Qué difícil es ser gamberro en estos tiempos de humor prostituido, carnaza emocional y mala hostia. Hace un cuarto de siglo la cosa era distinta. Dos hermanos dotados para lo del cine dejaron huella fundacional en el género negro, no ya porque reinventaran patrones de adscripción clásica, más bien por reelaborarlos bajo una óptica peculiar. Las tintas de hilaridad sin complejos fueron trenzando desde SANGRE FÁCIL (1983) un universo insobornable, el sarcasmo y la dudosa moralidad como signos de su abanico temático, pero también sello con que trazar personajes que no escapaban a sus brochazos ingeniosos.Tras la lacónica y-según el grueso de la crítica- magistral NO ES PAÍS PARA VIEJOS (2007), que a este cronista dejó indiferente, regresa la pareja acorazada en las marcas de fábrica incapaces de defraudar. Percibo, bajo el perfil de divertimento entre colegas, una vuelta al paraje de comicidad donde más cómodos se encuentran, será tal vez porque retoman su íntimo
Recupero a los Coen juguetones, autocomplacidos por saberse dueños de un código inconfundible que aquí funciona a la suiza -de relojero, me refiero-. Puestos a escarbar en los mecanismos del humor, hilan al milímetro un mosaico inspirado esta vez en el thriller de espionaje en las altas esferas, territorio nutrido últimamente desde el recato y una excesiva seriedad. Ni siquiera los créditos del inicio, alusivos a una intriga de vuelo internacional, llaman a engaño, de hecho prologan lo que no deja de ser una metódica broma de diseño. Otra pura sesión de talento, entendámonos. No puedo decir que la carcajada estalle irrefrenable, no se trata de una comedia descerebrada, recurrente o zafia -joyas de la taquilla dominguera-. Aún así, me sorprende su permanencia en el primer puesto de la
recaudación patria, auténtico espejismo que obliga a cuestionarme la intuición del público, más animoso para recibir cualquier otra clase de anestesia intraocular.Se ajustan -decía yo- los resortes cómicos a un relato sin tregua, mecánicamente perfecto. Se van pincelando la excentricidad, el toque histriónico, los impulsos neuróticos, aunque apenas queden esbozadas sus motivaciones. No creo que sea lo importante. Erigido a modo de bola de nieve, obedece el guión las exigencias del artificio en torno a un macguffin que, sin embargo, en ningún momento hace peligrar el sólido timón narrativo. Es por esta aparente gratuidad que la excusa argumental deja asomar el absurdo, a trechos lo grotesco, recorriendo los huesos de un suspense casi siempre eficaz, genuino entramado que incita a empaparnos de su sencilla complejidad. Actores de renombre -cómplices en la diversión- aportan el rollo empático imprescindible a la hora de recorrer una senda de secretos y mentiras, informaciones de alto riesgo y confusión detectivesca de pacotilla. Los Coen -muy listos- aprovechan el tirón para desentrañar
los recovecos de un laberinto que no es tal, al final el engranaje de falsas apariencias y culpables por azar se queda en esquema básico de la travesura desenfrenada. Cine que se ríe de sí mismo y de todo lo que hasta entonces se ha hecho.
Quizás enriquezca la trama una doble lectura sobre las artimañas del poder para conservar intactas sus redes de influencia. Descubro los morros de la ironía en esa Frances McDormand empecinada en reconstruir su cuerpo, víctima de la dictadura de la belleza que observa cada día en el gimnasio. Aletea de paso un tono mordaz al describirnos el cruce de personajes hartos de soledad -o de fracasos matrimoniales- y carne de webs de contactos. Pero nada cae en los juicios moralizantes ni en solemnes conclusiones. Y es que nada traspasa los márgenes de la caricatura inteligente, ese rizo de lo verosímil mediante el que se configura un dibujo a la vez excesivo y contenido, paradójica fusión de memorable solvencia en FARGO (1996) y EL GRAN LEBOWSKI (1998). De nuevo los creadores apelando a su intuitivo disfrute del oficio.
Una suerte de demiurgos manejando los hilos de sus criaturas hasta doblegarlas -también a nosotros- a una voluntad que sigue sin naufragar. Autoría lo llaman algunos. Yo prefiero lo de genialidad. Suena mejor.



