


La astucia y el buen gusto del director hacen de lo minúsculo una enorme hilera de virtudes. Su película se convierte en una melancólica fábula sobre los cauces de conexión entre los pueblos, un canto por la integración cultural parido con sinceridad y ternura.
Y nos llega hecho anécdota, como un intrascendente punto de arranque que eleva su potente discurso sin que apenas lo percibamos. LA BANDA NOS VISITA nos habla de pequeña gente con su pequeño tejido afectivo, es una obra que transforma la pintoresca premisa en uno de los más sutiles y cálidos retratos humanos vistos este año. Y sólo si se quitan de un plumazo los irracionales prejuicios puede entonarse este entrañable tango de emociones con sabor a arena, alegato tragicómico a favor de la solidaridad y el respeto antes que soflama politizada.

Eso es lo que enaltece esta película muy por encima de limitaciones narrativas. Su autor desgrana el fortuito
-y, a la postre, enriquecedor- encuentro de los músicos con esa gente varada en mitad de ningún sitio. Pero no esgrime el molesto tono condescendiente, más bien deja que los lazos vayan trenzándose, con la misma discreción que denota en la puesta en escena, sobria y contenida, minada de planos secuencia que encierran los momentos de mayor hilaridad. No ocultan estas escenas -la clase de seducción en la discoteca o la cena en casa de una de las familias del pueblo- su herencia del cine mudo, el innato alcance narrativo y un cierto impulso poético en aquéllo que no requiere palabras para hacerse entender. Queda así una perpetua sonrisa en el reconfortado espectador, cómplice en la aventura y testigo de los vínculos que van naciendo aún siendo conscientes de su pronta caducidad.



Gran legado hecho magia por Kolirin en pleno siglo XXI, la pura magia del cine que aún permite identificarnos, hasta conmovernos con diminutos trozos de la vida. LA BANDA NOS VISITA reivindica la fuerza de las relaciones humanas transparentes, sin contaminar por hermetismos lingüísticos, con la expresividad que el lenguaje musical detenta, universal instrumento de entendimiento y poderoso recurso para que brote el cruce de emociones. Es una obra de irresistible encanto, que nos habla en árabe, también en hebreo, y, cómo no, en inglés, el idioma estándar que acaba desconociendo peajes y ante cuyo imperialismo se pliega hasta el más recóndito habitante. Y también causa última aducida por la santa inquisición de Hollywood para rechazarla como posible ganadora del premio a la mejor película de habla no inglesa. Qué cosas.

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