perfiles del impulso amoroso, incluso los que nunca antes se animó a sugerirnos. Porque si ya parece difícil el camino entre dos, resulta divertido comprobar el efecto de un amor a tres bandas, al final más benéfico para evitar fracasos anteriores. Muy atrevido Woody.

La complicidad del cuarteto de actores, todos brillantes, ayuda. Con ellos la historia nos va moviendo por su maraña de fluidos encuentros, nada me chirría por jugarse las cartas desde una óptica ligera, pero en el fondo aguda y reflexiva, dejando atrás la evasión gamberra que sí movía otros títulos. Se cuestionan aquí los márgenes del amor o cómo afronta cada uno su irresistible presencia, nada insólito en la obra del director ni en el cine. En el fondo sigue latiendo idéntica perspectiva agridulce de las relaciones. Una vez más se nos propone, bajo la pátina del desenfado -nunca frivolidad-, la eterna dialéctica entre el amor seguro, cómodo, pragmático y cauto encarnado por Rebecca Hall y un amor torbellino, impetuoso, capaz de beberse la vida a sorbos. ¿Dejarse arrastrar o cohibirse por el peso de las convenciones? ¿Rendirse a la tentación de lo diferente o seguir los dictados de la razón? Los lazos se confunden y seducen, se hace gratificante el esquema de los cariños complementarios, de los roces condenados a estallar en pedazos. El personaje de Penélope Cruz -racial, desequilibrada, genio puro- actuará de estímulo para la romántica Scarlett Johansson, también será el nexo con el pasado tormentoso del artista incorporado por Bardem. El dolor del amor siempre en la memoria.

Allen sabe tanto por viejo y por diablo, disparando su ironía y dejando claro que nada es fácil. O tal vez sí pueda serlo. Su viaje, que una machacona voz en off hace más explícito de la cuenta, nos deja experimentar el amor que no se piensa por nacer desde el riesgo, la liberación de los instintos más humanos como motor de la felicidad. Material de vieja escuela, cierto, ahora convertido en maquinaria engrasada para gozarla. Será más bien por tratar asuntos de siempre que me dejo empapar por la frescura sin complejos de todas y cada una de las escenas. Y me gusta la sensación.

EL CUERNO DE LA ABUNDANCIA: miserias y parentescos

Siempre he desconfiado de las bondades del dinero cuando te lo regala un muerto. Quiero decir que me repugnan las herencias si lo que consigue el finado es sembrar discordias entre los parientes afortunados. Y esto se da más veces de la cuenta. Los odios toman cuerpo y voz, los estómagos se santiguan, gratos ante la perspectiva del hambre saciado. Vaya, que somos un asco, capaces de hacer enemigos entre los más allegados.

De herencias y sus delirantes consecuencias nos habla lo último de Juan Carlos Tabío. Acorazado en su habitual claridad narrativa, el director -ya sin su alter ego, el malogrado Tomás Gutiérrez Alea- mete el dedo en los rincones miserables de un pequeño pueblo de Cuba y lo usa para hurgar en el sueño de un grupo de personajes por enriquecerse del modo más imprevisto. Siguiendo las líneas de una fábula social, la historia se ajusta a ese cine rabiosamente honesto, concebido como espejo agridulce de lo real, la humilde traslación en imágenes de humildes esperanzas, frustraciones, deseos y amarguras de toda una comunidad. La emoción, hilo invisible que atraviesa una forma de concebir el cine y la vida, salía a flote en FRESA Y CHOCOLATE (1993), bañaba las calles blancas en GUANTANAMERA (1995), aguardaba el autobús en LISTA DE ESPERA (2000). Historias todas confeccionadas en base a una óptica diáfana y sin dobleces, nutridas hasta reventar con la materia que da forma a nuestra ilusión de espectadores.

Nada me decepciona en esta nueva muestra de intrahistoria nacional. Tabío se marca una trama de flecos propiamente cubanos, aunque el dibujo del racimo humano envuelto en discusiones, encuentros fortuitos, ansias de progresar, termina siendo de lo más cercano. Es el milagroso efecto de un relato hecho desde lo minúsculo, pletórico de sana intención por abrazar ambientes irresistibles, la ternura y la melancolía impulsando el perfil físico y humano ante nuestros ojos. Y no defrauda por ofrecer todo lo que promete -pese a la paradoja del título-, un cuento delicioso sobre el inesperado legado que unirá a un ramaje de familiares dispersos por todo el país en una misma lucha por prosperar. No hay más -ni menos- que la sencillez en el trazo, la perfecta imbricación de las subtramas con el fin de dotar de carnalidad a la más entrañable, sutil y endiabladamente divertida película que pueden encontrarse en cartelera.

Jorge Perugorría retoma el rol que domina, y nos hace sentir a gusto a golpes de nobleza, regalando ejemplo de superación frente a la puta adversidad. Nadie como él para inyectar simpatía y frescura a este currante bonachón dispuesto a hacer todo con tal de encontrar el trozo de felicidad que les corresponde a él y a su familia. Encabeza él la marea de lugareños ávidos del dinero caído del cielo, dispuestos a dejar atrás los sinsabores de la pobreza. Racheada de aires casi berlangianos, alcanza la historia un amable tono tragicómico donde los apuntes políticos se dejan ver sin que suenen discursivos, no es el panfleto lo que pretende conseguir. Aún así, saltan entre líneas las ácidas críticas al orden cubano actual, produciendo cierto desencanto escuchar alusiones al bloqueo de EE.UU., el uso libre de los móviles o la endémica economía negra, todo ese catálogo de pillerías con que plantar batalla a la vida y seguir a flote.
Ejemplo vivo de optimismo el que nos ofrece un guión sin respiro asentado bajo los pliegues del enredo carente de pretensiones. Todo lo más -no es poco-, acercarnos el reflejo agudo de un mismo sentimiento de superación en un entramado cosido con imágenes naif, desnudas, pudiera creerse que puestas casi al descuido. Pero supongo que, más allá de refinados embalajes, lo esencial, aquéllo que calentará el ánimo y despertará la reflexión, se mima al detalle. Pocas veces puede lograrse con tanto respeto a sus personajes, con tanta pasión y desenfado, brutalmente sincero. Imagino también que el tratado sobre esperanzas truncadas que Tabío ha asumido como sustento dramático de toda su obra vuelve a engordar tras esta entrega. Qué mejor modo de acercarse a los arcenes de nuestra sucia sociedad que acogerse al cálido refugio de la parábola jubilosa y descabellada, a veces genuinamente histriónica. Tal vez sean los resortes de humor desacomplejado las válvulas perfectas por las que ir soltando el peso de una tristeza agazapada, disfrazada de entusiasmo mediante oficio y un profundo conocimiento de nuestras (humanísimas) miserias.

26/10/08

RED DE MENTIRAS: salvando la civilización

Nunca fui entusiasta de Ridley Scott, tanto que la crítica babeaba en los 80 con sus vanguardismo estético sin precedentes. En mi estante de joyas en dvd se encuentran sus obras maestras indiscutidas, las irrefutables piezas de un autor esfumado entre polvaredas de taquillaje complaciente y un punto mediocre. Aún así, no está en el cofre de mis delicias, y supongo que se le pasó el arroz para ello. Caso canónico de lo que pudo ser y no es, el británico parece dispuesto a emular a su hermano, el pequeño Tony, siempre denostado por su epidérmica visión de las historias, por la pompa, el ruido y un enfermizo aire de grandilocuencia que desarma todas sus buenas intenciones. Poco tiempo hace de la epopeya gangsteril de Ridley que lo congració con el sector menos amable del comentario cinéfilo. Recuerdo mi impresión relativamente buena ante un relato que jamás admitiría parangón con ciertas maravillas de sombreado épico indiscutible, aunque hubiese quien cometiera la imprudencia.

