Convendrán conmigo en que el ilustrado y a la vez inmundo doctor Lecter inseminó hace ya unos añitos los códigos de un thriller de la postmodernidad que otros caníbales menos brillantes han intentado ratificar hasta la extenuación. Coleccionistas de huesos, acuchilladores vaginales, fetichistas de lencería bañada en sangre, portentosas mentes capaces de burlar con acertijos al tenaz cuerpo policial y ganarse al respetable a golpes de encanto. La fórmula, achicharrada por rutinaria, recuperó el pulso con la reciente ZODIAC, del inquietante David Fincher, ejercicio de autor muy cercano a la maestría que viraba el timón del efectismo hacia una absorbente y puntillosa narración de pulido clasicismo.La californiana Karen Moncrieff se sirve en THE DEAD GIRL -su segunda película tras BLUE CAR (2002)- de un atroz homicidio como eje narrativo de un relato coral segmentado en cinco bloques.

Relacionadas de alguna forma con el crimen, otras tantas mujeres se encaran con el dolor y la pérdida, con la desesperación y la culpa, en un pequeño aunque eficaz discurso que evita plasmar la procelosa tarea de investigación sobre los motivos del suceso. Antes bien, la directora centra su mirada en el ámbito donde las sufridas féminas se desenvuelven, elaborando un paisaje sombrío, descorazonador, tan sórdido como sigue siendo la profunda Norteamérica que el gran cine se ha encargado de inmortalizar.
El problema de las historias troceadas es la garra dramática que exigen para que su hilo conector no se quiebre a la menor ocasión.
Más en este film, concebido como una sucesión de pequeñas estampas con autonomía, apenas imbricadas entre sí, sin seguir la estructura narrativa de vidas cruzadas tan recurrente. Es una película seca, tan desnuda que transmite una sensacion de gran realismo por la falta de ornamentos, pero también de una brevedad tal que el dibujo emocional de los personajes se queda cojo. Los minirrelatos que vertebran el metraje pretenden abarcar la psicología de sus protagonistas a partir del trágico acontecimiento nuclear, pero no es fácil cuando apenas disponemos de tiempo para conmovernos o de una excusa de mayor hondura que acabe entralazándolas. El conjunto hereda, en la estética y en el tenebroso fondo, formas
televisivas, el reducto que ha estilizado los asesinatos en serie y nos lo sirve de postre para la cena.
Sobrios rótulos nominales abren cada capítulo, introduciéndonos en la rutina de la extraña que descubre el cuerpo, la madre de la víctima, la esposa del homicida, la joven empeñada en identificar a la muerta como su desaparecida hermana y la propia chica asesinada. Diversas líneas por las que describir un ambiente de suciedad moral que no es nuevo, y que aquí queda reflejado con austera escenificación. Lo que importa en THE DEAD GIRL no es resolver o justificar o valorar el impulso criminal, sino mostrar distintas actitudes ante lo que se escapa a la lógica,
aquéllo que nos sobrepasa y termina hiriéndonos -relación entre madres e hijas, machismo, fanatismo religioso, drogadicción, desamparo infantil-. Un crimen en mitad de una llanura desolada como vínculo fantasma para hablarnos de cosas de siempre. Muy yanquis, muy nuestras.
Moncrieff se vale de tonalidades frías, ásperas, en perfecta sintonía con lo que nos cuenta. Demasiada tristeza, eso sí. Finaliza la proyección, debidamente marcada con la oscura banda sonora, y se posa en el espectador el patetismo y la angustia de estos trozos de vida, con este minúsculo ramillete de mujeres, algunas pusilánimes, otras luchadoras, todas tocadas por el peso del pasado y la muerte. Excelente reparto en la siniestra función, al que sacan lustre la maravillosa Marcia Gay Harden y una recuperada Piper Laurie
-la infernal progenitora de CARRIE (Brian de Palma, 1976)-, que se ceba sobre el espíritu débil de Toni Collette. Son tres de los rostros por los que filtrar la desazón, la pesadumbre, el mal rollo que engendra una sociedad absurda, enferma de monstruos disfrazados de ciudadanos respetables, los causantes del sabor estropajoso que acaba inundando nuestra garganta.
Con el aval del rotundo éxito de ventas de la novela original, aterriza en las pantallas -escasas, eso sí- españolas EL EDIFICIO YACOBIÁN, título penosamente predestinado al ostracismo comercial, como viene siendo habitual en algunas producciones. El autor del texto, el egipcio Alaa Al Aswani, goza de gran renombre editorial al obtener beneplácito crítico y respaldo popular tras muchas ediciones publicadas de su obra. Es precisamente esta génesis literaria lo que define el carácter ambicioso de la película, cuyas pretensiones de fresco social, político y religioso la sitúan en lo más exportable de un cine parco en estrenos.



