14/5/08

LARS Y UNA CHICA DE VERDAD: amor de látex

El cine independiente siempre ha funcionado como revitalizante frente al opio servido por la industria yanqui. Los críticos siembran elogios hacia historias cuya génesis se produce a costa de modestia y alguna marcianada narrativa. El espectador medio empieza a calibrar qué le compensa más y parece rendirse poco a poco a las seducciones de lo pequeño, que, como bien se sabe, condensa fragancias más intensas. Craig Gillespie aprovecha la coyuntura y nos ofrece una película insólita que parte de su peculiar anécdota argumental para construir un agridulce estudio de la condición humana, toda una rareza tan deliciosa como bien empaquetada.

LARS Y UNA CHICA DE VERDAD ha sido concebida por la fecunda actividad neuronal de Nancy Oliver, quien fuera artífice de algunos episodios de la espléndida serie de la HBO A Dos Metros Bajo Tierra. Un portentoso ejemplo de creatividad literaria que exponía las miserias y grandezas de la funeraria familia con maestro dominio de las emociones, y cuyo espíritu ácido y heterodoxo vuelve a relucir aquí. ¿Hay algo menos convencional que emparejar a un freak con una muñeca de plástico programada para orgasmar? Un original punto de partida con el que el director construye un tierno relato sobre la soledad, la necesidad de afecto y el valor del individuo frente a la comunidad donde vive. Lo cierto es que no hace falta mucho sentido analítico para captar el trasfondo corrosivo que envuelven imágenes tan diáfanas, con un tono oscilante entre la comedia costumbrista y la crítica social que equilibra el conjunto y lo rellena del necesario -e inesperado- poder de identificación.

La película utiliza ese arranque estrambótico para encauzar su pequeño discurso sobre los márgenes de lo que se considera normal. Gillespie va dibujando al personaje de Lars con cariño, lo mima sin alcanzar la peligrosa compasión y sirve el plato con las adecuadas dosis de melancolía e hilaridad, siempre garantes de buenos resultados. Pese al desconcierto inicial de los lugareños -y también de todos nosotros-, el affaire que el personaje se agencia vía red de todas las redes es aceptado no como algo lógico, pero sí posible. Si Lars es feliz así, ¿por qué criticarlo o demonizar su inclasificable tendencia? Antes que dramatizar con material tan proclive al tratado médico, la guionista se escuda en la bondad de un pueblo entero, en su capacidad para asumir lo distinto como motor narrativo de una fábula amable, que endosa bajo capas de liviandad una aguda reflexión sobre la mezquindad que a veces guía el comportamiento humano.

Con ritmo pausado y gran sencillez escénica se desarrolla una trama que quizá evoque el universo capriano, el fascinante mundo cinematográfico donde los pequeños conflictos siempre hallaban resolución a base de indulgencia y buenas intenciones. Rozando el sarcasmo y la mala uva, pero sin adentrarse demasiado, LARS Y UNA CHICA DE VERDAD juega con lo minúsculo de su propuesta y plantea interrogantes curiosos, de ésos que nos reflejan sin apenas percibirlo. Es éste un cuento moderno acerca de nuestra capacidad para afrontar lo extravagante, un candoroso homenaje al triunfo de la personalidad sobre lo establecido, un cálido retrato de humanas reacciones frente a lo marginal y -sólo en apariencia- digno de rechazo. La escena de la discusión en la parroquia ilustra mejor que ninguna otra el mensaje -porque ternerlo, lo tiene, y muy honrosamente- del conjunto, que al final cede el terreno al gobierno del respeto y la tolerancia más allá de actitudes peculiares. Un espejo de realidades quizá no tan lejanas.
Excelente cuarteto de actores para poner en pie este nueva muestra de cine indie no tan transgresor como cabría suponer, aunque efectivo. Pero destaca el emergente Ryan Gosling, quien brilla sin sombra de duda como el tímido y entrañable Lars, arriesgándose con un personaje que en ningún momento bordea la caricatura y al que el actor entrega una interpretación casi genial, uno de esos regalos que la profesión suele ofrecer de vez en cuando. Con él accedemos a una personalidad tan inusual como fascinante, rica en quiebros dramáticos y compleja frente a lo naif de su planteamiento. Un personaje que se autoinflige la separación del resto -incluso su familia más cercana-, alimentando una misantropía cuyas motivaciones muestra Gillespie con cierta ambigüedad, sin juicios morales ni dictámenes condescendientes. Sólo el sentido del humor y el buen rollo de implicarnos en la aventura del amor virtual, en la búsqueda de una vida sentimental aún comprada ésta en el stock de una web de mujeres de látex.

Una obra que habla de algo tan universal como la persecución de la felicidad de uno mismo superando el qué dirán. ¿Es Lars un enfermo sólo por eso? Un sutil y en cierta forma edificante conflicto semántico entre la realidad y la imaginación, entre las ilusiones que alimentan nuestra autonomía y los actos que el resto ve como síntomas de demencia. Todo ello regado con un certero dardo a las insanas costumbres provincianas -infectadas de prejuicios y falsas apariencias-, a un microcosmos reconocible que esta agradable película reviste con estallidos de optimismo y libertad. La mejor medicina contra la estupidez.

1 comentario:

redrum dijo...

Excelente crítica. A mí no me entusiasmó, me pareció suficientemente fabulosa como para intentar transmitir su mensaje, pero vale mucho la pena echarle un ojo.

Éste es el camino del cine independiente, y no Dan in the real life, etc.

1 saludo!