Es muy goloso hincar las fauces a asuntos de calibre como el que nos cuenta RED DE MENTIRAS, por varias razones. La excusa dramática no puede ser más oportunista, ya lo viene vomitando el (des)orden político de los últimos años. La paranoia post 11-S sigue tambaleando conciencias y sembrando el miedo en un primer mundo en progresivo cuestionamiento de sus resortes de bienestar. Scott, perro viejo, se enmascara tras el molde agradecido de la denuncia con tal de demostrar hasta dónde es capaz de expandir el control del oficio. O, lo que es lo mismo, para enseñar esa porción de ego que le ha permitido confesar su sueño de estatuilla dorada antes de retirarse o morir. No sé si sus majestades los académicos aliviarán la angustia o volverán a esquivarle. Sí diré que el paquete que les regala dispone de precinto lujoso, esmerado celofán con que envolver una mirada contaminada de efectismo y apresuramiento hacia territorios cuyos confusos nombres saltan a la palestra informativa como espectros geográficos, lejanos, casi inexistentes.

No voy a rebajar méritos de gramática visual a Scott, quien pisa firme, contundente y sin baches por terrenos tortuosos, no tanto en el pantanoso perfil psicológico que asoma discretamente. La película despliega su presupuesto hasta el detalle en un aparatoso, frenético engranaje con la bombilla roja encendida sobre el peligro terrorista germinado en Oriente Medio -¿o será en la próspera Occidente?-. Mucho hilo telefónico y navegación en la red revelan que los tiempos de espionaje maquinado tras el telón de acero quedaron atrás. Scott se arrima al nutriente lenguaje del thriller político, su concepto de la intriga, el juego de lealtades y traiciones que toma cuerpo sin apenas tregua o respiro. Hasta aquí, nada que objetar, salvo tal vez algún énfasis en el montaje o el relamido uso de la imagen ralentizada, un gusto retro que empieza a incomodarme -en GLADIATOR (2000) fue sangrante-. Hay, qué duda, potencia narrativa, el ritmo apenas decae, se obedecen a rajatabla las reglas del
mainstream neosecular, igualmente encargado de anestesiar neuronas o reactivarlas a golpes de diagnóstico más o menos moralizante. Aunque todo se quede en la fachada. El caso es que los pildorazos pasen.

Casi tanto podríamos decir de este dispositivo volcado hacia el puro entretenimiento. No busquemos ahondar en los personajes, figuras contrapuestas para que la maquinaria aromatizada de patriotismos varios funcione. Algo se apunta sobre su concepto de la vida, su manera de afrontar la realidad -también en AMERICAN GANGSTER (2007)-, pero el perfil se antoja breve. El guión cataloga nombres, lugares, sucesos, y se habría decantado por reflexionar sobre el alcance de las grandes decisiones, ésas que desestabilizan el buen curso del mundo. Y uso el condicional porque no es Fernando Meirelles -es un ejemplo- quien coge la cámara. Por el contrario, termina rodando por la vertical de acción profusa, vibrante, hasta amortiguar el esbozo de crítica que late detrás, tanto que logra convertirlo en simple pero eficaz diagrama de suspicacias y verdades ocultas a punto de estallar.

Lo demás que se le presupone a un cine radiográfico -altura combativa, análisis certero, espíritu noble- se desvía hacia el retrato del héroe mercenario integrado en la cultura árabe, desengañado con el monstruo yanqui, dudando de su mesianismo estomagante. Retrato ligero, eso sí, que al menos no acentúa el maniqueísmo de otras propuestas. Ya se encarga Scott de maquillarlo con el brío del espectáculo y el diseño. Ahí están Di Caprio y Crowe, hombre de acción y hombre de despachos, arremolinados bajo sus diestras, pocas veces brillantes, manos. Echando los restos en beneficio de la humanidad -frase elocuente la que dice Crowe a su esposa- en esta nueva era de (des)información globalizada, de terrores canalizados vía satélite y colgados en youtube. Me temo que en arrogancia no hay quien gane al cine norteamericano cuando mete la zarpa en tierras de Alá.

RETORNO A BRIDESHEAD: amistades confusas

Una de las exquisiteces para guionistas y directores es agarrar el maletín de piezas literarias de postín, época victoriana como plato fuerte, y adaptarlas. Barrunto la comodidad ante textos fragantes de prestigio, no en vano el material adaptado suele tener carne que roer, sólo se requiere la corrección ortográfica y un plantel de intérpretes que aporten solidez al asunto. El lustre queda asegurado. El británico Julian Jarrold, fogueado en recreaciones nobles, reaparece con cartuchos que prometen puntería, como demostrara aquella serie de los 80 por la que Evelyn Waugh pudo asomar su prosa refinada.

Escojo para hablar de la película el título original, BRIDESHEAD REVISITED, por encontrarlo más explícito en sus dos dimensiones semánticas. Vuelta al texto literario, emblemático como pocos, y reencuentro del protagonista con la casa -perfilada como un personaje más-, varios reencuentros de hecho. Jarrold circuló hace poco por senderos de época al contarnos la juventud de Jane Austen. O sea que no le viene grande el proyecto, aunque no logre desplegar más que pulcritud, buenas maneras y un discreto sentido de radiografía social y moral del momento. Qué menos. Sin llegar a deslumbrar, su nueva entrega nos adentra en ese subgénero dramático cuya parroquia de fieles aún mantendrá el interés por productos aterrizados en taquilla con relativa asiduidad. Insisto en la rentabilidad a la hora de arrimarse a ascuas dibujadas bajo elegantes costuras. La película se amolda sin riesgo a la tradición asumida por otros autores, también seducidos por líneas precisas y eternos sentimientos. Pienso en James Ivory y su excelente MAURICE (1987), por nombrar la obra con mayores hilos de conexión, argumentales y estilísticas. No alcanza sus niveles de parsimonia narrativa, pero iguala su ahínco en reflejar usos y costumbres de esmerada ambientación.

Apunta Jarrold un diagnóstico conciso de la Inglaterra de entreguerras, pero supongo que el bisturí no se clava del todo por ajustarse a las exigencias de productores, y -no olvidemos- porque una serie para televisión deja campo libre al detalle, a la introspección psicológica, al regusto emocional. Aquí cuenta la narración convencional con vistas a la taquilla, y no hay hueco donde se pueda refugiar la densidad en el trazo. Tuve la sensación de que ya había visto la película antes, no ya en línea comparativa con la historia que Jeremy Irons cubrió de porte distinguido. También por no desviarse un ápice del recto cauce por donde fluyen los elementos propios de estas adaptaciones. Nada excede el esquema previsto, dirección amable, amable tono, gentileza en las mínimas aristas que enturbian la fachada inmaculada. Tal vez sea esto último lo más obvio, la preciosista reconstrucción histórica. Pero sólo califico de notable -nunca portentosa- la revisitación de unos parajes físicos que rezuman esplendores pretéritos y ahogan con el peso de la tradición a las jóvenes promesas de una modernidad ya pujante en las grandes ciudades europeas -Londres para ser concretos-.
Flotan sobre superficies de cine ortodoxo y sin sobresaltos los grandes conceptos que Waugh describiría en parrafadas deliciosas. Aristocracia rancia y católica (¿no son lo mismo?), conservadurismo bestia frente a amoralidad y libertinaje. Y, por encima de todo, una vuelta nada innovadora a la ancestral lucha de clases, más hombre rico-hombre pobre, más vaivenes sentimentales ahora enriquecidos por la homosexualidad del joven adinerado. Todo tan tibio y aséptico que el final reflexivo, con el tormento interior incluido, apenas nos roza.

