25/4/08

MIL AÑOS DE ORACIÓN: historias mínimas

A cuentagotas se revela esto del cine -burdel que acoge numerosas formas de prostitución audiovisual- en su sagrada dimensión artística y logra hacernos madurar, no sólo como espectadores, también en un plano personal. Hay películas que se cuelan entre los estrenos y, tan discretamente como entraron en cartel, salen de él sin que más que unos pocos avispados puedan disfrutar de su grandeza -no precisamente en su alcance comercial-. Wayne Wang parece empeñado en asaltar la zona más noble de nuestra pasión voyeurista -todo cinéfilo tiene mucho de esto- y hablarnos claro con un cine emocionalmente pulcro. Puede incluirse en el grupo de autores para los que el oficio se aleja de necesidades industriales y consuma esos imprescindibles actos de comunión con la vida que algunos seguimos exigiéndonos.

Aún humean en la memoria las excelencias de una obra portentosa como SMOKE (1995) -concebida a cuatro manos junto a Paul Auster- y de la sensible y preciosista LA CAJA CHINA (1997) -Jeremy Irons dando un nuevo prisma al tormento-, que elaboraban una íntima y doliente partitura emocional a través de personajes en busca de identidad -sentimental, familiar-, en huida espantada del desarraigo vital. La integridad narrativa de Wang sólo podía equipararse -aún más en la primera- a la diáfana presencia de los asuntos abordados, con una caligrafía visual naturalista que favorecía nuestra absoluta identificación. MIL AÑOS DE ORACIÓN ahonda en veredas exploradas por el director, quien vuelve a situar a sus protagonistas ante hechos que alteran el rumbo de sus días, en un frente a frente de mundos opuestos obligados a convivir. Pero el referente más obvio en la filmografía de Wang es su excelente CÓMETE UNA TAZA DE TÉ (1989), que en sabia mezcolanza de comedia y drama sentimental mostraba el devenir de los emigrantes chinos en la Norteamérica de las oportunidades en los 50 del pasado siglo.

Tan minúscula como una fábula milenaria china, pero a la vez con toda su losa simbólica, su fascinante poder de seducción, va desplegándose esta hermosa película. Wang enuncia sus temas a partir de la experiencia del anciano sr. Shi en la tierra prometida, un viaje físico que revelará un paralelo trayecto interior de descubrimientos. La narración -toda cubierta de una pátina de melancolía irresistible- pivota así sobre el choque generacional entre padre e hija, quienes vuelven a compartir techo tras muchos años de distanciamiento. Pero se articula este choque como concreción de otro superior, como un ejemplo muy revelador de la colisión entre culturas que propiciará algunas de las escenas más hilarantes de la película. El director elabora a partir de ese eje un sutil y cálido discurso sobre la incomunicación, sobre todos los puentes invisibles que permiten entenderse por encima de las palabras, un minimalista tratado sobre las afinidades entre extraños unidos en su desorientación -espacial y emocional-.

En este sentido, MIL AÑOS DE ORACIÓN se nutre de escenas de profunda tensión entre el viejo y su hija Yilan, en instantes donde asoman los flecos de esa divergencia cultural. El padre no entiende la parquedad de su hija, las cenas silenciosas, no entiende tantas cosas en la rutina americanizada de su hija. En sus salidas al parque encontrará un alter ego, la señora iraní también despojada de sus raíces, otra exiliada -como él- aunque por motivos más infames. Es en estos diálogos frescos, cargados de ironía, donde Wang perfila el mensaje final, su confianza en el poder que alberga el ser humano para transmitir sus propias inquietudes. Ambos personajes se reconocen mutuamente en su común desahucio, se entienden e intercambian muestras de aprecio sin apenas descifrar el lenguaje. Es curioso el hecho de que Wang haya omitido los subtítulos en algunos de estos pasajes, cuya expresividad queda acentuada de esta forma. Lo importante para él -y para Yiyun Li, autora del relato en que se basa, Mil años de buenos deseos- es la superación de la barrera idiomática cuando se trata de participar del dolor, de los temores, del mundo interior de los demás.

Esta obra nos habla a susurros, va descubriendo su secreto con la misma timidez de un niño, y lo que revela suscita sensaciones encontradas, pero igualmente edificantes. El humor que mina el relato -la escena de los jóvenes mormones desborda ingenio- actúa como contrapunto del pequeño drama familiar, que en su final saturará de palabras los espacios de silencio, logrará tender esos lazos de comprensión paternofilial quebrados por el tiempo. Pero nos queda la sensación agridulce de una separación irremediable, parece querer constatar Wayne Wang que la reconciliación entre ambas formas de vida sólo es posible manteniendo la brecha geográfica. Hasta entonces, la película intentará esbozar la cara de la felicidad, en ese latente combate entre la filosofía de vida más tradicional y un futuro construido sobre valores occidentales. ¿Es feliz la joven profesional instalada en la próspera América -pero fracasada en el nivel sentimental junto a otro paria-? ¿Lo es acaso la mujer pisoteada por el destino y forzada a envejecer en un asilo? ¿Puede divisar algo parecido a la felicidad el viejo turista accidental marcado por un pasado de frustraciones y un doloroso reencuentro que le hará regresar?
Péndulo de emociones, sabiduría condensada, espejo limpio de las incertidumbres que consiguen conectarnos. MIL AÑOS DE ORACIÓN teje su plegaria austera y delicada en torno a la culpa y el perdón, sobre los vínculos afectivos que nos marcan, sobre las cosas que callamos y terminan por estallar, sobre sueños derrumbados, soledades compartidas y otras epidemias del mundo moderno. Una serena y aguda reflexión que la mirada del gran Henry O -con justicia premiado en San Sebastián en el 2007- reviste de compleja humanidad, de la inspiradora fuerza encerrada en los proverbios.

2 comentarios:

Nacho Hevia dijo...

Genial tu blog y fantástica la película. Me encantó. Gracias por tus opiniones sobre ella, la enriquecen.
Saludos!!!
Nacho

Enrique dijo...

Tomás, sabes que comparto tu gusto por el buen cine y por la re-creación que supone escribir sobre películas. Excelente crítica, que comparto plenamente. A ver si entre todos conseguimos dignificar este oficio, a veces bastardeado, de la crítica cinematográfica.
Un abrazo.