7/4/08

LA FAMILIA SAVAGES: lastimosos reencuentros

Tienen las imágenes de esta película portentosa la capacidad de hablarnos en voz baja de asuntos complejos, tan identificables que duelen. El reencuentro paternofilial que articula la historia trasciende sus márgenes anecdóticos y explora terrenos de reflexión en los que cualquiera de nosotros se involucra sin pretenderlo. El sentido de la responsabilidad familiar, cuyos límites varían según quien la ejerza, es algo cercano y universal, pero en ocasiones alerta sobre íntimas oscuridades que apenas intuíamos.

LA FAMILIA SAVAGES plantea molestos interrogantes sobre el valor que otorgamos a los que más queremos, incluidos nosotros mismos. Sorteando con astucia los traicioneros reclamos del melodrama, Tamara Jenkins escoge circular caminos sinuosos por los que desplegar un material narrativo tan brillante como revelador. Su película va tomando cuerpo desde la modesta pequeñez del planteamiento inicial y deja que afloren los detalles que enriquezcan nuestra mirada cómplice. Los personajes laten con insólita humanidad, más frágil y más doliente a medida que el trayecto se encrespa. Nada es tan sencillo ni tan arduo como una reunión de hermanos después de años sin convivencia, con vidas tan divergentes que acabarán confluyendo en un único punto de desconcierto. Nada es tan espantoso como constatar el declive de un padre que deja el timón de su propia existencia y se suma al humillante grupo social de los despojados. Nada asusta más que afrontar los fracasos vitales mirándonos en el espejo más convincente, uno que escupe su imagen con la aplastante seguridad del vínculo de sangre.

Jenkins enuncia con la firmeza incisiva de un cirujano realidades temibles y miserables, pero inyecta a su discurso una inteligente dosis de ironía que nos alivia del peso dramático. La película es prodigiosa en su dominio de los resortes de comicidad en mitad de la tragedia, permitiendo una superior empatía con sus desorientados protagonistas. Tanto la dramaturga en crisis profesional y afectiva como el cerebral y algo hosco profesor universitario se ven abocados a una verdad demoledora, esa experiencia inesquivable que hará las veces de catarsis unipersonal proyectada hacia su forzosa relación fraternal. Pero la directora convierte los afilados perfiles de algo tan lacrimógeno en comprensivas, sutiles, candorosas pinceladas de autenticidad. Y ya se sabe que no hay nada más auténtico que esgrimir una sonrisa ante los envites de la vida, por mucho que cueste. Jenkins extrae el sarcasmo de estos seres estupefactos, y nos contagia su aliento vitalista.

Nada que objetar a una puesta en escena de un naturalismo desarmante, acercándonos esos espacios tan cálidos e inhóspitos como sugiera la historia; con ágil sucesión de secuencias en las que se dibuja unas emociones sin trampa, puras, hirientes al tiempo que esperanzadoras. Los personajes nos transmiten sus angustias, la incertidumbre ante hechos inesperados, el quebradizo sistema de certezas que encauzaban su rutina. Pero la película se hace grande, enorme, porque no las convierte en víctimas ni en héroes, objetos de nuestra compasión o admiración. Quizá son ellos los únicos culpables del naufragio en el que sobreviven, los únicos responsables de su futuro. Chocar de bruces con el patético, enfermizo entorno geriátrico les ilumina mutuamente sobre el tiempo perdido, el significado de los afectos, las esperanzas rotas y las que renacen, la insalvable toma de decisiones, su abrupta entrada en la madurez para enderezarse y seguir. Varias son las referencias al tema de la edad, y es que estos dos hermanos tan diferentes, tan idénticos al fin, abrazan una etapa de tránsito, el punto del camino donde se olvidan ortodoncias y otras desgracias de juventud para divisar los lastimosos rigores de la vejez -la secuencia con padre e hija en el avión es desoladora-.

LA FAMILIA SAVAGES se eleva a la dimensión de obra artística por desnudarse ante nosotros, por arropar con mantas de pulcra honestidad los senderos tortuosos que expone su rotundo guión. Por no recurrir al ternurismo fácil ni a púlpitos moralizantes, por no condescender ante un paisaje anímico tan sombrío. Y también por filtrar con sabia función narrativa esas perlas relativas al ambiente intelectual de los dos protagonistas. Son momentos hilarantes que resaltan la tremenda brecha entre el impulso creador y un ingrato presente que impide desarrollarlo -excelentes las alusiones a Sam Shepard y a Brecht, junto a la música de Kurt Weill en la banda sonora-. El solitario profesor experto en el teatro social alemán sabrá distinguir en la teoría entre emoción y reflexión, pero su odisea familiar le demostrará que la realidad no entiende de categorías, que los auténticos problemas admiten sentimientos contradictorios. La escritora vulnerable, neurótica y ansiolítica acabará refugiándose en una consoladora mentira profesional para hacer valer su personalidad creadora ante un hermano suspicaz. Tamara Jenkins se sirve de la generosa carnalidad de tres actores colosales para plasmar su pequeño universo de soledades compartidas. Laura Linney -candidata al premio gordo de la Academia por su trabajo- y Philip Seymour Hoffman matizan hasta el límite estos seres a la deriva sobre los que terminará cayendo la sombra de un éxito tardío, liberador. Junto a ellos, un inmenso Philip Bosco, que aplica su bagaje teatral a la magistral composición del padre anciano.

Estos tres nombres construyen un hermoso, equilibrado, noble relato sobre la vida frente a la muerte, sobre la dignidad herida en reductos de ancianidad maloliente. Un discurso que alumbra sobre la carga del pasado y un futuro de crueles contornos, sobre la decrepitud física y mental, sobre el desajuste entre compromiso y autorrealización, sobre todas esas disfunciones vitales que acaban estallando en momentos de bloqueo y desamparo. Una obra lúcida que bascula entre la pesadumbre y el humor con abrumadora elocuencia, con el insobornable aplomo de las verdades contadas sin alzar la voz.

2 comentarios:

M. Jordan dijo...

Felicidades por esta sentida crítica de The Savages. A mi la película no me parece tan llamativa pero reconozco que escribes con una pasión sobre ella que hace digno de mención tu trabajo por encima del de Tamara Jenkins.Sin duda, después de leerte la iría a ver (de nuevo!).

Saludos,

Mónica

and God said let'em be lips, and there were, and they were good dijo...

Esto deberia ser el cine alternativo, sin alardes y sin ir de guays. Donde quedarian la petarda de Asia Argento entre otros que intentan contar cosas fuertes y ni siquiera te rozan.
Actorazos Laura Linney y Phillip Seymour Hoffman.
Por cierto, a papa, lo enterramos no?