Resumiré los encantos de la función en un rostro -éste sí- portentoso, el de Emma Thompson. Una de mis damas del cine que de nuevo deambula senderos de alta cuna. Fue Ivory quien le propuso un REGRESO A HOWARDS END (1992) y conformarse con LO QUE QUEDA DEL DÍA (1993), ambas piezas de cofre. Y ella misma se calzó pompa y conciencia de clase firmando un guión justamente premiado, SENTIDO Y SENSIBILIDAD (Ang Lee, 1995), de la novela de Jane Austen. No sólo está curtida en asuntos de folletín decimonónico, sino que vuelve a relumbrar en una creación contenida, reina de los matices. También me gusta Matthew Goode. Tiene talla, estilo, presencia, encuentro lógico el hormigueo de Thomas Morrison al conocerle. Lo que más me aburre es que se haya evitado una auténtica perversión de la novela, veo demasiado recato en ese tímido beso entre los dos amigos borrachos. Puestos a reelaborar pasados éxitos, ¿por qué no entrar en materia carnal y aparcar escarceos sugeridos? Pregunto.

CAMINO: bendita resignación

Ya intuía yo una resurrección del cine español, este año -y va en serio- clínicamente difunto, y eso que era difícil superar el pasado. Otoño mágico que arrastra hojarasca e infiltra los platos fuertes de la temporada, entre los que CAMINO atesora una esquina de honor. Los tiene bien puestos Javier Fesser. De todas las virtudes de su terrorífica película elijo una valentía imbatible nutriendo cada plano. En el país en el que vivimos se acerca uno al suicidio artístico si asume la enfermedad y la muerte como esqueleto de un guión, si lo acicala con aires oníricos y lo prolonga hasta dos horas y media fatigosas, duras de roer.

No aludo al metraje -en verdad descompensado- más que como paradoja en esta era de voraz deglución del cine. Hay que hacer acopio de valor para luchar contra el tifón de la taquilla, sería Fesser como un minúsculo David disparando dardos lúcidos contra gigantes recaudatorios, anorexia creativa, estupidez embotellada. El riesgo asumido no sólo le instala en el borde del abismo, sino que también le permite impartir clase maestra de humanidad, palabra desinflada que sólo unos pocos virtuosos abrillantan en forma de imágenes y texto sabio. Lo dicho, grandes proporciones definen su nueva propuesta, superados anteriores exabruptos rociados de cañí. El cambio, dice Fesser, obedece a su madurez tras la cámara, pero también a su ensanchado corazoncito de padre, quizá (es mi impresión) la amplitud de miras hacia el sufrimiento ajeno le ha regalado dotes y ánimo para rodar un relato confinado al cajón de los proyectos.

Es CAMINO ejemplo de cine para el debate. Nace, se crea y nos llega lubricando con sólido empaque visual la golosina argumental, no tan retirada de moldes melodramáticos poco admirables. Pero Fesser capea la manipulación de sentimientos, siempre agazapada, siempre dispuesta a saltar. Por obvio que parezca en tragedia de fuste como ésta, la emoción desgarra, se revela en carne viva, sincera, directa, brutal, contorneada a fuerza de escritura sobria y un equipo de actores a pecho abierto. Ayuda también que el asunto cae o podría caer de cerca a cualquier espectador, el dibujo del dolor, la espera, el sacrificio, la asunción del funesto destino, el seísmo en los pilares de la fe. En definitiva se habla de ese pellizco de entereza resignada propia de quienes ven el morro de la muerte desde lejos, imparable.

Cuesta -al menos a mí- condensar intenciones y virtudes latentes bajo la ingenua fábula sobre el primer amor y el aprendizaje de la puñetera vida a través de la angustia física. Dos líneas articulares recorren una columna -perdón por el símil facilón- dramática al final refugiada en senderos de simbolismo muy básico y muy eficaz. La lucha de la niña -preciosa Nerea Camacho- por la vida que le abandona en agonía lenta deja ver la férrea moralidad de una familia cuya vida se consuma y pliega a aquéllo de la voluntad divina. Muy listo Fesser por rebajarnos la (molesta) tentación de juzgar, condenar e incluso acentuar de heroicidad el relato -inspirado en hechos reales-. Lo visionario, lo que parte de cuajo los moldes vistos hasta ahora es el modo de endulzar las pesadillas de la joven en el hospital, esos tramos visualmente fascinantes, auténticos bálsamos que amortiguan (poco) el vapuleo -vísceras, corazón, cerebro, todo en uno- del grueso narrativo. Pero temo que no son suficiente alivio. Cerca de la imaginería amelieniana de Jeunet, estos interludios fantásticos no logran que se imponga el realismo mágico buscado, pronto descubrimos que la balanza acaba por derramarse hacia el mustio azote de lo real.
Me llevo en el equipaje de mi memoria el intento por barnizar de ilusión preadolescente el trazo trágico. En la segunda -y jugosa- arteria de la película asistimos al despertar sexual y la vida escolar, marco de los deseos luego truncados. Para no caer por la pendiente lacrimógena, el director reparte aquí cómicos diálogos entre los niños secundarios, confeccionando así un híbrido de tono y estilo que a este cronista tuvo cautivo un minuto tras otro.

Hábil en la definición de personajes y entorno, pero a su vez magistral en la imbricación de las certezas y los cimientos de una cuestionable religiosidad. Poético discurso que juega con la realidad y la ensoñación, situándonos en el cruce entre delirios, esperanzas, desengaño y flecos de compasión. Carmen Elías, contenida y deslumbrante, hace de esta madre cauce de creencias bordeando límites casi fanáticos. Es ella la bisagra con la que la niña se mueve desde el espacio físico donde su ilusión cobra vida hasta el difuso, tormentoso, a la postre revelador limbo de misticismo que la elevará a los altares.

Hay necesidad de ver esta obra desequilibrada y hermosa. Insólita gema en una industria tan reacia a la vanguardia bien entendida. Fesser arriesga y gana al subvertir la narrativa clásica hasta engordarla de óptica talentosa. Percibo que no será materia de jugo gástrico, más bien reactivará flujos neuronales, calentará las compuertas de una emoción anestesiada, aséptica por violencias televisivas, por folletines descafeinados. Sobrevolando el ataque a una institución tan siniestra como el Opus Dei circula -libérrimo, y entusiasta, y piadoso- un cántico a las ganas de seguir viviendo cuando el aroma mortecino se empeña en invadirnos. Al terminar, el rostro de la pequeña actriz protagonista rellena con mirada cálida y chorros de vitalidad los huecos de amargura que acaban perforando nuestra garganta.

