19/7/08

ALEKSANDRA: abuela en retaguardia

Alexander Sokurov es de esos nombres del cine cuyo prestigio crítico vaticina los valores de los títulos que logran estrenarse, o, en el peor de los casos, alivia sus posibles carencias con el peso del curriculum. Bastante desconocido entre la masa cinéfaga, este artista ruso, inclasificable y culto, concibe la técnica cinematográfica como perfecta herramienta para cuestionar posturas éticas, morales e historicistas, casi siempre moduladas en torno a su Rusia natal. ALEKSANDRA, su última criatura, no es perfecta. Ni siquiera puede decirse que roce un refinamiento visual equiparable a la densidad de su discurso, al dignísimo engranaje de reflexión que recorre las arterias de su sencilla historia. Es ésta una obra ambicionada en tanto pequeño muestrario de los absurdos de la guerra, la que acontece en territorio checheno sin que los visos de un final -más o menos próximo, más o menos compasivo- mitiguen la angustia de saberse una nación sin identidad, ahogada por un lacerante sentimiento de desarraigo. Si el gran Nikita Mikhalkov rellenaba de lúcida autocrítica las costuras de su desmedido alegato antibelicista 12 -a la sazón remake un tanto innecesario del clásico judicial de Lumet-, Sokurov hace lo propio -que es mucho y muy loable- con el lenguaje de una parábola humanista e iluminadora, delimitada con los trazos de un relato anecdótico que trasciende sus propias flaquezas. La aventura de esta abuela parapetada en territorios de masculinidad sudorosa y hambrienta recubre de tono naif, a veces conscientemente acorazado en lo tosco, una hermosa metáfora que alumbra ese desencanto existencial desde la óptica de la soldadesca obligada a arriesgar vida y alma en nombre de la santa patria. Para elaborar su mensaje de condena -que nunca se inflama hasta hacernos sonrojar-, el periplo de la anciana entre tanques estacionados, artillería desmontada y jóvenes descamisados adquiere un formato estético cercano al documental, nutrido con un orden secuencial donde el ritmo logra tambalearse gracias al escaso dibujo dramático que Sokurov pone en bandeja. Dicho de otra forma, acaricia ALEKSANDRA territorios de inanidad narrativa, elevando a grado máximo la peculiaridad -por no decir inverosimilitud- de su premisa y articulando el bosquejo costumbrista de la trastienda del conflicto, el testimonio descriptivo de una retaguardia expectante como razón de ser del metraje.

Si atendemos bien al esquemático esbozo de los personajes entre los que pulula la inquieta protagonista, si captamos el escaso despunte de secuencias donde la acción parezca avanzar, puede concluirse que no importa a Sokurov el sentido canónico e imperturbable de la narrativa convencional, su básico diagrama de causas y efectos. En la memoria cinéfila residen aún las imágenes de EL ARCA RUSA (2001), triple salto mortal en un acrobático experimento que enarbolaba el plano secuencia como arma lingüística con que repensar la historia nacional. Tildado de visionario por unos, petulante esteta por otros, el director retoma ahora el mismo impulso analítico que latía en aquella obra de facinante envergadura y lo expone con el cuerpo de la fábula de sencillo molde y amplias miras. La pintoresca experiencia de una señora en busca de su nieto, oficial ruso en una de las bases militares del conflicto armado, es un -a ratos ingenuo, a ratos tierno- mensaje de alerta por el sinsentido de esa guerra -habrá quien lo trasponga a otras conflagraciones-, que, como cualquier guerra, como todas las guerras, se articula sobre los cimientos de una juventud empujada por la falacia de un sentido de la heroicidad impostado, cincelado a conveniencia de los mandatarios para ganarse adeptos a la causa. En varias líneas de guión insiste el director en su apesadumbrada visión de un tiempo y un país, aunque enmarque la propuesta en un barracón perdido, desfigurado entre polvareda que casi puede morderse. Enclave que se torna microuniverso donde empastar el derrumbe de los pilares que sustentan las esperanzas, las ilusiones de un colectivo a la deriva. Alexandra -magistral presencia de Galina Vishniévskaya, celebridad del ámbito operístico soviético reciclada en sólida actriz- se cuestiona la utilidad de una lucha empecinada en devastar en lugar de reconstruir, al tiempo que se escandaliza por la imberbe arrogancia (caparazón de humanísimas angustias) de la que hacen gala los soldados. Su desconcierto en un entorno despojado de comodidades y afectos es el nuestro ante la frialdad en la radiografía de Sokurov, quien ocasionalmente se escora hacia el cartón pedestre a la hora de transmitir la enorme semántica de su relato. Desnuda de artificios, sin el apoyo de la emoción -pese al lirismo de una partitura del todo inadecuada en la busca de realismo-, la andadura de la gran progenitora se antoja apacible reflejo de toda una idiosincrasia, sereno compendio de miedos y deseperaciones, de una falta de fé en el futuro que no halla su correspondiente lustre como objeto cinematográfico. Sería el empaque de brillantez -lo que se cuenta y cómo se nos cuenta- con el que honrar tanta catadura moral puesta en juego.

3 comentarios:

Federico Casado Reina dijo...

La verdad es que a mi "Aleksandra" me pareció un tostón de padre y muy señor mío. Discrepo en cuanto a lo que dices del guión: sencillamente no existe. Ni siquiera un documental cuenta las cosas de una manera tan, tan, tan sosa y aburrida. ¿Qué es lo que pasa realmente en esta película?

Mira, el enlace a mi crítica de "Aleksandra"
http://canaldecinefedericocasado.blogspot.com/2008/05/aleksandra.html

babel dijo...

A mí me gustó la película. Entre otras propuestas, me gusta ese cine que entra con sencillez y naturalidad en temas realmente complejos. Y me gusta la ética que destila Sukorov en este film. No se trata de descubrir qué pretende decir a través de pretendidos mensajes cifrados; es un cine para contemplar, del mismo modo que lo hacemos con un paisaje o un cuadro, dejándose llevar por la imaginación y las sensaciones que fluyen. Eso también es cine, cine como arte, que rompe un poco el esquema planteamiento-acción-desenlace. En el cine no siempre hay que buscar los mismos esquemas. Unas veces una cinta es un guión puramente hablando, otras las imágenes en sí mismas son el guión. Un maestro en ese sentido es Tarkovski; otro, Svankmajer (hay películas divertidísimas y desbordantemente imaginativas en las que no se pronuncia una sola palabra). Cada cosa tiene su momento para degustarla.
Gracias por tu visita, yo también te añado, creo que tienes material más que interesante.
Saludos.

tomas dijo...

Tienes razón, babel en que no siempre el esquema convencional de desarrollo dramático es lo único que puede hacerte sentir en el cine. Concretamente Aleksandra se vale de su ingenuo punto de partida para hablar de otras cosas, no importa tanto lo que le pase a la abuelita traviesa como hacer pensar con su aventura acerca de ese conflicto (de hecho los diálogos sí apuntan reflexiones sobre la inutilidad de la guerra, ´por ejemplo cuando está hablando con la señora del puesto en el mercado, o sobre la edad de los soldados, tras lo que se esconde una crítica -no muy ácida, también es cierto- a la política de su gobierno, empeñado en sostener la lucha a costa de los de siempre: los chavales reclutados, algunos ni siquiera con familias a las que echar de menos, con cierta confusión mental, con falta de ideología definida....lo de siempre, vaya)

Sí, tiene aspecto de documental, pero le queda un mínimo de anécdota a partir de la cual enganchar al espectador, al menos yo no tuve la sensación de ver algo plomizo o insoportable.