Para nada despreciable en las intenciones, adolece EL EDIFICIO YACOBIÁN de una estética en exceso acartonada, con una omnipresente banda musical que subraya el tono melodramático de ciertos pasajes. Si obviamos el recurso al folletín para elaborar alguna trama, la enfática realización -bravo por Hamed, entusiasmo le pone- o un cierto postalismo de El Cairo, queda una correcta y bien interpretada adaptación al cine de la obra literaria. Aún más. Una digna caligrafía de los siniestros errores de esta nueva era de civilizaciones que nos arropa, con toda su doble moral, su abanico de fanatismos y sus falacias de progreso. Una pena que siga siendo el cine minoritario el que venga a recordárnoslo.




expuesto con mesura, interesantes conflictos -raciales, sentimentales, familiares, políticos- cuyas pieles de lectura nos sitúan en la encrucijada ética, ese punto que permite relativizar las cosas y crecer como espectadores. En mi opinión, es en su obra maestra LONE STAR (1995) donde la riqueza argumental y el vigor psicológico obtienen rango de genialidad, la lucidez bañando una pieza de excelente cine negro.





de nuevo a los más nobles instintos para contarnos la tortura que un amor idealizado ejerce sobre los amantes. Una propuesta fascinante aunque difícil, que pide a gritos la mayor de las complicidades para no convertirse en puro vacío.
director por violar los modos clásicos y encauzar su historia sin apenas diálogos, dramatizando el uso de los silencios entre los protagonistas. Silencios que serán más elocuentes que las palabras, y que delatan desde las primeras secuencias una discutible elección narrativa, acentuada con la extraña partitura creada para la ocasión. El resultado ofrece una estructura dramática irregular pero de indudable filiación elegíaca. Es ésta una obra profundamente lírica, sofocada, desplegada en un tempo moroso y con un discurso visual que reitera sus formas para dejar claro su retrato del impulso más angustioso, aquél que puede llegar a anularnos en un eterno viaje de búsqueda y proyección en el ser amado.
Nadie podrá negar su honesta, heterodoxa, asfixiante escenificación de la desnudez, de los besos y las miradas, de los encuentros furtivos, de la entrega sin peajes, de la obcecación y el recelo, del desamor, de la culpa y el perdón. La película supera la carnalidad gratuita y se adentra en la pureza espiritual, terreno que no entiende de géneros y que el director puntúa con planos enfáticos e insertos explicativos de voz en off -¿quizá el implacable Zeus contemplando el naufragio de los deseos humanos?-. No sabemos si proseguirá sendas tan desconcertantes, de momento testifica Julián Hernández su talento con una obra preñada de humanidad, a la par espesa y edificante, afectada y sugerente, ceñida en sus propios riesgos expresivos pero libre.
Un título valiente, capaz de suscitar el sopor y el arrebato, que logra dignificar las flaquezas de los amantes y revestirlas de filosofía vital. Y sí, con un cierto aroma a utopía que se agradece en estos tiempos desinflados de compromiso. Quizá sean sus imperfecciones las que la acerquen al montón de grandes piezas del mejor cine, uno que dez vez en cuando asoma y reclama con humildad su olvidado trono artístico.