24/10/08

SÓLO QUIERO CAMINAR: hijas de la chingada

Gloria Duque -inmensa Victoria Abril- dejó una marca sólida, rocosa en mi ánimo hace ya unos años. Ella y su historia de derrota, que Díaz-Yanes elaboró al modo de un noir patrio tan sórdido como la vida puede llegar a ser. Reventaba de épica su pequeña cruzada contra la miseria, e hizo lo que pocas cintas logran más acá de los Pirineos. Hacer de nuestro cine cantera de dignidad. Un relato noble el suyo, con grandes letras estampaba ese thriller visceral los muros de una industria renqueante por definición. Las formas de NADIE HABLARÁ DE NOSOTRAS CUANDO HAYAMOS MUERTO se escapaban a terrenos narrativos de insólita consistencia. Fue dura la experiencia de verla porque los códigos de género se saltaron a la torera sus propias exigencias. Porque era negra hasta el vahído. El nuestro, claro. Oscuridad jamás igualada -hasta ahora- que exaltaba la grandeza de las hazañas anónimas, hermosísimo el lema vital de la protagonista. Los pobres son príncipes que deben reconquistar su reino. Imposible mayor poesía en menos espacio. Se abría en esa frase sucinta la puerta al abismo más reconocible, los márgenes de una pobreza cercana, palpable junto al bar de la esquina, en el supermercado, el fracaso con vestiduras de cotidianeidad.

Cambia el espacio en la nueva entrega de su periplo, saltamos de Cádiz salada a la febril México D.F. Nos hace cabalgar Díaz-Yanes y la grupa se clava despiadada, no hay clemencia. Donde allí dejamos a Gloria reenganchada a la vida, aspirante al título de la autosuperación, empeñada en salir a flote, aquí la rescatamos en plena madurez. Pero la vida sigue mordiendo a bocados, no le queda otra que saltar, aunque tenga que seguir su ruta de felaciones a babosos traficantes. Para ella el camino hacia la posible expiación impide ser buena de manual. La ortodoxia no va con ella. Por eso sigue robando, tambaleándose la precaria salud familiar junto a su hijo. Y nosotros cedemos de nuevo al embate de violencia que es su vida. En mi caso me ha regresado la congoja, menos impetuosa que en la primera, pero ahí estaba. No seré el único.

Suponía yo que el maltrato del mundo contra estas pobres putas dibujaría una espiral olorosa de crimen con acento guachupino. Me esperaba la brutalidad, y me ha caído a chorro denso, tintada de narrativa sobria, contundente, a veces un punto confusa en acciones y, cuando se cierra el catálogo de dolor y muerte, fuente de liberación. No se debiera tomar esta obra como segunda parte del bache existencial de Gloria, no es su historia la que encuentra nuevos cauces. La voz se multiplica en polifonía bárbara y precisa. Amplía el director los registros del desarraigo con más mujeres, trenzando el cordón intestinal que une sus destinos. Mujeres españolas en revancha contra los malvados mexicanos, los machos que el estereotipo vacía de neuronas. Es indiferente cuando lo importante se nos cuenta con el timón bien aferrado. Son ellas, las princesas destronadas, las que merecen la atención. Nueva pieza de maestría la de un Díaz-Yanes resacoso de aventuras alatristianas. Mejor en senderos que domina, para él como artista. Para el público en su reencuentro con la descarga eléctrica más pura, trece años después de aquella muestra de orfebrería.

El despliegue de voces cruza huidas y persecuciones, los personajes desnudan un guión tenso y alambicado, agujerean paredes, horadan las capas de una emoción -la nuestra- ya sometida al encanto del género reelaborado. Y es que tiene mucho de valiente narrar los pantanosos márgenes de la palabra venganza, la silueta tenaz del riesgo, puro oficio vibrante, rotundo ejercicio de autor consagrado a su criatura. Un nuevo chute de adrenalina que un tempo bien dosificado esparce por escenas de firme composición. Alguna es especialmente brillante -uno de los asesinatos se comete en el interior de un coche y el plano, cenital y lluvioso, lo recoge seco, cortante, puro cine-

Admirable es la confección de la trama, de lleno enmarcada en patrones de negrura. Se afincará en el recuerdo su obscena fisicidad, dolerá la cicatriz de sus mordiscos. A Gloria vuelven a martirizarla con distinto artilugio, pero la angustia nos perfora otra vez el vientre. Caen de nuevo cuchillazos de desfortuna sobre ella y su familia, por mucho que el fantasma de su suegra vele en pos de su reinserción. Los flecos del fracaso no pueden sortearse, y Gloria lo sabe. Nosotros adivinamos el derrumbe definitivo de la ilusión, el final es el que tiene que ser y no engaña. Cualquier esbozo de salvación se evapora. Hasta entonces, el relato se ha retorcido, los pespuntes del thriller han gobernado los disparos certeros y el castigo, también la mecánica de traiciones, culpas y una redención que el sicario encuentra en el amor.

Luego están las actrices, carne viva. Baraja segura para que el artefacto recorra sus turbulencias, aunque escojo a una Ariadna Gil que nunca antes me fascinó. En ésta aparece espléndida, sembrada de moratones y adicta al sexo de pago. Inspira lástima, sentimiento que termina por arrastrarnos en su humilde aportación al mosaico de vidas golpeadas, náufragas en mitad de un mal sueño imposible de abandonar. Ella sí encuentra la salida, el magnífico travelling final resume la esperanza que empieza a perfilarse. Pero el zarpazo abdominal hace tiempo que nos removió en la butaca.

LOS NIÑOS DE HUANG SHI: crónica anunciada del héroe

El rostro del héroe cambia, tal vez sea lo único que muda en los dibujos que el cine hace de sus grandezas. Lo que late en el fondo es idéntico relato a relato. Me da igual un Michael Caine zarandado a pleno fuego abierto, o ese Jeremy Irons haciendo crónica del desamor, es lo mismo el careto de Mel Gibson, el de Sam Waterston, o el gran Nick Nolte, o Warren Beatty, o Gene Hackman. Adalides de la información en mitad del conflicto. Héroes por accidente que dan cuenta de la lucha sin más trinchera que su honestidad. Buenas escaramuzas las suyas, la modernidad ya los entroniza como los contadores de la infamia, redentores de nuestra conciencia.

Jonathan Rhys-Meyers pone morritos sensuales, mirada intensa y bella estampa a las órdenes de Spottiswoode en esta nueva entrega bélica que no engrosaría un hipotético listado de obras magnas del género. Pese a toda la guerra que se deja ver en su metraje calculado para emocionar al menos cauto. Pese a toda su estantería de recursos diseminados hasta el detalle. Aunque el amor embotellado, falso y socorrido haga su presencia bajo los ropajes de la épica. La corrección empapa los fotogramas del primero al último, nada, y acentúo la palabra, se sale del patrón dictado por la ortodoxia. El director, nunca reivindicable como autor, controla el oficio y lo despliega en acción rutinaria, factura de telefilme dominguero, epidermis en personajes y su maleta emocional. La mecánica de la aventura toma cuerpo -qué menos- con pulso firme en casi todos los tramos del viaje. En otros no tanto. Es por eso de los desequilibrios rítmicos por lo que la rutina, la sensación de déja vu termina infectando la mirada.

Reconozco haber recibido lo que esperaba y no caer así en decepciones. La película de Spottiswoode es de las que se huelen a distancia, el aroma no engaña, es el pachuli del cine comercial. Sabía de antemano que el rizo de la convención ahogaría toda la propuesta hasta exprimirla. Por eso dejé que un entretenimiento nada entusiasta se apoderara de mí en dos horas facturadas con voluntad de la buena, canonizando el valor de la acción espolvoreada de buenas intenciones. La odisea es aquí la de un enjambre de niños chinos, desheredados y hambrientos, que pueblan un hospicio recóndito bajo asedio nipón y son salvados de la muerte por un periodista -el hermoso Rhys-Meyers- recauchutado como profesor y, a la postre, mártir por su causa. Se observará que la historia, su esqueleto, está lejos de ser insólita, digna de impacto. Se podrán listar los clichés que la embadurnan y prever el trayecto de mutua dependencia con que este grupo humano acariciará corazones y estómagos. Pero superado el recuento poco más quedará por resaltar.

