9/6/08

LA NIEBLA: tengan cuidado ahí fuera

El idilio profesional entre Frank Darabont y el prolífico Stephen King hace pleno con la tercera y más terrorífica de las entregas. Debo reconocer un cierto entusiasmo ante LA NIEBLA, muestra de un género al que nunca rendí pleitesía, quizá porque mis impulsos cinéfilos derivaban a relatos más telúricos que interestelares. Esta descorazonadora visión de las miserias morales que afloran frente al pánico me ha reconciliado con el buen cine de monstruos y enigmas paranormales, todo ese cine -injustamente sellado como serie b- entusiasta e imperfecto que sembró los gloriosos años 50 de ingenuidad narrativa no exenta de cierto alfombrado crítico.

La emotiva CADENA PERPETUA (1994) batió expectativas y asentó el prestigio de un estimable nuevo autor, cuyo clasicismo visual y aliento ético vestía una historia de amistad carcelaria pronto transformada en título de culto.LA MILLA VERDE (1999) apuntalaba méritos colando lo sobrenatural en mitad del suspense, de proporciones humanas parejas a su duración. El espíritu del autor de Maine sobrevolaba en ambas adaptaciones, aunque rebajadas sus dosis terroríficas en pro del drama de personajes. Un paréntesis con THE MAJESTIC (2001) y vuelta por los fueros. A la tercera va la vencida. La del auténtico, honesto y desprejuiciado homenaje al género que siempre amó el director, ávida su infancia -como la de millones- de novelas, tebeos, películas, de (ciencia)ficciones a granel.

Concita este relato claves temáticas y espaciales típicas en la escritura de King. Darabont se aprovecha del desasosegante material para construir una alegoría sobre los miedos colectivos y los oscuras reacciones del ser humano en situaciones de pavor. El fenómeno inquietante del arranque sirve como premisa para esbozar un análisis de primitivos instintos, con un irregular desarrollo pero indudable sentido de la atmósfera, decisivo para que la intriga fluya. No hay monstruo más perturbador que el que asedia sin permitir escapar del cerco, como ya demostraron EL RESPLANDOR (Stanley Kubrick, 1980), CUJO (Lewis Teague, 1983) o MISERY (Rob Reiner, 1990). En todas se explotaba el valor claustrofóbico de espacios cerrados que ponían al límite a las criaturas cercadas. Y en todas provenía la amenaza de elementos del mundo real repentinamente enajenados sin causa aparente -un maduro escritor, un enorme perro, una afable enfermera-, causantes de daños emocionales más hondos, si cabe, que los físicos. Pura atmósfera King. Puro miedo por emerger de los terrenos más cotidianos y no poder ser comprendido por el sendero de la lógica. Es obvia aquí la referencia a LOS PÁJAROS (Alfred Hitchcock, 1963), insigne precedente de todo lo que después se hizo sobre siniestros advenimientos de la naturaleza, y que una secuencia magistral en LA NIEBLA se encarga de revisar.Ahora el objeto de terror es amorfo y espeso, el velo neblinoso que adquiere por sí mismo condición demoníaca, inaprensible a ojos de este grupo de personas hacinadas en un supermercado. Darabont nos instala sin apenas preámbulo, con pocos trazos pinta al personaje central -viril y padrazo Thomas Jane-, pronto enfrentado a su atribulada heroicidad y a los necesarios conflictos en el grupo. Muchos secundarios con buenos diálogos donde saltan el racismo, la responsabilidad familiar, la capacidad de liderazgo, cuestionamiento del orden militar y científico o el sentido de la existencia. Son los grandes temas que estas marionetas se atreven a esgrimir antes de la última y más cruel risotada del destino.

Y algunos claros disidentes, que pronto quebrarán la unidad frente al ignoto ser. Una sobre todos, la apocalíptica y acérrima religiosa, el rostro de una enorme Marcia Gay Harden rellenando de matices el personaje más estirado, de discurso fatalista e intransigente derivado a un cierto exceso final. Hay varios tramos que lastran el desarrollo de la historia por reiterar la idea crucial debatida, espacios hablados que inciden en una simbología reforzada en el brutal desenlace. Pero el conjunto recobra el pulso con potentes escenas de acción, bien distribuidas y mejor rodadas, regadas de un encanto artesanal en comunión con el lenguaje sobrio, contenido del director. Un Frank Darabont que parece empapar sus secuencias con la eficacia de lo modesto -en el recuerdo el infravalorado John Carpenter, aludido visualmente en el inicio-, pretendiendo entretener desvergonzada, libremente.

Esta obra atiende el clásico choque entre bien y mal, individualismo y valores en comunidad, entre razón y fé, dualidades que laten, estallan, haciendo propios los códigos del cine de terror y liberándolos con nuevoespíritu creativo. Su firmeza dramática cubre una clara parábola antimilitarista muy encajable en la trama que aborda, y que muchos acusarán de oportunismo simplista surgiendo en el país que surge y en estos malignos tiempos que nos toca vivir.

No creo que opinen lo mismo cuando el desesperado, escalofriante, inclemente final deje abatidos los ánimos, pulverizados como si las patas del mismo Mefistófeles se desplomaran encima. Es con esta inmisericorde conclusión como el autor -que traiciona el original de King- recubre el relato de asombroso halo trágico, nihilista, angustiado. La falta de esperanza en el ser humano hecha elegía, grito desgarrador con uno de los fondos musicales más hermosos que puedo recordar. Atrás deja un tenso -sí, tal vez imperfecto- retrato de los temores que pulsan los resortes para sobrevivir, por encima de alardes técnicos, condenas politizadas o aires de trascendencia. Suficiente para encauzar mi disperso apego a un género fantástico que enuncia cosas tan reales que terminan por espantarme.

1 comentario:

redrum dijo...

Cierto es que lo de menos en éste film es la terrorífica niebla. Pero como análisis de lado oscura del alma humana, pues tampoco es que sea Mercadonypse Now...

Pero si sirve para que le cojas carióño al género fantástico, fantástico!

¡¡¡1 saludo!!!