Una de las exquisiteces para guionistas y directores es agarrar el maletín de piezas literarias de postín, época victoriana como plato fuerte, y adaptarlas. Barrunto la comodidad ante textos fragantes de prestigio, no en vano el material adaptado suele tener carne que roer, sólo se requiere la corrección ortográfica y un plantel de intérpretes que aporten solidez al asunto. El lustre queda asegurado. El británico Julian Jarrold, fogueado en recreaciones nobles, reaparece con cartuchos que prometen puntería, como demostrara aquella serie de los 80 por la que Evelyn Waugh pudo asomar su prosa refinada.
Aristocracia rancia y católica (¿no son lo mismo?), conservadurismo bestia frente a amoralidad y libertinaje. Y, por encima de todo, una vuelta nada innovadora a la ancestral lucha de clases, más hombre rico-hombre pobre, más vaivenes sentimentales ahora enriquecidos por la homosexualidad del joven adinerado. Todo tan tibio y aséptico que el final reflexivo, con el tormento interior incluido, apenas nos roza. 




Aún recuerdo una reciente versión francesa de esta joie de vivre, que los distribuidores renombraron con parecida coletilla. Allí era ODETTE (Eric-Emmanuel Schmitt, 2007) el epicentro de un optimismo sin peajes, indomable, puro. La película no contaba excelencias, pero era amable. La boca cedía al impulso de la sonrisa agradecida y clara. Sin innovar en calidades, sin brillos ni estridencias cautivó a golpes de simpatía. Tras ese reguero, Mike Leigh regresa a los ambientes que ama, que en el fondo son los que mejor conoce. Volvemos a su Inglaterra gris y de extrarradio, a los callejones proletarios tan jugosos para entonar semejante canto a la vida. Nadie mejor dotado si hablamos de seccionar la mediocridad y contar cuentos sobre miserias varias, de tanto gusto entre el público.
Leigh, lejos de manipulaciones, edulcora el retrato de ese paisaje revistiendo con fragancia naif algo que en el fondo no deja de mostrar sus esquinazos de amargura. Porque, pese al subtitulado en castellano, esta obra tiene poco de graciosa. Es fresca, sí, pero nunca revela las costuras de comicidad que vende un cartel colorista y excéntrico. No sé si por cierta insipidez global, pero el humor apenas se deja ver. Late bajo el tonelaje de ingenuidad descrita por los guionistas un tímido repaso a la rutina de una clase media de profesionales, las charlas que adornan el gentío de los pubs, la marea de sueños sin cumplir, la vida enseñando los dientes. Todo seducido por el trazo noble, sincero, en las antípodas del chantaje emocional, un maestro el señor Leigh. No hay duda.

El lenguaje sereno y falto de alardes es el mismo, pero el relato no enamora. Le sobran algunas escenas demasiado estiradas y esos (forzados) apuntes discursivos en personajes secundarios, sobre todo un profesor de autoescuela algo nazi para los tiempos que corren. Racismo, sistema educativo, independencia económica, el despertar a la madurez afectiva y laboral como mujer treinteañera en la sociedad que nos absorbe. Grandes cuestiones, de hondo calado y modesta escritura. Si hay algo que despunta es el rostro, el gesto, el dominio del matiz que demuestra la actriz Sally Hawkings. Comprendo que la irritación asalte a muchos espectadores ante una creación tan excesiva, tan risueña y agotadora. Un personaje en la frontera del histrionismo que en definitiva sirve para abordar la tesis positivista de la película. Y es que no hay más, todo redunda en la misma idea jubilosa sin verdaderas válvulas de ironía que den peso, que ensanchen 
El cine francés continúa colándonos su frecuente ración de comedia más o menos desenfrenada, a veces reflexiva, goteadas otras con el sabor de lo agridulce. Pero siempre logra filtrarlas. No entraré en el tema de cuotas de pantalla o el chauvinismo acérrimo que han ostentado desde tiempos remotos nuestros vecinos. Sólo me centraré en los retales que componen la última pieza desquiciada de Coline Serreau, peso gordo en la industria gala que cualquiera recuerda por la gamberrada ochentera TRES SOLTEROS Y UN BIBERÓN, germen de los productos yanquis que aflorarían como hongos y que intentaban rescatar su mismo acento irónico sin conseguirlo. Un periplo voluntarioso en el género le aporta el equipaje básico para elaborar esta historieta alocada y mordaz, un verdadero histrión que no reinventará los códigos de la risa (de toque europeo), pero que contagia vitalismo en inyección irresistible