No es esta la fábula ribeteada de conciencia política, aunque el espacio y el tiempo consigan recrearse con fidelidad. El marco conflictivo luce a pincelada pulcra, comunistas y nacionalistas se nombran, se percibe la tensión de una etapa crítica. Sin embargo, el periodista deja de serlo y pasa a otro nivel, el de padre de los infantes, el eslabón familiar que la guerra les arrebató. Por ese camino, el guión vierte su dimensión humana -qué concepto, qué hermosura-, pero la facilona, la que no escarba en conflictos, donde los sentimientos suenan a prefabricados, ramplones y tibios. Nos creeemos este cuadernillo sobre epopeyas imprevistas porque unos señores ancianos nos lo aseguran en el epílogo postizo. Más o menos en la línea de Spielberg y la hazaña salvadora de Schindler pero con menos entidad.

El broche final confirma la escasa creatividad del producto, su fragancia acartonada en pos de la veracidad. Ya lo dice la coletilla del marketing para ganarse parroquia, los hechos reales inspiran la ficción. Ahora también. Niños atravesando montañas, la lucha contra los elementos como simbolismo romo y sin dobleces. Porque de lo que se trata es de luchar por la vida, el camino es superación. Y, tras asistir al extenso recetario de sinsabores, el virus de la mediocridad carcome la aventura y ya no nos importa nada. Ni el sepelio del héroe ni su recuerdo ni los niños ya adultos ni la melodía insistente. La mente se vacía, queda hueco el sitio destinado a la seducción. Otras proezas nos cautivarán.

23/10/08

TRANSSIBERIAN: misterio en la nieve

EL MAQUINISTA resultó ser la obra más perturbadora y extraña producida en nuestro país hace cuatro años. Sin bordear la maestría lograba adentrarse en materia narrativa y lenguaje visual insólitos, creando una atmósfera onírica asentada de lleno en los márgenes de las pesadillas. Recuerdo que no me fascinó. Lo que sí consiguió fue que el cuerpo se me inundara de mal rollo, el vello erizado ante la visión de un Christian Bale reducido a pellejo sobre hueso, acorralado en una odisea de pliegues casi kafkianos. Provocador, desquiciado, asfixiante experimento, ése sí que rompió moldes.

Lo nuevo de Brad Anderson cambia factorías, olores industriales y tintes psicofantásticos por la amplitud de la estepa soviética. Y, para instalarse cómodamente en terrenos de homenaje al género clásico de suspense, sitúa la acción en el tren del título y nos mina el ánimo de recursos previsibles, personajes tipo, fragancias y sabores que recuerdan al mejor Hitchcock, a esa novela de misterios esquemáticos y, por qué no, encantadores. He esperado mucho -los caprichos de los distribuidores me sacan de quicio- para ver el resultado. Confieso que no me aturde como lo hizo su anterior pieza de intriga, pero se me antoja resultona, cabalgando entre los pasajes realmente absorbentes y tramos más morosos en los que definir personajes, sentar las bases para el festín criminal. Para empezar a removernos, vaya. No creo que el conjunto despida brillos ni reelabore los patrones del subgénero ferroviario, aunque aceptemos los destellos puntuales en un relato con pocas florituras, tan directo como una poción venenosa que se toma su tiempo en hacerse efectiva.

Hay que decir que el clima se consigue, se mastican los códigos del thriller pasado por nieve y eso agrada. Aconsejo dejarse arrastrar hacia territorios reconocibles, impulsados con el motor de viejas fórmulas, maquillado de un clasicismo narrativo donde caben la frescura y los nuevos bríos de Anderson y su productor, Julio Fernández. Quizá salga ganado la apuesta si la consideramos como un juego, todo un equipaje de reglas para que la ortodoxia entre en escena, cristalina, atravesada por la mecánica en acciones, espacios y turbadoras presencias. Antes que un defecto, se convierte esta obediencia a las normas en puro gozo. Insisto. Mejor subirse al vagón mejor provisto para emocionar al personal, es conveniente rendir culto a esta canónica bandeja de ingredientes, casi como un sólido tributo a un espacio ya inmortalizado en el cine desde sus orígenes. Así podremos valorar el resultado por encima de algunos detalles de montaje, torpes en la afinación del producto. Hablo de los molestos -por explícitos, y no me considero tan tonto- insertos a modo de flashes explicativos en las escenas de mayor tensión dramática. Sobran, redundan en lo que ya preveíamos, añaden poco al marco de desasosiego y claustrofobia. También en aquella historia del solitario maquinista se cometían tropiezos de diseño, ciertas piezas también chirriaban.
Y luego está el placer de ver al maestro Ben Kingsley seduciendo con su impecable figura, su porte sobrio y oscuro, su incómoda y a la vez cautivadora presencia. Es uno de los excelentes rostros que componen el artefacto. Le acompañan Emiliy Mortimer, tierna y avispada -esta chica empieza a engrosar mis altares- y Eduardo Noriega, malo de la función, puro estereotipo, graciosas sus coletillas en castellano. Lo demás se somete a la corrección ortográfica. Los renglones de la aventura se escriben a sobresalto medido, astutos resortes lejos del entusiasmo pero eficaces. No sorprenden las claves de este viaje transiberiano, todos los sobresaltos agazapados en pasillos y compartimentos, toda la sangre que empapa las blancas mesetas. Tampoco veo originalidad en la crónica de una catarsis en la pareja americana en crisis -de intereses, como todas las crisis-. Pero tiene su gracia que sea la nueva Rusia, ese siniestro terreno abonado con la simiente de un pasado en sombras, el escenario que acoja huidas y recelos, narcotráfico y turismo, en unión desoladora. Los clásicos -su dibujo del miedo, de los más primarios instintos- quedan honrados a pellizcos de buen oficio.

22/10/08

HAPPY, UN CUENTO SOBRE LA FELICIDAD: what a wonderful world

Aún recuerdo una reciente versión francesa de esta joie de vivre, que los distribuidores renombraron con parecida coletilla. Allí era ODETTE (Eric-Emmanuel Schmitt, 2007) el epicentro de un optimismo sin peajes, indomable, puro. La película no contaba excelencias, pero era amable. La boca cedía al impulso de la sonrisa agradecida y clara. Sin innovar en calidades, sin brillos ni estridencias cautivó a golpes de simpatía. Tras ese reguero, Mike Leigh regresa a los ambientes que ama, que en el fondo son los que mejor conoce. Volvemos a su Inglaterra gris y de extrarradio, a los callejones proletarios tan jugosos para entonar semejante canto a la vida. Nadie mejor dotado si hablamos de seccionar la mediocridad y contar cuentos sobre miserias varias, de tanto gusto entre el público.

Se aparta el autor de EL SECRETO DE VERA DRAKE y TODO O NADA del cine combativo, honesto en su maniqueísmo, de Ken Loach. No enjuicia del mismo modo, el gran espejo de la realidad cruda y dura no cumple funciones didácticas. Leigh, lejos de manipulaciones, edulcora el retrato de ese paisaje revistiendo con fragancia naif algo que en el fondo no deja de mostrar sus esquinazos de amargura. Porque, pese al subtitulado en castellano, esta obra tiene poco de graciosa. Es fresca, sí, pero nunca revela las costuras de comicidad que vende un cartel colorista y excéntrico. No sé si por cierta insipidez global, pero el humor apenas se deja ver. Late bajo el tonelaje de ingenuidad descrita por los guionistas un tímido repaso a la rutina de una clase media de profesionales, las charlas que adornan el gentío de los pubs, la marea de sueños sin cumplir, la vida enseñando los dientes. Todo seducido por el trazo noble, sincero, en las antípodas del chantaje emocional, un maestro el señor Leigh. No hay duda.