que quizá evoque el universo capriano, el fascinante mundo cinematográfico donde los pequeños conflictos siempre hallaban resolución a base de indulgencia y buenas intenciones. Rozando el sarcasmo y la mala uva, pero sin adentrarse demasiado, LARS Y UNA CHICA DE VERDAD juega con lo minúsculo de su propuesta y plantea interrogantes curiosos, de ésos que nos reflejan sin apenas percibirlo. Es éste un cuento moderno acerca de nuestra capacidad para afrontar lo extravagante, un candoroso homenaje al triunfo de la personalidad sobre lo establecido, un cálido retrato de humanas reacciones frente a lo marginal y -sólo en apariencia- digno de rechazo. La escena de la discusión en la parroquia ilustra mejor que ninguna otra el mensaje -porque ternerlo, lo tiene, y muy honrosamente- del conjunto, que al final cede el terreno al gobierno del respeto y la tolerancia más allá de actitudes peculiares. Un espejo de realidades quizá no tan lejanas.
Excelente cuarteto de actores para poner en pie este nueva muestra de cine indie no tan transgresor como cabría suponer, aunque efectivo. Pero destaca el emergente Ryan Gosling, quien brilla sin sombra de duda como el tímido y entrañable Lars, arriesgándose con un personaje que en ningún momento bordea la caricatura y al que el actor entrega una interpretación casi genial, uno de esos regalos que la profesión suele ofrecer de vez en cuando. Con él accedemos a una personalidad tan inusual como fascinante, rica en quiebros dramáticos y compleja frente a lo naif de su planteamiento. Un personaje que se autoinflige la separación del resto -incluso su familia más cercana-, alimentando una misantropía cuyas motivaciones muestra Gillespie con cierta ambigüedad, sin juicios morales ni dictámenes condescendientes.
Sólo el sentido del humor y el buen rollo de implicarnos en la aventura del amor virtual, en la búsqueda de una vida sentimental aún comprada ésta en el stock de una web de mujeres de látex.
Manuel Gutiérrez Aragón revelaba hace poco los efectos del miedo al terrorismo en la sociedad vasca con su excelente película TODOS ESTAMOS INVITADOS, auténtico islote en el acotado marco temático de nuestro cine. Sin ahondar en el discurso político, el cántabro escogía la senda introspectiva para hablarnos del silencio como arma protectora frente a los infames. Con semejante riqueza reflexiva llega a la cartelera una nueva propuesta que sin duda estimulará un debate cuyos flecos siguen sueltos. COSMOS es el sugerente título con el que el navarro Diego Fandos debuta en el largometraje, una película donde el interesante planteamiento no queda empañado por las evidentes -pero tolerables- limitaciones formales.


ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO vuelve a demostrar que el poder de los proverbios puede materializarse en forma de cine sólido y sin fisuras, es la prueba que Sidney Lumet aporta para validar los recursos de la experiencia. No deja de ser ilustrativo que sea el maestro -ya octogenario- quien revele una acrobática resistencia contra el tiempo hablándonos de impulsos tan humanos con semejante lucidez. Porque hay que andar sobrado de vueltas para reformular el lenguaje del mejor cine negro clásico trasladando en imágenes un conflicto de dimensiones trágicas tan evidentes. Su nueva película es una potente, reflexiva, inmisericorde alegoría sobre la corrupción moral a través de una historia de perdedores que huele a buen cine en 


Hay dos escenas clave para entender el alcance simbólico de la historia. Una conversación entre el anciano y su primogénito, núcleo de afectos que se adivinan quebrados por mutuas frustraciones. Y un broche estremecedor, uno de las conclusiones menos piadosas que podrían finiquitar la tortura, y que no revelaré en beneficio de quien se adentre en estos fangosos terrenos.

con el temple que le otorga su herencia iconográfica una poderosa metáfora sobre lo más enfermizo que todos escondemos, un espejo de depravaciones y ruindades varias para las que no hay redención. Lógico que lleve la firma del gran artesano Lumet. Sólo alguien de su categoría puede despellejar a sus criaturas y, además, hacerlo con estilo. Ventajas de la edad.