El problema no es el buen propósito, sino la escasa brillantez del resultado. Lo que en la magistral -uno de mis títulos favoritos de los 90- SECRETOS Y MENTIRAS fue mezcolanza sabia de acidez y ternura se atasca ahora en una historia sin progresión dramática, irregular y difusa, a caballo entre el drama hiperrealista y la fábula con mensaje. Obra más cercana al tapiz descriptivo sin hueco para la emoción intensa, ni siquiera se refugia en ella la compasión, el ánimo piadoso. Una lástima si atendemos al espíritu humanista que alenta el trabajo de Leigh y pretende elevar un relato de sencilla construcción hasta el altar de la crítica social. Falta ese toque cautivador, falta la chispa emotiva. Lo demás está, y como siempre. Abundan los planos largos, las escenas prolongadas, el estilo de la casa deja su marca. Ya sabemos que el cineasta nunca quiso hacer estética, los pliegues del arte adoptan en su caso el agridulce sabor de la poética de barrio en forma de guión férreo, su lirismo nos lanza petardos de inteligencia a la cara gracias al diálogo preciso. Así, sin esfuerzo aparente, nos reconocemos por encima de abismos geográficos. Sin artificios ni malabarismos visuales.
El lenguaje sereno y falto de alardes es el mismo, pero el relato no enamora. Le sobran algunas escenas demasiado estiradas y esos (forzados) apuntes discursivos en personajes secundarios, sobre todo un profesor de autoescuela algo nazi para los tiempos que corren. Racismo, sistema educativo, independencia económica, el despertar a la madurez afectiva y laboral como mujer treinteañera en la sociedad que nos absorbe. Grandes cuestiones, de hondo calado y modesta escritura. Si hay algo que despunta es el rostro, el gesto, el dominio del matiz que demuestra la actriz Sally Hawkings. Comprendo que la irritación asalte a muchos espectadores ante una creación tan excesiva, tan risueña y agotadora. Un personaje en la frontera del histrionismo que en definitiva sirve para abordar la tesis positivista de la película. Y es que no hay más, todo redunda en la misma idea jubilosa sin verdaderas válvulas de ironía que den peso, que ensanchen sus márgenes, aquí más indefinidos que de costumbre. Su viaje a los suburbios es incapaz de superar el rango de boceto, bastante afinado recreando terrenos físicos, menos capacitado para insuflarnos la carga de oxígeno prometida.

21/10/08

PEREGRINOS: hermanos caminantes

El cine francés continúa colándonos su frecuente ración de comedia más o menos desenfrenada, a veces reflexiva, goteadas otras con el sabor de lo agridulce. Pero siempre logra filtrarlas. No entraré en el tema de cuotas de pantalla o el chauvinismo acérrimo que han ostentado desde tiempos remotos nuestros vecinos. Sólo me centraré en los retales que componen la última pieza desquiciada de Coline Serreau, peso gordo en la industria gala que cualquiera recuerda por la gamberrada ochentera TRES SOLTEROS Y UN BIBERÓN, germen de los productos yanquis que aflorarían como hongos y que intentaban rescatar su mismo acento irónico sin conseguirlo. Un periplo voluntarioso en el género le aporta el equipaje básico para elaborar esta historieta alocada y mordaz, un verdadero histrión que no reinventará los códigos de la risa (de toque europeo), pero que contagia vitalismo en inyección irresistible.

No oculta -es más, lo muestra orgullosa- la directora su acomodo en los códigos casi paródicos de un cómic adulto donde la caricatura se asoma a bofetada de comicidad bien medida y mejor planificada. Desprende el cuento moderno sobre desencuentros fraternales un aire divertido, vivificante y pletórico, sin todos los complejos que otras incursiones en semejantes cauces sí adoptan. Esta película es gozo puro, genuino alborozo transmitido por los poros de un libreto ajustado y milimétrico, afincado en unas pautas algo esquemáticas, no siempre brillantes, pero sí libres, desprejuiciadas y sin miedo a que el absurdo empañe los pasos del camino trazado. Es eso PEREGRINOS, un camino físico y -cómo no- también metafórico, con ese punto de catarsis previsible pero en definitiva beneficiosa para el espectador. En ese doble sentido del tránsito hacia el lugar santo se incrustan unos personajes que entregan un abanico de psicologías desternillante, puntualmente tocadas con la vara de la ternura, el desencanto y una desembocadura final en el espacio afectivo que el vil metal había sembrado de rencillas.

Puede asignarse el término walk movie para definir un recorrido tan jubiloso como el que dibuja Serreau. Caminantes y hermanos que se reencuentran en mitad de una naturaleza siempre testigo de sus miserias, del choque insalvable entre el arrogante y el pusilánime, entre intereses creados por un testamento irrebatible, seguido a rajatabla y origen del enredo. La directora entra rápido en materia, no deja tiempo para reflexiones ni preámbulos cargantes. Todo se empieza a despeñar por laderas de paroxismo y un gusto por el énfasis visual presente desde la escena inicial de la última voluntad ante el albacea. Ahí me di cuenta no del despropósito que se avecinaba, antes bien de la más firme intención por hacer del relato una enérgica aventura donde las formas -veloces, como viñetas de imagen real- apostillaban un contenido igualmente desatado, a ratos de furiosa frescura, por momentos reposado a medida que el trayecto se acorta. Cosa distinta son los gustos, y en esa materia esta obra podrá encontrar detractores con algunos datos objetivos para tacharla de excesiva y simplista. Si se abandona uno a la locura embotellada, al diagrama básico de combates -familiares, generacionales, raciales- y a un sentimentalismo sin doble capa, sin más lecturas que el instinto primario, el disfrute acampará fácilmente en nuestro ánimo.

Me pregunto si no es lícito hallar el placer en disputas tan antiguas como el cine, otras veces revestidas con neurosis de manual o intelecualismos chapuceros. Creo preferir el campo abierto sin los marcajes del tópico, sin más pretensiones que hermanarnos con el desenfreno y una sátira amable y provocadora. No hay otra aspiración que la de entretener con ligeras pinceladas emotivas, muy gruesas, es verdad. Incluso se roza el criticable ámbito del chiste burdo, esa vis cómica chabacana que nunca se instala del todo, y que deja el refinamiento para obras y autores de alto rango. Lenguaje abrupto para ilustrar esta fábula socarrona, perfecto engranaje que logra implicarnos en un recorrido por senderos escarpados, y no sólo los que conducen a Santiago. La tortuosa y febril, casi demencial encrucijada ante la que tres hermanos terminan congraciándose se despoja de gravedades y moralinas. Y nosotros, por contagio, nos liberamos del mal rollo y soltamos lastre a carcajada limpia.

EL JUEGO DEL MATRIMONIO: desconfiados esposos

Me reitero en la creencia de que los viejos moldes nunca defraudan, si bien merecen nuevos lustres para ser realmente creativos. Acomodarse en el patrón de la comedia clásica del Hollywood dorado no deja de ser postura facilona, más por la aceptación popular que por la sencillez de ejecución, ya sabemos del buen arte de la risa. Pienso en uno de mis dioses -sí, acepto mi politeísmo idólatra y absurdo-, el señor Wilder, a quien no le sobraban ni puntos ni comas de acidez, nunca de más un gesto mordaz, jamás sobrante la mirada cáustica, la sapiencia literaria. Eso se cultiva si en verdad se nace con el genio dentro, de ahí que sean pocos los que ocupen el podio de deidades.

No creo que el neoyorquino Ira Sachs se haya planteado reinventar ese gran género cinematográfico. Dudo también de que pueda considerarse EL JUEGO DEL MATRIMONIO como comedia ortodoxa, limpia, dechado de precisiones que antaño fascinaba sin remedio. Más bien se aferra el relato a un esquema híbrido entre el suspense de época y la irónica -poco, eso sí- visión del noble sentimiento que sigue emparejando al ser humano per secula seculorum. Más o menos en la estela de un Preston Sturges, un soterrado Ernst Lubitsch, o tal vez Mitchell Leisen, incluso Howard Hawks revisitado con el barniz elegante de una caligrafía correcta y una puesta en escena bien segura de las cartas en juego. Porque no es otra cosa esta obra más que un divertimento, un edificio calculado en esos márgenes de clasicismo, con arcenes de los que no se desvía, lo que acaba aprisionando el relato hasta convertirlo en mera fórmula muy válida para despertar nostalgias en el respetable, aunque poco valiente para enhebrar un producto cinematográfico.

Agrada el tono general, se hace cómodo, amable en el trazado del artificio narrativo, con sus personajes estereotipados y todo eso. Cuenta con todos los recursos que esa simbiosis dramática admite, tiene incluso una voz en off para meternos de cabeza en el embrollo. Sin embargo el dibujo de las piezas del entramado -los cuatro personajes centrales- revela su flaqueza, es borroso el mar de intenciones ocultas, reacciones y psicologías manejadas por Sachs. Los hilos del misterio eclipsan el intento, si es que lo hubiera, por conmovernos a través del apego emocional, de la hondura por debajo del epidérmico, también eficaz, andamiaje intrigante. No quiero repensar esta historia con los rostros impagables de Cary Grant o Katharine Hepburn, y no cito más ejemplos ilustres para no hacerme pesado. Me conformo con el excelente poker de intérpretes que confabulan para dignificar la pieza voldevilesca, brillantes todos, aunque destaco a una pequeña actriz, grande en talento, casi prodigiosa en el mar de matices, mi admirada Patricia Clarkson. Desde el cine indie a la producción convencional, su talle menudo y el toque sereno de su mirada se ha paseado para mi regusto -siento el egoísmo-, es desde ya un de mis favoritas al trono. También aquí impregna de humanidad a su rol de esposa engañada capaz de ocultar sus propias armas de revancha, su personales artimañas de seducción.

El juego del título no sobrepasa los bordes estilísticos de una pieza de qualité, pretendidamente desfasada, melancólica por el gran cine que -se quiera o no- murió. A veces respira bajo los pellejos propios de un telefilme de lujo, revelando su parquedad presupuestaria, su caprichoso arrinconamiento en modos de rodar cosas que ya no se ruedan en la feroz industria palomitera. En la línea de la maravillosa LEJOS DEL CIELO (Todd Haynes, 2002), aunque carente de su propósito revisionista. En ésta el aroma retro invade sin relumbrones, nada fascina pero cumple. Ése es su encanto principal, tal vez el punto fuerte de Sachs y los actores para levantar un trabajo poco memorable que, pese al divertido esfuerzo común, nunca se define. El caso es que no sabemos si se quiere diseccionar la institución matrimonial -faltaría acento irónico- o desentrañar el siempre alimenticio crimen pasional -eso sí, por compasión, nada de celos-. En agua de borrajas se perfila una trama en exceso lineal cuyo empaque visual es incapaz de encandilarnos como sí hicieron aquéllas glorias del texto libre y la gracia actoral.

Ya digo que no engrosará anaqueles legendarios ni resucitará antiguos esplendores. Conformémonos con una apreciable radiografía física del momento -años 40 de mis amores-, muy justa y afinada, como interesante es el tímido estudio de parejas, su cruce de flagrantes cornamentas (a la postre consentidas), alguna reflexión perdida sobre el sentimiento amoroso como motor de la vida, a cuyo influjo termina sometido hasta el más redomado soltero -aquí con las facciones de un Pierce Brosnan muy cómodo-. Más allá de la espléndida textura no se observan grandes dotes para combinar los ingredientes del veneno hasta inocularnos su magia por vena. Dejemos eso para los maestros. Y ya me callo.

EL NIDO VACÍO: matrimonio sin hijos

Parece que el último cine argentino se esfuerza por exportar miradas con visos de profundidad hacia pequeñas cuestiones del ser humano, ajenas por completo a la gran épica de los políticos, empresarios y demás aves de rapiña. La reciente ENCARNACIÓN (Anahí Berneri, 2008) planteaba con poco tino las consecuencias íntimas del ocaso profesional en una otoñal actriz anclada en su pasado de neones y oropeles. En otro ámbito, aunque igualmente apegado al marco doméstico, al día a día de fracasos inesperados -o ciertamente vislumbrados pero escudados tras la rutina-, navega la última propuesta de Daniel Burman, fallida incursión en el naufragio matrimonial de una pareja de intelectuales bonaerenses aquejados del mal que presagia el título. Aquéllo tan ancestral de una soledad preanunciada pero a la que cuesta adaptarse, más si la compatibilidad entre la pareja hace tiempo que empezó a debilitarse.

Óscar Martínez y la enorme -en sentido figurado, se entiende- Cecilia Roth dan cuerpo a los padres de las criaturas emigradas, y lo hacen con la convicción que les permite un relato débil, apenas reforzado por los escasos destellos de Burman por registrar el abismo abierto en esa edad declinante en que todo se relativiza, incluso cimientos tan sólidos como el amor. La cámara del director se quiere objetivo casi alleniano de una zozobra vital en la que entran en juego conceptos como desengaño, incomunicación, querencias mutadas en simple convivencia entre adultos. Pero el autor de EL ABRAZO PARTIDO no es Woody Allen, ni Alan Rudolph, ni siquiera se acerca a su compatriota Adolfo Aristaráin, de quien sí podría haberse esperado una mayor carga ácida en los diálogos junto al peso emocional que este tipo de dibujos anuncian. Todo lo contrario, la cinta no eleva el vuelo -ni literal ni metafórico- de su premisa y se estanca en un terreno difuso entre el drama generacional y los apuntes cómicos con los que tiznar la reflexión sobre el declive de una relación. Queda la incómoda sensación final de una obra mejor planteada que resuelta, al menos en la escritura, que en el último tramo revela una solución literaria tan socorrida como decepcionante, bien vistos y oídos todas los recovecos del drama.

Este repaso a los nuevos cauces por los que organizar los días apenas defiende su armazón, que acaba filtrando desidia narrativa y flojera en el trazo de personajes. Mi pasión por la protagonista de MARTÍN (HACHE) (Adolfo Aristaráin, 1997) y TODO SOBRE MI MADRE (Pedro Almodóvar, 1999) echaba de menos escenas donde el combate -físico, dialéctico, auténticamente emocional- dejara libre y sin correas su talento, que Burman se empeña en estreñir en brochazos leves, de los que no calan en el espectador, sujeto a una sucesión de ideas puntuales en las que no se profundiza. De esta forma, el registro psicológico adoptado a lo largo del relato no cuaja más allá de ciertos chispazos de guión -pocos-, convertidos en puro humo en pasajes prescindibles y algún personaje de confusa presencia -pienso en ese confidente del marido y su aparición en la secuencia en Israel-. Podría aducirse que la óptica un punto tragicómica que intenta empañar la historia no logra franquear la barrera de lo esquemático, falto de calor, insípido retablo de fracasos varios, de ilusiones que dejaron de serlo. Fracaso en el mundo artístico, fracaso también como padres y, en definitiva, el gran fracaso de una sequía amorosa insalvable.

Tal vez sea el mayor desacierto el hecho de intentar mezclar realidad y ficción, imbricando los deseos y la realidad, los sueños profesionales con la frustración conyugal hasta el comentado final, casi pueril en su resolución. ¿Hace falta repetir que el genio neoyorquino no tiene parangón en cuanto a ironía y mala uva? Sólo la ascendencia judía de ambos podría emparentar el universo humano que se pretende reflejar. Pero me temo que no es suficiente para alabar un esbozo de disección como el de Burman, no es válido para sostener su viaje por los empantanados márgenes del desencanto vital, su fusión desinflada entre la madurez afectiva y la creatividad como válvula de escape, también como coraza fantasiosa con la que afrontar las múltiples aristas de la palabra crisis. Ni la simbólica escena de la pareja flotando esquiva el peligroso matiz de lo forzado, lo que otros más dotados hubieran convertido en fino bisturí. Mucho hilo para tan poca maña.

16/10/08

LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA "S": sobre destapes, madurez y nuevos tiempos

Tendrá esta excelente película la desfortuna de sufrir una condena popular guiada por el tópico y la mala baba. Se cebarán sobre ella juicios ignorantes centrados en un equívoco cartel, o en lo discutible de contar con un personaje tan connotado como Mar Flores como punta de lanza. Recibirá la esquiva arrogancia del que ignora el cine patrio, y que ahora se acomodará en su estúpido rechazo con más razón (si cabe) que otras veces. Pero el tiempo (espero) dictará su justa sentencia hasta elevar la nueva obra del tándem Dunia Ayaso/Félix Sabroso como uno de los más inteligentes, lúcidos y descorazonadores diagnósticos de nuestra sociedad, ésa que andaba en pañales allá cuando los rayos de un tiempo nuevo bañaban las tinieblas de este santo país.

Porque tiene mucho de radiografía histórica LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA "S", pero hace y cuenta la pequeña historia de un grupo de individualidades para hablarnos de la gran épica de todo un país en trance. Cine que nos habla de un cine y de un tiempo de cambios. El denostado paréntesis artístico que inauguraba nuevos modos de expresión, el insólito renacer de nuestra España posfranquista visto desde la óptica de tres chicas (mujeres, como se encarga de apostillar Goya Toledo) aspirantes a un mismo sueño de triunfo y libertad. En pos de la estela que dejó el magnífico debut de Pablo Berger, TORREMOLINOS 73, esta fábula agridulce destila buen cine a borbotones. Bueno por sumar a su irreprochable factura uno de los cantos de humanidad que a este cronista venía haciéndole falta desde hace meses, más si recordamos la catatónica bandeja de estrenos nacionales. Bueno y digno por hacer análisis sin enfangarse en lo discursivo, por elaborar un retrato generacional armado de sutileza, candidez y aroma melancólico sin la peste de lo rancio. Ejemplo de cine soberbio, memorable por pincelar las ilusiones y los fracasos de tres actrices del destape incrustando sus vaivenes emocionales, familiares y sexuales en mitad del entorno social en tránsito. La inteligencia, el ácido sentido crítico, el diálogo cáustico y una ternura que esquiva la condescendencia acaban moldeando un relato más profundo y conmovedor de lo que ojos (aún más, actitudes) simplistas puedan presuponer.

Mucho han evolucionado los directores a nivel técnico desde aquel exabrupto vodevilesco, un punto casposo, rociado con gotas de thriller de corrala cañí (PERDONA, BONITA, PERO LUCAS ME QUERÍA A MÍ). Su última pieza de arquitectura tragicómica, DESCONGÉLATE, se tiznaba de azabache en una reelaboración del género negro con flecos de ironía gamberra muy de barrio, el desenfado y lo grotesco empañando una intriga criminal tan irregular como atractiva. Pero la experiencia, o será la pulsión creativa, ha hecho que esos cimientos de amargura sirvan para erigir aquí su película más redonda, donde las aristas dramáticas quedan al recaudo de una lima afilada y mordaz. Las formas, de nostálgica belleza y precisión, enmarcan la astucia del fondo narrativo cuidado al detalle, ajeno al despropósito o la salida de tono, un contenido desolador con personajes dimensionados a golpes de hilaridad y cinismo, de mirada cálida y respeto, de hondo vitalismo y algún retazo tímido de piedad en ningún momento ponderada por la mala escritura. Y es que todo lo que se nos muestra es puro oficio que conquista el más genuino rango artístico. Este cuento moderno de princesitas despojadas de su ingenuidad toma el trozo de realidad palpable, cercana y castiza, la abrillanta con un perfecto engranaje emocional y nos obliga a asumirla sin la estridencia fácil, haciendo magia desde la crudeza, mitigando la tristeza, incluso el acento melodramático, a base de talento, la refinación del gusto adoquinando dramas personales y también colectivos. Y todo sin que la parodia chabacana, peligrosa como siempre, enturbie el resultado.

De lógica cartesiana será apoyarse en los clichés que alimentan esta obra para crucificarla. Lo insólito y apasionante del guión de Ayaso/Sabroso es reconvertir ese registro de época fiel hasta la extenuación para enunciar algo que supera la anécdota. Se nos cuenta el drama con pulso y sobriedad, y se traza de paso el panorama de moralidad provinciana que en los últimos años 70 empezaba a resquebrajarse a la búsqueda de nuevas fronteras. El país progresaba (o tal vez no tanto, como se encarga de matizar el personaje marica de la función), los gustos se abrían ante la naciente democracia y tres jóvenes que dejaban de serlo luchaban por realizarse en todas sus facetas. La sabia disposición del material narrativo nos hace transitar por sendas de sentimientos en carne viva, saliendo a nuestro encuentro un estudio sincero de la amistad entre mujeres, adivinándose por debajo un nada panfletario esbozo del cenutrio espíritu machista de la época (aún vivito y coleando, por cierto). A propósito de machos, no hay que olvidar la perfilada galería de secundarios masculinos en contrapunto perfecto, encarnación justa del estatus de poder dentro de la industria del cine como reflejo concreto de una posición social rayana con lo intolerable.

Quedaría cojo el comentario crítico de una película tan noble como LOS AÑOS DESNUDOS. CLASIFICADA "S" sin aludir a una actriz prodigiosa, la tercera en la terna y, a mi gusto, la más brillante. Candela Peña siempre será lo mejor de las historias en las que intervenga, incluida ésta, de por sí muestrario de excelencias. La menuda actriz catalana hincha de aplomo y calor cada línea de diálogo, su mirada fresca, el gesto vivo gobierna cada plano y seduce a pellizcos de rabia y cercanía, de vida siempre latente. Tal vez no hubiera nadie más ajustado para un papel bombón como la dulce y vulnerable Sandra, uno de los moldes turgentes con las que el cine se rindió a las reglas del mercadeo. Es ella uno de los objetos de esa etapa de despertares y legañas que tantas eyaculaciones provocaría entre la barriguda y obtusa población, afeada aún más por los rigores de la dictadura. Una de las tres muñecas que avivaron deseos y calentones, quizá el vértice de mayor enjundia en este agudo catálogo de esperanzas quebradas, de luchas íntimas por recobrar la autoestima que un mar de miradas babosas de excitación logró mutilar.